Las nuevas tecnologías en la construcción de subjetividades

“Las sociedades disciplinarias tienen dos polos: la firma, que indica el individuo, y el número de matrícula, que indica su posición en una masa (…) el poder es al mismo tiempo masificador e individualizador (…) En las sociedades de control, por el contrario, lo esencial no es ya una firma ni un número, sino una cifra: la cifra es una contraseña (…) El lenguaje numérico del control está hecho de cifras, que marcan el acceso a la información, o el rechazo. Ya no nos encontramos ante el par, masa-individuo. Los individuos se han convertido en “dividuos”, y las masas, en muestras, datos, mercados o bancos.” Gilles Deleuze

Comenzaremos el siguiente trabajo presentando algunas escenas habituales de nuestra vida cotidiana en la actualidad:

Escena 1
Pijamada de nuestra sobrina en casa. Llegan los invitados, 6 o 7 niños/as de 12-13 años. Se sientan alrededor de la mesa e inmediatamente todos/as sacan sus celulares y se ponen a ver videos y comentar cosas que ven en sus dispositivos móviles, así como también comienzan a sacarse fotos y a usar distintas aplicaciones.

Escena 2
Una familia ingresa a un restaurante de Bariloche, se sienta a la mesa, luego de leer la carta y hacer su pedido, cada integrante (padre/madre/hijo/hija) saca su celular y comienza a operarlo sin entablar un diálogo con el resto.

Escena 3
Al ingresar a un negocio de venta de aparatos electrónicos y electrodomésticos en una vitrina se ve, junto a las tablets y los celulares, un dispositivo de plástico rectangular, donde se calza el celular, con dos manijas a los costados, de tal manera que los niños/as muy pequeños puedan manipularlo sin que se les caiga y se rompa.

Escena 4
Reunión de los integrantes de una revista cultural/política en donde se están discutiendo los artículos que formarán parte del nuevo número. En determinado momento un integrante intenta hacer un análisis en donde relaciona una conferencia reciente de una antropóloga -a la cual había asistido- con un libro de un autor, publicado en los ’70, que saldría reseñado en el próximo número y que estaba publicado en la web. En un medio de su análisis otro integrante le pregunta: “¿Leíste el libro?” A lo cual contesta: “Las primeras hojas…”

Escena 5
Una maestra posteó un comentario sobre la muerte de María Elena Walsh como si la misma fuera del día, pero en realidad había ocurrido dos años antes.

Escena 6
En vísperas de las elecciones PASO 2019 (primarias abiertas simultáneas y obligatorias) en Argentina, el presidente y candidato a la reelección, Mauricio Macri escribe en Twitter, Facebook e Instagram:
“No se necesitan argumentos, no es necesario dar explicaciones. Es tu autoridad, tu confianza, tu credibilidad, la que tus relaciones valoran para acompañarte en tu decisión. Por eso yo te invito a publicar esta foto en tus redes (una foto suya)” (04/08/19)

Escena 7
En una fecha determinada (estaciones del año, cumpleaños) Facebook muestra un álbum alusivo con fotos que ha seleccionado, a través de un algoritmo, de todas las que el “usuario” subió en distintos momentos.

Siete escenas atravesadas por un denominador común: el uso de las nuevas tecnologías o dispositivos tecnológicos que se han vuelto casi indisociables de nuestras vidas en la actualidad. Y que, al mismo tiempo, ponen en evidencia o potencian las nuevas subjetividades que se construyen dentro del neoliberalismo, producto del pasaje de las sociedades disciplinares a las de control. En los siguientes apartados intentaremos explicar esto.

Las nuevas subjetividades producto de las sociedades de control

Partimos de la base de que el capitalismo en su nueva fase neoliberal ha mutado su forma de dominación/explotación sobre los sujetos/as. La tendencia hegemónica pareciera ser que ya no son necesarias las instituciones de encierro (familia, escuela, servicio militar, fábricas, hospitales y eventualmente cárceles) características de las sociedades disciplinares, que marcaban un adentro y un afuera, y que implicaban un adiestramiento, un control sobre los cuerpos y por ende sobre las mentes. Esto entró en crisis dentro del neoliberalismo, pues “su carácter cerrado y rígido (…) no es adecuado a las formas de producción inmateriales y en red.”(2)
“A diferencia de lo que sucedía en la sociedad disciplinaria, en las actuales sociedades de control (…) se fomenta la formación on-line, el trabajo en casa. Sin horarios, sin nadie que esté vigilando (…) la supuesta libertad del tiempo abierto resulta un elemento de control mucho más fuerte que el encierro. Ya no se necesita tener a un empleado confinado bajo llave ni vigilado (…) ese empleado sabe que si él no hace su trabajo en tiempo récord otro lo hará por él, quitándole su lugar.”(3)
En las sociedades de control, la lógica de funcionamiento es otra; “los proyectos, las iniciativas y la motivación reemplazan la prohibición, el mandato y la ley” (4), principios básicos de las sociedades disciplinares.
Con el neoliberalismo se han roto relaciones históricas del vínculo capital-trabajo, ya no se explota, en términos clásicos, al trabajador/a para producir plusvalía, sino que se lo condena a producir un plus de goce autoexigiéndose en forma permanente. Las personas pasaron de ser sujetos de obediencia dentro de la sociedad disciplinar a ser sujetos de rendimiento, dentro de las sociedades de control. El neoliberalismo aparenta diversas formas de subjetividad pero en realidad repite más de lo mismo. Genera la subjetividad del “empresario de sí mismo”, en donde el objetivo, casi como un imperativo, es tener una vida feliz, tener un rendimiento eficaz dentro de la lógica del consumismo (Alemán, 2016).
Todo recae en el individuo, un individuo que se expresa a sí mismo por sus posesiones. Las personas se han transformado en consumidores que exploran opciones y deben elegir. Se genera o se potencia así un deseo desenfrenado sobre los objetos; es más hasta nuestras relaciones, nuestra imagen, todas nuestras actividades, toda nuestra vida se traduce en estos términos. Nada es duradero, todo es velocidad y circulación. La vida organizada en torno al consumismo genera incompletud e indeterminación permanente pues el deseo nunca se sacia. El deseo se convierte en el propio objetivo del consumismo (Bauman, 2003).
“Todo es flexible, todo es líquido, todo se resuelve con el ‘track track’ de la tarjeta de crédito. Pero cada vez que usamos la tarjeta, cada vez que enviamos un e-mail o que miramos una página de Internet, vamos dejando rastros, huellas. Vamos diciendo qué consumimos, con qué nos entretenemos, qué opinión política cultivamos (…) Todo eso forma parte de un enorme archivo virtual que permite, entre otras cosas, ‘orientar’ nuestro consumo. No se nos confina en ningún lugar, pero somos permanentemente ‘ubicables’.”(5)
En las sociedades de control no hay tiempo para descansar, los éxitos son parciales; el individuo tiene que estar preparado, siempre listo para aprovechar la oportunidad. Esta situación lleva a que se viva en un estado de ansiedad constante.

Las nuevas tecnologías: un emblema de estas transformaciones

En este contexto, del pasaje de las sociedades disciplinares a las de control, las nuevas tecnologías, son un emblema de las transformaciones sociales, políticas, económicas. No son las causantes, sino que son una construcción histórica que pusieron en evidencia dichas transformaciones y al mismo tiempo las potenciaron (Sibilia, 2019). Los cuerpos son históricos y por lo tanto las personas somos cada vez más compatibles con dicha tecnología. Hemos aprendido a convivir con la lógica de los dispositivos tecnológicos: sintonizar sonidos, vibraciones, contestar mensajes inmediatamente, por ejemplo. Nos adaptamos a esta propuesta de vivir.

Dentro de esta compatibilización de los cuerpos con las nuevas tecnologías algunos aspectos de la modernidad sólida parecen haber entrado en crisis. Uno de estos aspectos, que es potenciado por el uso intensivo de los nuevos dispositivos tecnológicos, tiene que ver con las formas de construcción de las relaciones de las personas consigo mismas, con los demás y con el entorno.
Parte de esto puede visualizarse en las dos primeras escenas descritas al comienzo de este trabajo. Allí, no sólo se visualiza el uso permanente que hacemos de las nuevas tecnologías, sino que el vínculo cara a cara parece perder fuerza frente a la mediatización de la imagen y los dispositivos tecnológicos. En los dos casos, tanto los chicos/as en la pijamada como la familia en el restaurante, a pesar de estar compartiendo un espacio físico, real y concreto, no están del todo ahí, o sí pero de otra manera. Las paredes que circunscriben ambas situaciones parecen romperse, parecen no ser suficientes para instalar un aquí y un ahora, situación que hubiera sido común en la modernidad sólida. Los dispositivos tecnológicos permiten atravesar las paredes y estar en relación con otros/as más allá de ese espacio físico concreto. La conectividad pareciera ganarle a la comunicación.
Hoy más que nunca pareciera que comunicarse es transmitir sloganes o selfies por Facebook, Twitter o Instagram, de acuerdo a una estética publicitaria -tema que abordaremos más adelante-, donde lo que importa no es tanto el diálogo con el otro/a sino esa especie de narcisismo que se gratifica cuando los otros cliquean, comentan o colocan un ‘me gusta’ en la información que subí a la red. Dice Byung Chul Han al respecto: “El mundo digital es pobre en alteridad (…) Los amigos que se agregan en las redes sociales cumplen sobre todo la función de incrementar el sentimiento narcisista de sí mismo, constituyendo una muchedumbre que aplaude y presta atención a un ego que se expone como si fuera una mercancía”(6) . Todo se vuelve más de lo mismo, porque encontrarse con lo otro, con lo extraño implica un tiempo, una distancia, una demora en un intento por comprender lo que a veces se vuelve ininteligible. Pero, según el mencionado autor, “la sociedad de la transparencia (y de la hipercomunicación) no permite lagunas de información ni de visión (…) La comunicación… se mide tan sólo en la cantidad y la velocidad del intercambio de información”; los flujos de información no pueden detenerse, “la transparencia estabiliza y acelera por el hecho de que elimina lo otro o lo extraño.”(7)
¿A qué se debe esto? A que, sobre todo en estos últimos años, con el auge de las tecnologías digitales, nos construimos en un mundo donde las nuevas subjetividades exigen que estemos visibles, conectados y dispersos permanentemente. La imagen espectacularizada atraviesa nuestras vidas; ya decía Guy Deborb en los años ’70 que, “allí donde el mundo real se transforma en simples imágenes, las simples imágenes se convierten en seres reales”, por eso “el espectáculo no es (simplemente) un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas, mediatizada a través de imágenes”(8) . Y agrega en este mismo sentido, ya en una época más reciente, Paula Sibilia que “el espectáculo se transformó en nuestro modo de vida y nuestra visión del mundo, en la forma en que nos relacionamos unos con otros e incluso la manera como se organiza el universo. Todo está impregnado por el espectáculo, sin dejar prácticamente nada afuera (…) Por eso, en vez de limitarse al aluvión de imágenes que se exhiben en las pantallas (…) el espectáculo es la transformación del mundo en esas imágenes” .(9)
A tal punto que incluso nuestra intimidad se ha transformado en un espectáculo: vivimos realizando performance de nosotros mismos, aprendimos a vivir visibles y conectados en todo momento y en todo lugar. Vivimos construyendo una escena: una realidad espectacularizada. Pero es necesario aclarar que perfomar no significa mentir, sino construir un yo espectacularizado en donde los límites entre lo real y la ficción son difusos (Sibilia, 2019).
Estas “tendencias exhibicionistas y performáticas alimentan la persecución de un efecto: el reconocimiento de los ojos ajenos y, sobre todo, el codiciado trofeo de ser visto. Cada vez más, hay que aparecer para ser. Porque todo lo que permanece oculto, fuera del campo de la visibilidad”(10) corre el riesgo de no ser interceptado por ninguna mirada. Estaríamos frente a lo que Sibilia llamaría las “tiranías de la visibilidad”, donde el principal objetivo es construir estilizaciones del yo para precisamente conquistar la visibilidad.
“Parece tratarse de un gran movimiento de mutación subjetiva, que empuja paulatinamente los ejes del yo hacia otras zonas (…) en vez de premiar el puntilloso bordado cotidiano de los sentimientos más íntimos y profundos, los dispositivos de poder que rigen en la cultura contemporánea tienden a estimular la experiencia epidérmica, invitando a coleccionar sensaciones y a intensificar la experiencia inmediata para sacarle el máximo provecho (…) Hoy se pone en cuestión la primacía de la vida interior, una entelequia que desempeñaba un papel fundamental en la conformación subjetiva moderna. Factores como la visibilidad y las apariencias (…) ayudan a demarcar, con una insistencia creciente, la definición de lo que es cada sujeto.”(11)
Ahora bien, esa forma de visibilidad y de apariencia no es azarosa, cumple con ciertas reglas. El yo espectacularizado pasa por un proceso de ficcionalización con una estetización determinada. Esa estetización comparte ciertos códigos con la publicidad:

1-Es una construcción realista que busca estilizar el producto, o sea mostrarlo de manera deseable.
2-El propósito de esa construcción es ‘vender’ dicho producto.
3-Hay un cierto margen de mentira permitido, que además no se cuestiona.

Dice Sibilia al respecto:
“Hay que estilizar y ficcionalizar la propia vida como si perteneciera al protagonista de una película (…) Hay que convertir al propio yo en un show, hay que espectacularizar la propia personalidad con estrategias performáticas y aderezos técnicos, recurriendo a métodos semejantes a los de una marca personal que debe posicionarse en el mercado. Porque la imagen de cada uno deviene su propia marca, un capital tan valioso que es necesario cuidarlo y cultivarlo, con el fin de encarnar un personaje atrayente en el competitivo mercado de las miradas. Para lograrlo, el catálogo de tácticas mediáticas y de marketing personal a nuestra disposición es, hoy en día, increíblemente vasto.”(12)
Esta forma de pensarnos y de ‘habitar’ el mundo lleva a que las relaciones interpersonales hayan mutado, como bien lo demuestran las dos escenas que intentamos explicar. Pareciera que ya es imposible apagar el celular en una reunión de amigos o una cena familiar, que desconectarse por un rato es sinónimo de quedar ‘fuera’ del mundo, que con esta actitud ‘algo me estoy perdiendo’. Pues como dice la mencionada autora: “La lógica de la velocidad y lo instantáneo que rige las tecnologías informáticas y de telecomunicaciones, con su vocación devoradora de tiempos y espacios, sugiere agudas repercusiones en la experiencia cotidiana, en la construcción de subjetividades y en las relaciones sociales y afectivas.”(13)
Un párrafo aparte merece la tercera escena descrita en este trabajo, la que muestra los dispositivos de plásticos con manija donde se insertan los celulares para que puedan ser utilizados por los niños/as pequeños. Aquí cabría plantearse algunas cuestiones. En primer lugar, es común usar los términos nativos digitales (aquellos que nacen en un mundo inundado por las nuevas tecnologías) frente a inmigrantes digitales (aquellos que por una cuestión generacional nos vimos obligados de pasar de ciertas tecnologías de la modernidad al aprendizaje de los nuevos dispositivos y su lógica). No es errónea esta clasificación, pero en muchas ocasiones se pondera esta idea de que los niños/as ya nacen con un celular en la mano. Creemos que habría que matizarla, en el sentido de que somos los adultos/as los que los acercamos, más allá de que ellos/as rápidamente nos superen en el manejo de los mismos, a los dispositivos y sus lógicas. Cabría la comparación, para que se entienda cabalmente esto, con lo que ocurre con la lectura de libros (entendiendo los libros como una tecnología de la modernidad sólida). Un niño/a no nace lector/a, sino que se va construyendo a partir de prácticas cotidianas; si en su entorno se lee asiduamente, si la lectura forma parte de la vida cotidiana de una familia, probablemente ese niño/a se transforme en un lector/a. A título de ejemplo, transcribo una escena: un niño de tres o cuatro años está sentado a la mesa con los lentes de su papá puestos llenando con circulitos los casilleros del crucigrama que está en el diario. Aún no sabe escribir, pero ya está haciendo lo que ve hacer a su papá todos los días.
Si desde pequeños colocamos a nuestros niños/as frente a las pantallas, si a diario nos ven permanentemente conectados a nosotros/as a los dispositivos tecnológicos, inclusive cuando se está compartiendo una situación en común como es comer, no es raro que dichos dispositivos pasen a ser habituales para ellos/as. La vertiginosidad y velocidad en la que vivimos nos impide detenernos a pensar si es necesario que un niño/a tan pequeño tenga que estar ya conectado a las redes o a dichos aparatos , sobre todo teniendo en cuenta la vulnerabilidad que genera dicha exposición frente a la asimetría de los vínculos o relaciones que allí se ponen en juego.

Otros de los aspectos que parecen estar mutando con el uso intensivo de las nuevas tecnologías son las formas de lectura y el pensamiento crítico.
La cuarta, quinta y sexta escenas descritas al comienzo del trabajo parecieran ser ejemplo de estas manifestaciones.
Las nuevas tecnologías permiten un tipo de lectura que resultaba imposible o al menos dificultosa dentro de la modernidad sólida y las tecnologías del libro que exigían una cierta concentración -valor estimado, estimulado y aprendido durante dicha modernidad-. En la actualidad, el hecho de poder abrir ventanas en una pantalla casi al infinito nos posibilita realizar un tipo de lectura rizomática que permite poner en relación una serie de textos -formando un gran hipertexto- que en otro momento hubiese sido imposible.
“El texto electrónico o la lectura-escritura electrónica no son sólo nuevas literacías que corresponden a nuevos alfabetismos: suponen mutaciones trascendentales en lo relativo a las prácticas de lectura, escritura y aprendizaje, como bien dice José Antonio Cordón, pues fomentan formas como la lectura fragmentaria o la lectura social, conectada, que se corresponden con la visión de Internet como una inteligencia o mente colectiva. Los textos, su uso, su percepción, es lo que cambia, pues ya no estamos sólo ante formas tan ‘cristalizadas’ como un manual o una novela -que son textos «acabados», lineales-, sino ante propuestas textuales que se leen y se (re)escriben de distinto modo.”(15)
Ahora bien, esta posibilidad que nos dan las nuevas tecnologías de leer en red tiene su contrapartida o su correlato, si así puede llamarse, en la vertiginosidad y la velocidad de la comunicación. Esa velocidad y esa vertiginosidad generan una hipercomunicación que se retroalimenta de la hipervisibilidad.
Dice Chul Han que la hipercomunicación y la hipervisibilidad no requieren “ninguna contemplación que se demore… no muestran ninguna complejidad… que desataría una reflexión, una revisión, una meditación… toda distancia constituye un obstáculo para la aceleración”, “tanto el pensamiento como la inspiración requieren un vacío (…) sin lagunas de saber el pensamiento degenera para convertirse en cálculo.”(16)
La lectura corre el riesgo de perder profundidad, de carecer para los lectores/as de una estructura hermenéutica profunda. Y precisamente eso pareciera ocurrir en las escenas cuarta y quinta que intentamos analizar. En la primera de estas dos, un integrante del equipo redactor de una revista hace un análisis comparativo entre dos autores/as habiendo presenciado una conferencia de una de ellas y habiendo leído sólo fragmentos del otro autor, cabría preguntarse cuál es la profundidad del análisis realizado. En la otra escena, la de postear una muerte de una figura de la literatura infantil (María Elena Walsh) como si hubiese ocurrido en ese momento y que correspondía a dos años antes, la sobresaturación de información lleva a la desinformación, son tantas las informaciones que circulan todas colocadas en un mismo plano, que no hay capacidad para discernir, para priorizar, para cotejar fuentes.
Algo similar ocurre con las noticias falsas (fake news) que circulan en las redes sociales, son aceptadas como verdaderas sin contrastación empírica. Si a esto le sumamos que mucha gente dice informarse, según una encuesta realizada como parte de un informe de la Universidad del San Andrés , a través de las redes sociales, a pesar de reconocer que los mayores grados de veracidad de la información están dados por la radio, los diarios online, la televisión y los diarios tradicionales, nos encontramos frente a un problema. Sobre todo, porque la misma gente encuestada desconfía de la información que circula en las redes, pero no de la información que cada uno lee, sino de la información que leen los que piensan distinto a uno/a mismo/a, con lo cual sólo se escucha y se lee lo que se parece a lo que uno/a mismo/a piensa. Así no hay posibilidad de cotejar distintas opciones. Ni disenso posible. Ni otredad. El mundo y los otros/as se transforman en una proyección de uno/a mismo/a.
Dice Diego Reynoso, doctor en Ciencia Política y Director de la mencionada encuesta: “la gente tiene, en términos generales, desconfianza sobre las redes sociales. Como vos tenés un algoritmo de interacción, las redes sociales están preparadas para hacer ‘echo chamber’ (o efecto ‘cámara de eco’) todo el tiempo. Es decir, funcionan con disposición selectiva: yo interactuando con los que piensan como yo y ‘pico’ la noticia de los que piensan como yo. Eso va generando cada vez más una exposición a noticias que confirman tus creencias, etc. Es paradójico, porque la gente está expuesta cada vez más a redes sociales -lugar donde más se consume información- pero desconfían de la información que allí circula. Esta idea de que haya una mala calidad de información en las redes tiene que ver con las noticias que los consumidores (sic) creen que no deberían estar circulando, las cuales, básicamente, son aquellas con la que no coinciden.”(18)
Esto nos lleva a la tercera característica de estas nuevas subjetividades que se construyen. Además de conectados y visibles, vivimos dispersos.
La hipercomunicación y la hipervisibilidad de la sociedad actual modifican la atención, ya que hay un exceso de informaciones, estímulos e impulsos, que hacen que la percepción se vuelva fragmentada y dispersa. La multiplicidad que se genera en la atención, o sea la hiperatención, es “una atención dispersa (que) se caracteriza por un acelerado cambio de foco entre diferentes tareas, fuentes de información y proceso. Dada, además, su escasa tolerancia al hastío, tampoco admite aquel aburrimiento profundo que sería de cierta importancia para un proceso creativo”. La falta de aburrimiento y la hiperactividad impiden la contemplación profunda que permite descentrarse de sí mismo y sumergirse en las cosas, pero al mismo tiempo dificulta la lectura hermenéutica ya que ésta precisamente requiere de otros tiempos y “se basa justo en la capacidad de una profunda y contemplativa atención, a la cual el ego hiperactivo ya no tiene acceso.”(19)
Este tipo de lectura dispersa pareciera atentar contra el pensamiento crítico que requiere de la secuencialidad de los razonamientos:
“Cuando a lo secuencial le sigue lo simultáneo, las capacidades de elaboración crítica son reemplazadas por capacidades de elaboración mitológica. La facultad crítica presupone una estructuración particular del mensaje: la secuencialidad de la escritura, la lentitud de la escritura, la posibilidad de juzgar en secuencias el carácter de verdad y falsedad de los enunciados. En esas condiciones era posible la discriminación crítica que caracterizó las formas culturales de la modernidad. Pero en la esfera de la comunicación videoelectrónica la crítica ha sido sustituida por una forma de pensamiento mitológico, y la capacidad de discriminar entre la verdad y la falsedad de los enunciados se vuelve irrelevante.”(20)
La escena 6 descrita al comienzo de este trabajo quizás sea el paradigma del pensamiento acrítico. Pareciera casi imposible imaginar que un candidato a presidente de la nación, le plantee a sus seguidores en vísperas de las elecciones que “no se necesitan argumentos, no es necesario dar explicaciones. Es tu autoridad, tu confianza, tu credibilidad, la que tus relaciones valoran para acompañarte en tu decisión…”
No hace falta pensar, razonar, discernir, todo se vuelve creíble sólo por una cuestión hedonista, sólo porque “vos” lo decís. La autoridad, la confianza y la credibilidad recaen en el individuo por el sólo hecho de enunciarlo, sin desarrollo de ideas, de argumentaciones, y mucho menos de pensar con otros/as, de generar lazos, acciones colectivas como parte de un entramado social. Quizás esto tenga que ver con que asistimos a una etapa histórica en donde los grandes relatos que permitían organizar la experiencia humana parecen haber desaparecido. La sociedad parece más una suma de individualidades que la posibilidad de gente capaz de articular el deseo de cambiar su situación individual como parte del proyecto de cambiar el orden de la sociedad. Dice Bauman que en la actualidad los códigos y conductas como puntos de orientación estables para guiarse han desaparecido, las pautas son maleables, no hay más ‘grupos de referencia’ para pensarnos en una comparación universal. La incertidumbre actual es una forma de individualización, divide en lugar de unir. Los miedos, las ansiedades y las aflicciones deben sufrirse en soledad, no se transforman en una causa común, desaparece la resistencia solidaria como táctica racional. El derrumbe, la fragilidad, la vulnerabilidad, la transitoriedad y la precariedad de los vínculos sociales es lo que predomina en la actualidad (Bauman, 2003).
Por eso, aunque parezca increíble ese mensaje de un candidato a presidente de la nación argentina tiene cierto respaldo en las lógicas en las que nos instalan las nuevas subjetividades visibles, conectadas y alterdirigidas.

Finalmente, la última escena, la 7ª, descrita al comienzo de este trabajo, nos remite a otro aspecto que parece haber mutado en la modernidad líquida: la noción de tiempo, en general y, por consiguiente, la concepción de tiempo histórico.
Según Bauman, el tiempo en la modernidad sólida estaba atado al espacio . Controlar el espacio era domesticar el tiempo, rutinizarlo, volverlo rígido, uniforme, inflexible. El tiempo rutinizado ataba el trabajo al suelo y esto ‘fijaba’ el capital, ni el capital ni el trabajo deseaban moverse. La modernidad pesada es la época de las grandes máquinas, de las grandes fábricas, de gran cantidad de gente dentro de ellas. Todo es pesado y lento, atado al acero y al concreto, se crece con la expansión del lugar, más grande significa más eficiente, el progreso implicaba mayor tamaño y expansión espacial. En la modernidad líquida ocurre otra cosa, el espacio ya no limita la acción, el espacio puede recorrerse en una fracción de tiempo, ha perdido su valor estratégico. Las distancias pueden recorrerse con la velocidad de las señales electrónicas. Hemos llegado a la instantaneidad y por consiguiente a la ausencia de tiempo (Bauman, 2003).
Vivimos en un presente continuo, en donde sólo hay momentos, un conjunto de momentos. Instantaneidad significa satisfacción inmediata, pero también desaparición inmediata del interés. La instantaneidad hace que el momento parezca infinitamente espacioso, no hay límites para lo que puede extraerse de un momento. El corto plazo ha reemplazado al largo plazo, la instantaneidad es el ideal, la durabilidad pierde su atractivo y pasa a ser una desventaja.
Esta mutación del tiempo hacia la instantaneidad -con su correlato en la pérdida de valor del tiempo histórico- podría analizarse en la escena 7ª. Allí puede observarse como, producto de la gran cantidad de imágenes que subimos permanentemente a la web como forma de mostrar nuestra cotidianidad, los algoritmos generan un recordatorio de imágenes como forma de construcción de la memoria.
Como ya mencionamos al principio de este trabajo, cuando se analizaban las primeras escenas, la hipervisibilidad en las redes sociales, la constante performance de nuestra imagen parece ser nuestra forma de ‘habitar’ el mundo hoy, y su expresión más paradigmática pareciera ser la selfie. A nadie se le hubiera ocurrido no muchos años atrás, incluso con la existencia ya de las cámaras digitales que reemplazaron a las viejas cámaras analógicas con rollo, sacarse una foto a sí mismo/a. Creemos que esta práctica tiene que ver con una exacerbación del yo producto del afianzamiento del neoliberalismo en la década del ’90, el declive de las prácticas colectivas, la desaparición de proyectos político-económicos alternativos a partir de la caída del muro de Berlín, el fin de la historia de Fukuyama, etc.
Según Sibilia, las selfies son como una especie de autorretrato, parecieran una versión contemporánea de éste -incluso se podría historizar, recordemos que el autorretrato, que es sólo una práctica occidental, comienza en el Renacimiento y tiene que ver con el individualis-mo-. A diferencia del autorretrato, la selfie es un tipo de fotografía que no es para colgar en una pared ni para guardar en un álbum familiar. Es una imagen para mostrar -logrando la atención y el reconocimiento de los otros/as- y luego descartar, no tiene que ver con la memoria -que implica guardar-. Por acción o por omisión muy rápidamente queda en el olvido (Sibilia, 2019).
Las imágenes que se suben a internet no tienen historia, funcionan con la lógica del presente continuo. Dice Roland Barthes al respecto que en la foto en papel puede verse el paso del tiempo, “atacada por la luz, por la humedad, empalidece, se extenúa, desaparece”; este tipo de foto está relacionada con las condiciones técnicas en que se produce, la fecha es parte de ella, nos muestra su caducidad, “obliga a sopesar la vida, la muerte, la inexorable extinción de las generaciones” (22). En cambio, según Chul Han, la fotografía digital va unida a una vida muy distinta; la fotografía digital es “transparente sin nacimiento ni muerte (…) le falta la condensación semántica y temporal (…) La fotografía de hoy, completamente llena de valor de exposición, muestra otra temporalidad. Está determinada por el presente (…) no admite ninguna tensión narrativa.”(23)
Al mismo tiempo, la hipervisibilidad que genera una sucesión de imágenes puestas todas en un mismo plano, hacen que las mismas no tengan “ninguna estructura hermenéutica profunda”, porque no tienen ningún ‘punctum’, no generan ninguna conmoción, no tienen ninguna intención semiótica, ninguna pensatividad, ningún silencio contemplativo, “la comunicación visual se realiza… como contagio, deshago o reflejo”. Finalmente, concluye el autor que, “lo problemático no es el aumento de imágenes sino la coacción icónica” de someter todo a “la tiranía de la visibilidad” .(24)
Algo similar ocurre con los datos almacenados, ya que permanecen siempre iguales. Los datos almacenados o las cosas “se limitan a yacer unas junto a otras, no están estratificadas. Por eso les falta historia” (25). La memoria, a diferencia del almacenamiento, tiene historicidad, permite reelaborar y reordenar datos, información.
Y aquí valdría la pena poner en tensión la noción de ‘memoria’ que se construye con esos álbumes de fotos que la web selecciona para una fecha o época determinada. En este caso la construcción de la ‘memoria’ está dada por un algoritmo, ni siquiera nosotros podemos seleccionar, historizar, reconstruir nuestra memoria, alguien o algo está decidiendo por nosotros/as.
Asistimos hoy a una temporalidad sin historia, o una presentificación de la historia, hay dispersión, disociación temporal, el tiempo se descompone en una sucesión de presentes temporales sin dirección, se hace vacío, queda vacío de toda narratividad. Dice Sibilia al respecto: “La destemporalización sería uno de los elementos constitutivos de este nuevo cuadro. (Esto se) refiere al abandono de la idea de tiempo como un flujo lineal y constante, impulsado con todo el vigor de las fuerzas históricas que lo empujaban desde el pasado hacia un futuro prodigiosamente abierto (…) en la posmodernidad ese flujo se habría detenido, y la primera consecuencia de ese congelamiento sería un aparente bloqueo del futuro (…) vivimos en una especie de presente inflado.”(26)
Y esto atenta contra la noción de tiempo histórico, el de larga duración, el que nos permite contextualizar y entender los procesos históricos, sociales y colectivos. “Vivimos (…) en una época en la cual el pasado parece haber perdido buena parte de su sentido como causa del presente. Más aún: la cuestión del sentido no se problematiza y ni siquiera parece tener mucha relevancia (…) La velocidad suele despreciar o incluso enterrar al pasado bajo la tumba de la distancia, amarrándose al presente y anticipando futuros en los bordes de la actualidad (…) el pasado ya no abre sus orificios secretos para que se lo explore (…) ahora el pasado abre sus archivos y ventanas para el consumo empaquetado.”(27)

Reflexiones finales

En la utilización de las nuevas tecnologías podrían encontrarse continuidades y rupturas con respecto a las prácticas sociales que se generaron en la modernidad sólida. Coincidiendo con Sibilia, consideramos más interesante detenernos en algunas de las rupturas que se vislumbran, pues abren puertas a otros caminos y permiten entender lo nuevo. Pero entender lo nuevo no significa quedar atrapados en el embelesamiento que nos producen las múltiples opciones o posibilidades que se nos abren con los nuevos dispositivos. Es necesario tomar distancia y tener una mirada crítica.
La mencionada autora, en el 2008, en su libro La intimidad como espectáculo, se aventuraba a plantear una hipótesis sobre los riesgos que se corrían si, en lugar de expandir nuestros modos de existencia ese territorio, el de las nuevas tecnologías, fuera capturado por “la insaciable avidez del mercado” transformando nuestra subjetividad en una mercancía más. A esa hipótesis, planteada a modo de duda, podría contestársele, 12 años después, con lo que dice David Carroll en el documental The Great Hack(28) :

“Todo comenzó con el sueño de un mundo conectado. Un espacio donde se podrían compartir las experiencias y sentirse menos solo. En poco tiempo el mundo pasó a ser nuestra celestina… verificador de información, animador personal, custodio de nuestros recuerdos y hasta nuestro psicólogo. Yo enseñaba Medios Digitales y Desarrollo de Aplicaciones. Sabía que los datos de lo que hacemos en internet no se esfumaban… estos rastros digitales nuestros son explotados por una industria de mil millones de dólares anuales. Ahora somos el producto. Pero estábamos tan fascinados con los beneficios de esta conectividad libre que nadie se molestó en leer los términos y condiciones. Todas mis interacciones, usos de tarjetas de crédito, búsquedas en internet, los lugares donde estoy, mis ‘me gusta’… todos quedan registrados en tiempo real y relacionados con mi identidad, proporcionándole así al que los adquiera acceso directo a mi impulso emocional. Armados de estos conocimientos, compiten por mi atención. Me proporciona un flujo constante de contenidos hechos especialmente para mí y que sólo yo puedo ver. Y esto sucede con cada uno de nosotros. Mis gustos… mis temores… mis intereses… cuáles son mis límites y qué hace falta para superarlos… Presenciamos la secuela de nuestra realidad filtrada… el mundo real se volvió una zona de destrucción muy dividida. ¿Cómo es que el sueño de un mundo conectado nos separó?”(29)

Y agrega Roger Mcnamee(30) , en ese mismo documental: “Facebook está diseñado para monopolizar la atención. Toman los ardides básicos de la propaganda y los combinan con los del juego en los casinos (…) básicamente juegan con los instintos: el miedo y la ira son las dos maneras más serias de hacerlo. Entonces crearon una serie de herramientas para permitirles a los anunciantes explotar ese público emocional con un enfoque individual (…) y cuando todos tienen su propia realidad, es fácil manipularlos.”

Finalmente cabe destacar que las nuevas tecnologías informáticas son una construcción histórica que tienen sus propuestas de uso y sus limitaciones. No son las causantes de las transformaciones sociales, políticas y económicas que vive la sociedad actual, pero sí las han puesto en evidencia y las han potenciado.
Es necesario reflexionar sobre el uso intensivo y a veces acrítico que hacemos de los nuevos dispositivos tecnológicos ya que proponen/generan determinadas prácticas con respecto a las formas de relacionarnos con nosotros/as mismos/as, con los otros/as y con el mundo.
Prácticas que potencian la inmediatez, la velocidad, la temporalidad del presente continuo, la percepción epidérmica, el consumismo permanente. Pero, además, la individualidad a ultranza, la eliminación de la experiencia histórica y el encuentro colectivo, la inconsistencia de la memoria, así como también las nuevas formas de lectura y la ausencia de pensamiento crítico. Características todas que parecieran constituir o construir estas nuevas subjetividades lábiles, permeables al marketing de todo tipo.
Porque si hay algo que está ocurriendo en este tiempo es que la ilusión de democratización que nos plantearon en sus comienzos las nuevas tecnologías hoy nos vuelven más dependientes, más vulnerables frente al poder político, social y económicamente hegemónico.

[1] En “Posdata sobre las sociedades de control”, en Christian Ferrer (Comp.) El lenguaje literario, Tº 2, Ed. Nordan, Montevideo, 1991.

[2] Byung-Chul Han. Psicopolítica, Ed. Herder, Barcelona, 2014.

[3] Gustavo Santiago. Deleuze. Sociedades de control, en http://deleuzefilosofia.blogspot.com/2008/10/ sociedades-de-control_02.html

[4] Byung-Chul Han. La sociedad del cansancio,Ed. Herder, Barcelona, 2017.

[5] Byung-Chul Han. La sociedad del cansancio,op. cit.

[6] Byung-Chul Han. Psicopolítica, op. cit.

[7] Byung-Chul Han. La sociedad de la transparencia, Ed. Herder, Barcelona, 2013.

[8] Guy Debord. La sociedad del espectáculo, la marca editora, Bs. As., 2012.

[9] Paula Sibilia. La intimidad como espectáculo, Fondo de Cultura Económico, México, 2008.

[10] Paula Sibiila, op. cit.

[11] Paula Sibiila, op. cit.

[12] Paula Sibiila, op. cit.

[13] Paula Sibiila, op. cit.

[14] “La Asociación Pediátrica Americana insiste en recomendar que se reduzca a un máximo de dos horas la cantidad de horas de los chicos frente a las pantallas o evitarlo en menores de dos años”. Esteban Magnani, en El monopolio GAFA, INFORME ESPECIAL: El escándalo mundial de Facebook desnuda el inmenso poder de las gigantes de las redes del suplemento Cash, Página/12, 01 de abril de 2018.

[15] Eloy Martos Núñez, Mar Campos Fernández-Fígares. La naturaleza poliédrica de la lectura (a propósito del Diccionario de Nuevas formas de lectura y escritura de Red Internacional de Universidades Lectoras), en Revista chilena de literatura, versión online, Nº 94 Santiago dic. 2016, http://dx.doi.org/10.4067/S07 18-22952016000300013 

[16] Byung-Chul Han. La sociedad de la transparencia, op. cit.

[17] Encuesta de Satisfacción Política y Opinión Pública (ESPOP) emitida por la Universidad de San Andrés. “Para casi nueve de cada diez jóvenes, de entre 18 y 24 años, las redes sociales son el medio de información predominante, mientras que para el 86% de la segunda franja etaria, es decir, los jóvenes de 25 a 34 años, las redes sociales siguen siendo el principal medio de información, seguidos de los diarios online… Según el informe mencionado, de la información que los consumidores recaban en redes sociales, el 76% corresponde a Facebook, el 49% a WhatsApp, el 26% a Instagram y el 18% a Twitter. Sin embargo, hay tres grandes hallazgos en dicha publicación. El primero es que Facebook es trasversal, como fuente primaria de información en redes sociales, a grupo etario, nivel educativo y región geográfica: todos consumen noticias de esta red social. El segundo elemento a destacar es que WhatsApp se logró posicionar para los argentinos a partir de los 25 años como la segunda fuente de información en redes sociales. El tercer elemento es Instagram, que para los jóvenes de 18 a 24 años constituye la segunda fuente de información en redes sociales de dónde se informan.” Leandro Bruni, en La cultura del algoritmo, artículo de Página/12, 06 de diciembre de 2018.

[18] Citado por Leandro Bruni, en La cultura del algoritmo, op. cit.

[19] Byung-Chul Han. La sociedad de la transparencia, op. cit.

[20] Franco Berardi, citado por Marcelo Lafón, en Entre los cambios culturales y las prácticas políticas, artículo de la Revista Pido la Palabra (otra vez) Nº 8, de 2019.

[21] Es claro que esto ocurre en la Modernidad occidental ya que entre los pueblos de Abya Yala (América) se concebía al tiempo y al espacio como unidad de ser y estar en el mundo.

[22] Roland Barthes, citado por Byung Chul Han. La sociedad de la transparencia, op. cit.

[23] Byung Chul Han, La sociedad de la transparencia, op. cit.

[24] Byung Chul Han, op. cit.

[25] Byung Chul Han, op. cit.

[26] Paula Sibiila, op. cit.

[27] Paula Sibiila, op. cit.

[28] Documental (traducido al castellano como Nada es privado) dirigido por Karim Amer y Jehane Noujaim, emitido por Netflik y que muestra el tráfico de datos realizado por las empresas Cambridge Analytica y Facebook durante las elecciones de Donald Trump en EEUU y el Brexit en Gran Bretaña, entre otros casos.

[29] David Carroll, Profesor Asociado de la Parsons School of Desing (Nueva York), entabló una demanda legal en Gran Bretaña en 2017 para que se obligue a la empresa Cambridge Analytica a entregarle la información completa de todos los datos recopilados sobre él, así como también de dónde los sacaron, cómo los procesaron, con quién los compartieron. A pesar de haber ganado el juicio nunca le mostraron los datos, prefirieron pagar la multa antes que hacerlo.

[30] Roger McNamee es un empresario, inversionista, capitalista de riesgo. Es el socio fundador de la firma de capital de riesgo Elevation Partners. Antes de cofundar la firma, McNamee cofundó la firma de capital privado Silver Lake Partners y dirigió el Fondo de Ciencia y Tecnología T.

Diego Genaro -Viento del Sur, Neuquén, septiembre 2022-

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