Un viernes 29 de julio de 1966, llegaron ellos en sus camiones y vehículos dispuestos a realizar lo que se había planeado. Era la Guardia de Infantería policial a cargo del General Mario Fonseca. El lugar se llenó de carros y policías armados hasta los dientes. Tiraron gases lacrimógenos y empezaron las corridas. Ellos entraron a la Universidad. La orden era clara, había que apalear a todos y todas sin importar el claustro ni la edad. Habían ordenes precisas; apalear y desalojar. Sobre todo apalear. Lo peor vendría después. 

Había que apalearlos por enseñar a pensar, por ser democráticos, por contestatarios y críticos.
Había que apalearlos por pensar distinto y usaron «bastones» que eran mucha más que bastones.
Usaron la fuerza bruta contra quienes pensaban y enseñaban a pensar.
Fueron apaleados, humillados y detenidos. No podemos olvidar de esto.
El mensaje era claro y también, era claro para quienes iba ese mensaje cargado de violencia. 

Bastones contra cuerpos e ideas. Bastones contra la rebeldía y el pensamiento critico.
Bastones que generaron renuncias y exilio. Fugas de cerebros. Facultades cerradas. Clases que se suspendieron e Intervenciones. Un golpe a la militancia, a la razón, a la democracia y a la vida.

«Entonces entró la policía. Me han dicho que tuvieron que forzar las puertas, pero lo primero que escuché fueron bombas, que resultaron ser gases lacrimógenos. Al poco tiempo estábamos todos llorando bajo los efectos de los gases. Luego llegaron soldados que nos ordenaron, a los gritos, pasar a una de las aulas grandes, donde nos hizo permanecer de pie, con los brazos en alto, contra una pared. El procedimiento para que hiciéramos eso fue gritarnos y pegarnos con palos. Los golpes se distribuían al azar y yo vi golpear intencionalmente a una mujer –todo esto sin ninguna provocación. Estoy completamente seguro de que ninguno de nosotros estaba armado, nadie ofreció resistencia y todo el mundo (entre quienes me incluyo) estaba asustado y no tenía la menor intención de resistir. (…) Luego, a los alaridos, nos agarraron a uno por uno y nos empujaron hacia la salida del edificio. Pero nos hicieron pasar entre una doble fila de soldados, colocados a una distancia de diez pies entre sí, que nos pegaban con palos o culatas de rifles y que nos pateaban rudamente en cualquier parte del cuerpo que pudieran alcanzar. (…) No tengo conocimiento de que se haya ofrecido ninguna explicación por este comportamiento. Parece simplemente reflejar el odio para mí incomprensible, ya que a mi juicio constituyen un magnífico grupo, que han estado tratando de construir una atmósfera universitaria similar a la de las universidades norteamericanas. Esta conducta del Gobierno, a mi juicio, va a retrasar seriamente el desarrollo del país, por muchas razones entre las cuales se cuenta el hecho de que muchos de los mejores profesores se van a ir del país.»

Nota del profesor Warren Ambrose, protagonista de la Noche de los Bastones Largos, publicada en el New York Times.

Fuente👉https://www.elhistoriador.com.ar/una-victima-de-la-noche…/

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