Hace ya cuatro años que mataron a Rafael Nahuel, el weichafe que luchaba por recuperar su territorio junto a la lof Lafken Winkul Mapu de la que formaba parte, en la margen sur del lago Mascardi. Asesinado por la espalda por una bala de Prefectura Naval Argentina.

Por ser mapuche.

Por luchar contra el continuo despojo territorial que su nación viene sufriendo hace 150 años. Harto del colonialismo.

Ayer nomás, mataron a Elías Garay. Asesinado de frente por una bala civil. Cayó su cuerpo ante la mirada de su peñi Gonzalo Cabrera, herido gravemente en el estómago por las mismas municiones sicarias que rompieron el silencio la tarde del 21 en Cuesta del Ternero.

También por ser mapuches. También por luchar contra el despojo territorial junto a su comunidad, la lof Kemkemxew.

Muertos o heridos por armas asesinas, que no carga solo quien apunta a un cuerpo mapuche y aprieta el gatillo. Es claro que no.

Es claro -debiera serlo- que esas recámaras llevan las balas de odio y racismo que un sector de la sociedad abastece para combatir a quien consideran un enemigo. Un enemigo construido discursivamente, a diario. En los medios de comunicación, en las redes sociales, en la calle. Un discurso colonizador, criminalizador y estigmatizante, elaborado por funcionarios políticos, por empresarios, terratenientes y comunicadores, repetido hasta el hartazgo por un sentido común liso y acrítico que se autoconvence a diario que la historia del Sur de este continente se puede reducir a 140 caracteres. Una historia breve, atemporal; un verdadero oxímoron.

Una historia que pareciera haber empezado ayer. Con un Estado argentino y otro chileno dirimiendo sus límites en tierras patagónicas habitadas por “mapuches extranjeros”; chilenos para el caso argentino, argentinos para el caso chileno. Y con apellidos gringos o europeos firmando títulos de propiedad por tierras que terminan donde comienza el horizonte. Una historia vacía que distingue a “mapuches pacíficos” de “mapuches violentos”, con el único objetivo de llevar agua para los molinos hegemónicos del poder; y que alcanza su mayor grado de complejidad al definir a estos últimos bajo la nueva categoría de “pseudo mapuche”, o directamente y sin filtro alguno, “terrorista”.

Una historia que fundamenta así la existencia de ese enemigo que o bien se domestica o bien se elimina. Pero que de una u otra forma hay que combatir y silenciar.

Como sea. Con discursos racistas, con relatos criminalizadores, con historias falsas.

Con balas. Como la que mató a Rafael hace hoy cuatro años. Como la que mató a Elías ayer nomás. Como las que hirieron a Gonzalo. Como las que llevaron a la muerte a Santiago mientras luchaba junto a sus peñi y sus lamgen de la Pu Lof en Resistencia, en Cushamen. Como las que de un lado y otro de la cordillera asesinan y persiguen a mapuches desde hace casi un siglo y medio.Con balas que no son cargadas solo por quien dispara el arma. Y que seguirán matando mientras esa historia de 140 caracteres siga repitiéndose como un mantra, y el discurso colonizador y odio continúe su reproducción.

Wigka, lagvmgekilpe pu mapuceAmulepe mapuche mogen

escribe Pablo Scatizza.

https://www.facebook.com/pablo.scatizza/posts/10227152906553558

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.