Vademécum.

Autor: Gonza Starota

vade

“Pensé en la muerte como un acontecimiento

Retrospectivo. Esa cosa de ir pidiéndole cosas

Al futuro para devolverlas, al final, intactas”.

Héctor Libertella. La arquitectura del fantasma.

“Era una operación vivaz y hasta colorida,

Dentro de los límites de neutralidad opresiva

De la escena general”.

César Aira. Ema la cautiva.

 

Ahora mismo no hay nubes sobre mí cabeza, se las han llevado a todas, ni una sola han dejado y lo peor de todo -o quizá sea lo mejor- es que nadie sabe muy bien a dónde, ni para qué.

Caminar se ha vuelto algo peligroso, tampoco sé desde hace cuánto. Pasa, listo, punto. Pasó ahora, justamente, afuera, cuando arriba no hay nubes, y la chica que minutos antes miraba por la misma ventana en la que yo ahora la veo caminar por la pista, es escoltada por dos hombres vestidos como si fueran a un safari: con pantaloncitos caqui, borceguíes y sombrero de paja. Ridículos, pero no tanto como para no ver nubes durante, más o menos, tres días.

Días en los que, varado en el aeropuerto, soy deslizado por suelas de caucho del baño hasta aquí: a esta sala de espera común y silvestre. Silvestre: sonrío oblicuo, para adentro, por esta palabra, viejo souvenir que, a diferencia del caucho y la ropa de esos hombres-safari, no sobrevivió.

Lo más raro, y que noté hace no mucho, unas dos o tres horas, es que tampoco hay sol. Si, no hay sol. No hay imagen de sol, mejor dicho, porque luz, lo que se dice luz, hay.

Sin ocaso, miro el cielo apagarse: me parece más remanido, incluso.

Leo en la pantalla el nuevo horario de partida. En unos minutos una voz chueca anunciará esto que está escrito en una caligrafía igual a la que leo, ahora, en mi pantalla, mientras escribo, salvo porque están invertidos, allá, los colores, blanco sobre negro, y, luego, otra voz, fina como un espejo, lo dirá en el idioma de mi continente. Es lo único que puedo decir de este lugar, no se deja otra secuencia.

Soy el único pasajero que toma este avión, pero no estoy solo en la sala, siempre va llegando gente, mientras escribo, que pasa la mayor parte del tiempo parada, caminar, recuerden, se volvió algo peligroso, pero siento que no miran, que no hay nada que mirar afuera, en esa masa compacta, a la que le cabe la palabra mortaja y no, claro que no, cúpula. La mortaja entra adentro de la sala, invita a vadearla, todo el tiempo.

Descolgado, escucho: los tontos se dejan casar. No tengo nada más que eso, pero  la ropa que  estaba rememorando bajo ese cielo sin nubes, me hace dudar sino no es en realidad cazar la palabra. Los casamientos se cazan; tengo ganas de decirle a la niña que lee junto a mí, parada, un poco curva para atrapar mejor las letras de ese ejemplar cuarteado, de tapa blandas como la tela, con hojas de diario. Me pregunto de donde lo habrá sacado. Aún circulan, me tranquilizo, lástima que sean esos. Lástima. Ayer, justamente, por esta hora, le vi uno  a la chica que se llevaron, como a las nubes, sin saber a dónde ni por qué,  esos hombres. El nombre del ejemplar era significativo; Todo oscuro, sin estrellas.

Así en la tierra como en el cielo, dijo mi amigo, anoche, con su voz de cascada, nada triste, al despedirse, con esos ojos de Hegel que la  volvieron, al instante, absurda a la frase. Tras girar sobre sí mismo, transportado por las suelas de caucho,  lo vi, por última vez, alejarse rumbo al pasillo que lleva al avión. Antes de pasar por las luces de seguridad, me llegó, nítida, otra vez su voz, pero esta vez triste por literal y neutra; la última vez, hermano, sólo la última vez.

La belleza, como la vida, es absurda, y se trasmite, como la vida, de manera absurda.

La luna sólo se ve de día, sin mediación de lentes, sin aparato alguno. No sé, tampoco, desde hace cuánto que esto ocurre. Pero es de lo poco que merece que le demos las gracias, a ellos, los otros. Esos mismo que digitan las letras en la pantalla, allá, y que son iguales a  estas, salvo, que tiene invertidos los colores, fondo negro, letras blancas. Los de las voces que luego lo anuncian  son de nuestro lado, porque tienen cuerpo,  pronunciación, que, pobre, los delata, los manda al frente, no hay caso, no se puede borrar. Algunos se operan; los desesperados de siempre que nunca faltan; se castran para ser de época. Pero así y todos uno sabe, pero sobre todos ellos, los otros, son los que saben.

#

Eco, lo que se dice eco al aire libre, silvestre, tampoco hay, desde que tengo memoria. Dicen que al sur, siempre es al sur, abundan unos pocos lugares. Luego, imposible; superpoblado; la contigüidad extrema. La idea de la pérdida del eco  me hace bostezar y mirarme los zapatos desabrochados. Me doy golpecitos con el canto de la  mano sobre la boca mientras doy unos gritos bien moderados, como un indio apache, eco tuerto, como todo lo que, de antes, queda y se quiere copiar, recuperar. Lo hago para llamar la atención de la niña que lee pero, finalmente, me decido a darle un puntapié a la sombra de su cabeza, al verla a un tris de mis zapatos,  para preguntarle de una vez por todas de dónde saco ese libro. No hay caso, esta entretenida, vagando en esa sustancia viscosa, rudimentaria, en ese  artefacto, el más absurdo que jamás he visto, y que, ahora pienso, mientras escribo, por eso desapareció, al igual que los dinosaurios, los pingüinos, las ballenas, no las ballenas no, el sida, las bicicletas y tantas otras cosas: como el teatro.

Me paro y, tras mirar al guardia, camino hasta la ventana, utilizando de los pasos permitidos, siete, solo cuatro. Me quedo un rato mirando el parpadeo de una luz mineral, musgosa, que no divise desde mi asiento. Deduzco que debe ser una señal sobre el estado de la pista, un signo que solo está dirigido a los pilotos. Es un aviso de suspensión, o que esta inhabilitada, mejor dicho, dice la niña, que se ha ganado a mi lado, lo dice sin mirarme, sosteniendo el libro en su pecho con las dos manos. Su voz es como la de alguien que acaba de matar a una persona. Me disuade, esa voz, mis ganas de saber sobre el origen de su libro. Vuelvo a mi asiento, miro al guardia, por instinto, al sentarme: me ha contado los pasos, porque me hace una seña con la mano abierta, cinco, leo en sus labios. Me guiña un ojo. No le respondo.

Me duermo un rato y termino inclinado, en algún momento, sobre el hombro de la niña, que se ha sentado junto a mí, y que la encuentro, al abrir los ojos,  leyendo ese libro de tapas blandas como sábanas. Todo conocimiento es moral, me lee, con expresión lenta, dulce, mirándome de frente, frotando con los dedos el libro. Sus ojos y su voz, suenan, ahora,  a la de alguien que acaba de hacer el amor.

Siento un loop de notas lúgubres, detalles exhalados de un mismo y roto rincón de mi vida, trastocar el dorso cincelado de mi privacidad ¿Será que en este momento de espera, de gigantesca transición, estoy alcanzando, como quería el maestro Lupón, sin movimientos, sino cayendo de otra manera por el mundo, una imaginación y una memoria de enfermo?

Cómo saberlo. Lo que si se, es que escribir en este mundo, amigos,  está permitido; la razón no la tengo. Supongo que nadie la tendrá nunca. Ni siquiera el maestro Lupón.

Entonces, puedo decir, ante todo, esto: que no se sabe nada de la escritura. Pensando  mejor la razón,  quizá, la escritura es, al igual que la muerte, politeísta.

Amén.

Me opuse –paradójicamente- con la tenacidad de un profeta, durante largo tiempo, a tener que escribir. Es más, no recuerdo cuando fue la última vez. Pero el deber que me llama me puso en esta situación.  Incluso, disfruto de ser un anacrónico. Intentar con palabras poner en flotación esta parcela de imágenes, desenfocar los aparatos que pueblan por doquier este mundo, aunque tan solo sea un momento. Y aunque sea en vano, sobre todo.

Hoy es, para nuestro calendario, el último día de otoño en este hemisferio. Pero  ya no le imprime a la brisa, este otoño, intercambio alguno con la tierra y sus aromas. Con los azulejos, el cemento glaseado, los cordeles de ventanas, trasporta, en cambio, un olor insípido, impropio, que apenas si alcanza para irisar, afuera, el polvo de la pista, cuadrada, chiquita, peinada al medio por una raya fluorescente y ridícula, donde aterrizan de  modo serio y vertical, a horas regulares,  los aviones.

Seriedad, serenidad, seducción, seudónimo, sedentario, sempiterno, sensorial; retahíla de palabras que  el maestro esgrimió  -envasadas en su pedagogía actoral de punta-  con el alérgico ahínco de quién no quiere hacer más gestos, salvo que sean definitivos: como el mío. Por eso las repaso. De todas ellas, bajo la órbita del mimetismo y los recuerdos conducidos que acarrean días de ensayo, me queda una: seriedad. La porto con natural ajenidad.

#

La gente que estaba partió. Estuve solo en esta sala con los ojos cerrados, no cuento al guardia, por apenas quince segundos, algo así como una respiración redoblada. Ya hay voces empaladas, como las de antaño, en lo irreconocible de sus cuerpos y de sus pasados, cuando la luz látex se desparrama en mi vista. Hago un paneo rápido, catorce personas en total: siete de un sexo,  cuatro del otro, y tres de ambos.

Me sacudo la ropa -me he parado para divisar la luz musgosa que ya no está- y me decido, al escuchar mis huesos rezongar, a realizar un poco de elongación sin salirme, en lo posible, de mi eje: ni dar un mísero paso y, menos que menos, rotar. Cuclillas, flexiones de brazos, nada más. Me siento, cruzo las piernas, y cierro, relajado, los ojos. Quiero soñar. Hace mucho que no sueño. O que, a mí, los sueños, esa batería de  sensaciones de serenidad seudónima,  no me quieren recordar.

Descanso, pero no sueño. Quien parece que sueña es la señora sentada al lado, a mi derecha. La de la izquierda ronca como si todo el eco, el verdadero, el silvestre,   vuelto una pieza más del inventario de inexistencias, se lo hubiera tragado todo ella. En su ronroneo adivino su voz de vieja fumadora. Pienso en su muerte, en su nacimiento, y en su reencarnación. En la reencarnación vengo pensando fijo hace tres días. Cuando supe que no hay nubes. Que ridículo, en esta parcela de mundo no hay nubes. Por eso, no por lo que venimos amansado con Lupón, merece desaparecer de mi vista todo esto. No por la idea, que me ronda como el ronquido de la señora, de apurar la reencarnación de la gente del vuelo que espero, que llega del lugar de donde son ellos, los otros, y que en esta sala soy el único pasajero que pasan a recoger. La hora que la pantalla anuncia, igual a esta donde escribo, salvo porque, allá, los colores están invertidos, me informa que faltan un par de horas.

Tengo unas ganas -que por escribirlas se vuelven torpes- de hablar con Samanta. Urgentes.

Miedo siento, también: porque río mientras lloro, al pensarla urgentemente en esta sala que, si no fuera por aquella chica que se llevaron los hombres-safari, sería como cualquier otra sala, como cualquier otro lugar.

Quizás me haya llamado Samanta, quizás no, pero estoy seguro que me pensó. Me pensó ridículo, de eso estoy seguro. No la culpo, es normal: todo hombre sin fe debe, siempre, pensar así de alguien que comenzó a hablar, de la noche a la mañana, de reencarnación. Y se sabe, quien habla de reencarnación habla de redención. Todo con ese apuro ciego, similar y profético, con el que se cambia de tema, a un ritmo desenfrenado, en toda conversación entre incrédulos fundamentalistas para evitar rispideces. Es así, en cuestiones de identidad no hay grises, y esto desde siempre. También por eso debo partirme en mil pedazos; para poner fin a una raza.

Soy duro conmigo mismo. La duda, acá no está permitida, como los grises.

La duda no existe, para mí, desde hace mucho, independientemente del maestro Lupón. La determinación con la que estoy sentado lo confirma, y lo confirma no por la vía de la idea, sino todo lo contrario, por su ausencia.

La ausencia no matiza. Por eso, la mía, quiere enseñarla.

Rememorar, recordar, representar; No.

Reencarnar.

Aunque, tal vez, nunca volveremos a estar juntos con Samanta. Incluso en la otra vida.  Divina, dulce duda que no me puedo permitir.

Amén.

#

El silencio de la sala se deshilacha con los zumbidos de la nave, cada vez más expansivos y fuertes a medida que desciende, así como la luz cobalto que emana de ella y empaña los cristales, y que me hace parar e ir, con apenas cinco pasos, hacía la ventana. Alcanzo a ver la manera en que se recuesta en la pista y permanece apenas unos segundos, los suficientes para descargar dos cajas medianas y niqueladas. Establezco, entre el zumbido y la forma de la nave, una  estrábica afinidad. Pienso otra vez, al sentarme de vuelta en mi asiento, en ella, pero ahora agrego las cajas, los hombres que las recogieron, y el cabrilleo unísono que, por fin, sentencia la juntura de las cosas y cierra el pensamiento de la afinidad.  Sonrio por ese destiempo.

Me imagino yendo en unas horas hacía esa luz adriática que exuda la nave, caminando con  paciencia de relojero bajo un cielo ya jaspeado de claridad,  escoltado por guardias flúor, sintiendo zumbar mis oídos al subir y sentarme, por fin, en la butaca 38.

Fue el maestro Lupón, recuerdo ahora, quien me contó una mañana entre tazas de té y pasteles de nuez, con esa manera tan suya -a mitad de camino entre la sentencia budista y el alegato profano de un acusado- el significado del nombre de Samanta; que sabe escuchar. Lo Repitió, como una letanía, el día casi entero que pasé junto a él. Yo diría, cuando el rostro de Samanta se me aparece de un ramalazo en algún lado de mi cuerpo, que me gusta mejor; quien va hacía la escucha. Como si la vida póstuma que le estoy dando ahora se consagrase solo al sonido, pero despojado, eso sí, de toda voz humana que siempre termina, de una forma u otra, por ser una confesión. Sonidos, en cambio, que tengan la profundidad oceánica, apabulladora e inhumana de una música, esa fuerza que para existir no necesita encarnarse en nada ni en nadie, ningún intérprete, ningún yo.

¿Es una confesión esto? No, reflexiono rápido, porque no implica un costo para mí. Al mismo tiempo, y contradictoriamente, si, porque confirma lo que soy, me compromete a ser lo que digo ser.

Ay dios, qué difícil, a veces. Pero si de algo estoy seguro, es de esto; al escribir me convenzo de otra manera. O, mucho mejor, simplemente, me distraigo.

Lupón seguramente debe estar ahora con los ojos cerrados, en silencio, escuchando su respiración, acostado en el piso, esperando la hora para, puntual, abrir los ojos, levantarse y mirar por la ventana la bola de fuego que aparecerá, también puntual, en el cielo, ocultando la luna, poniendo un segundo sol, visible, fugaz, sobre su barrio vallado con piedras de antiguos templos: residencia exclusiva, masónica, de gurúes, maestros zen, místicos anacoretas,  etcétera, etcétera.

Me imagino su cara impoluta, blanca, llena de pozos, permaneciendo a un tris de la ventana hasta que la última hilacha de humo se haya esfumado del cielo de la mañana.

La mirada soñadora de una joven altísima, de cuerpo y pelo estricto, que acaba de llegar hueca de la hueca sombra de un pasillo, limpia los lugares conocidos de la pátina de familiaridad que mi frecuentación les había adherido. Agradezco esta generosa cortesía de darme un poco de aire nuevo en esta espera, a mí, que no se esperar.

Antes, cuando con Samanta llevábamos de contrabando agua dulce a China, una de las primeras misiones que hicimos juntos,  había poquísimos tiempos muertos, las cosas eran más directas, tenían el filo que da el vértigo de desplazarse por el diagrama de apuros inéditos que da el azar. Hasta que en uno de esos viajes, recuerdo que fue el más complicado de todos,  conocí a Lupón.  Ya nada fue igual para mí y, también, para Samanta, claro.

Unos tragos de vodka no vienen mal, pienso, para apagar esta pira de ansiedad. Pero antes de ir al bar voy a descargar la vejiga.

Examino mi aspecto, primero, en el metal perlado de los pasillos mientras avanzo por las suelas de caucho rumbo al baño. Después, tranquilamente, en el espejo: un hombre aún joven, alto, ojos azules saltones, de aspecto decidido, con el pelo negro peinado hacia atrás, como un casco en movimiento. Ensayo, mirándome fríamente en el espejo, la voz pectoral de león que pondré en unas horas, cuando diga mi nombre y destino al guardia. Dudo del acting. Vuelvo a ensayar la voz varias veces más antes de salir.

En el bar me siento junto a la barra, muy cerca de una pareja que bebe vino y come crostines mientras conversan sobre las inclemencias del clima. Caigo que somos los únicos parroquianos al girar en la banqueta para ver la pantalla que anuncia los horarios de arribo y salida. Siento, de repente, como nunca antes,  una soledad paciente, de estatua. Pido con prisa un vaso de vodka y música. Al  entregarme el barman el vaso, y confirmar que es pequeño como imagine, pido otro y más volumen. Suena, ahora, más baja, mucho más baja que antes la música. Me quejo y, a modo de castigo, pido que me  cambie el  vaso por uno de soda: él hace como si no me  escuchara. Me quedo un rato mirándolo, inquisitivo, buscando incomodarlo, pero su indiferencia y esta canción, lenta, de cuerdas, acompañada de la brillantez de los xilófonos, hacen claudicar mi venganza blanda, triste.

Camino tres pasos hasta las cintas de caucho para volver a la sala, pensando, sin embargo, en volver en media hora por más vodka, cuando cambien el personal. Beber rompe los códigos de la misión, acordados en grupo, tras años de ensayo y debate. Pienso que tal vez ese barman leía en mis ojos algo que trasparentaba una infracción y que él, haciendo aquello, era parte también de nuestra secreta misión, pero de una forma que, como dice Lupón, es  honesta por ciega e incierta.  De todas maneras, dejo de lado, muy seguro, este pensamiento. Voy a volver. Deseo, mucho, mucho, beber vodka.

#

Si el avión no llega hoy, no sé si tendré fuerzas para sortear otro día más aquí, casi sin dormir, y con esa ansiedad horrible que me cuesta cada vez más controlar. Llevo tres días, pero es como si estuviese hace uno; eterno, apenas sacudido por la presencia de esa chica escoltada por los hombre-safari que, como a las nubes, no sé a dónde ni por qué la llevaron.

Al intentar reconstruir algunos rasgos mínimos de la chica -su pelo, su ropa, su andar- se me ocurre que tal vez ella haya violado algunas de las normas sociales más rígidas, impuestas por ellos, los otros;  cambiarse el verichip que llevamos incrustados desde que nacemos, o romper los sensores adheridos a la ropa que miden datos biométricos, la respiración cardiaca, y no sé cuantas otras cosas más, y que son trasmitidos a un smartphone central, que a su vez  hacen llegar la información a los distintos guardias, de este y cualquier otro lugar. O quizá, simplemente, caminó más allá de los siete pasos permitidos, o los radares detectaron algo en su equipaje. Sopeso  estas ideas  con frialdad, sin temor a ser arrestado, llevado como ella. Es una señal, un signo, me digo, sentado, un poco alabeado por la ansiedad estúpida, mirando hacia la ventana; en su interpretación se juega algo, algo que no puedo desentrañar. Maldigo haberla visto.

La ansiedad me pone insensato, excesivo, triste también.

Salgo sobresaltado de mis pensamientos cuando una chica se deja caer bruscamente a mi lado, rozando mi hombro. Conversa alegre con lo que  supongo es su novia; que se queda parada al frente nuestro, soplándonos con los ojos líneas borroneadas de vida. Inmediatamente su piel de tábano me recuerda a la de Samanta y también su voz que, como sus zapatos, suena desabrochada. Reparo largo tiempo en su nariz; fea, ganchuda, no como la de Samanta; una falange de pulgar de bebe. Empino la idea de invitarla a viajar conmigo  para que reencarne en otra nariz.  Rápido, reculo y recapacito.  Tengo que tratar de no distraerme, focalizarme en lo mío: la misión, nada más y nada menos.

Las novias deciden, expeditivas, ir para el bar: la de la nariz ganchuda, gira y me invita a acompañarlas, cuando la otra, la rubia, se para y me da la espalda. En un rato las alcanzo, respondo con mi voz pectoral de león.

Repaso la pantalla. No queda nada. Una claridad, tenue, empieza a espolear la noche. Siento una náusea que avanza como una marea, o, mejor, una lava ardiente, que remueve,  poco a poco,  mi rostro dibujado en suelo de los días.

Antes de enfilar para el bar, me acerco a la ventana, con los siete únicos pasos permitidos. Busco despabilarme. Contemplo la pista; los lamparones cromados en la pared de enfrente, las maquinas llevando y trayendo pasajeros, las cintas reflectivas sobre las camperas de los guardias, y emergiendo invisible, una vez más, la imagen de la chica escoltada por los hombres- safari.

Algo, tiene que haber algo, en esta constante rememoración ¿Si es Samanta quién vino hasta aquí, siguiéndome, queriendo impedir la misión, y, sin experiencia, junto con su mala suerte, fue apresada por las fuerzas de seguridad? ¿O más seguro, tratando de impedir que yo muera, ella, con su muerte, quiere enseñarme algo que yo no logro descifrar?

Seré en unos momentos un ojo gigantesco, digo a las novias, sentados a la mesa del bar; ellas,  una encima de la otra; yo enfrente, con los codos apoyados  en la mesa y las manos sosteniendo mis mandíbulas. Creo romper, con esa frase, el voto de silencio sobre la misión. Pero, en contra de lo que esperaba, la deriva de la conversación repara en otros temas: generales, abstractos,  nada fríos, llenos de aristas. El que transcribo aquí, en esta pantalla, y que me querría llevar adonde sea, lo inicia la de nariz ganchuda, que habla en nombre de las dos, y dice, con cadencia lenta: ahora que las cosas gastadas, usadas, se renuevan al reconfigurarse sus moléculas, la gente puede ir vestida con sus ropas preferidas gran parte de su vida, como si fuera el traje de un superhéroe. Al terminar de escucharla, miro la pantalla, y el anuncio de mi vuelo, que en diez minutos, tras días de demora, desciende en la pista, y antes que la voz de mis compatriotas la repita, respondo, impertérrito: eso no tiene ninguna importancia chicas, aunque toda creación,  mediante la detención molecular, puede permitir la retención de la historia física de un objeto, y así reconstruirlo e incluso si su colección de moléculas puede indicar cada lugar donde ha estado, no podrán nunca, nunca, reencarnar el éxtasis que hizo girar las moléculas. Esa ausencia, ese palmo de polvo, nunca retornara, salvo en la reencarnación.

Me levanto con una ampulosidad de bostezo, sin esperar reacción alguna de las novias, dejando el vaso de vodka intacto, y me voy hacía esa luz adriática,  lapislázuli, con  una sonrisa beata y sobria.

Tiemblo, por dentro, mientras voy.

Tiemblo de paz, amor, y odio.

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