Un Comahue violento.

Autor: Seba Alegre-Hugo Alvarez

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Apenas supimos que el libro se iba a publicar, pensamos en realizar esta entrevista intentando que el autor, nos cuente de que se trata este trabajo de investigación,  “Un Comahue Violento” cuya lectura, análisis y reflexión, seguramente estimulará la discusión sobre los alcances del Terrorismo de Estado durante la última Dictadura en la región, proceso intelectual necesario y obligado, insoslayable si nuestra exigencia es que aquel genocidio no se repita. A 40 años del Golpe del 76, quizás, “Un Comahue Violento” de Pablo Scatizza sea, la lectura obligada para volver a pensar las lecciones y legados…¿Por qué sucedió? ¿Cómo fue posible? ¿Qué ocurría en la Sociedad civil?, y otras tantas preguntas más, pensando en la necesidad de seguir en el proceso de construcción de una memoria colectiva abierta, plural, cívica y democrática.

-Antes que nada, preguntarte cómo surge la idea de escribir “Un Comahue violento” ¿Cuáles fueron en todo caso las motivaciones que dieron impulso a esta investigación histórica que has realizado?
Bueno, el libro es en realidad un producto de mi tesis doctoral, un tanto cambiada, eso sí. No tanto en el registro narrativo, ya que mi decisión inicial fue que la propia tesis pudiera ser leída no sólo por pares académicos o el jurado -a quienes suele ir dirigidas las tesis, ciertamente-, sino también por todos aquellos y todas aquellas que les interesara el tema y no tuvieran mucha información al respecto. En este sentido, no me llevó mucho trabajo reescribirla, aunque sí cambiar su organización interna y darle un nuevo eje articulador. De alguna manera lo que terminé haciendo fue darle una nueva lógica interna, lo cual me llevó dos años más de laburo a los 6 ó 7 que me llevó la investigación… o sea, ahora que lo pienso, podemos decir que sí me costó.
Las motivaciones para encarar esa tesis fueron varias. Ya mientras estaba en la licenciatura en Historia tenía un cierto desvelo por la violencia política, sus formas, dinámicas y representaciones. Especialmente por su faceta represiva. Cuando estábamos en tercer año, con un grupo de compañeros nos empezamos a juntar a leer y discutir temas que no veíamos en la facultad, sistemáticamente una vez por semana, y uno de esos temas fue el de la violencia. Íbamos a la biblioteca, sacábamos libros que hablaban del tema y nos juntábamos a debatir. De ahí quedé enganchado con la temática, y mi tesis de licenciatura tuvo que ver con eso, con el análisis de las representaciones sobre la violencia del diario Río Negro durante el onganiato. Y cuando empecé el doctorado, decidí meterme en los Setentas. Año 2006. Me molestaba muchísimo que toda referencia a la violencia política de aquella época le era endilgada naturalmente a la guerrilla, a la militancia, a la izquierda. La mayor parte de los textos que circulaban daban cuenta de los movimientos contestatarios, y había muy poco dedicado a analizar y poner en evidencia la violencia política puesta en acto por el Estado. Y por eso decidí encarar esa línea de investigación. Me seducía, obviamente, la idea de investigar sobre la militancia setentista… pero creí que era necesario conocer más y mejor al enemigo, a los perpetradores de la violencia estatal. Y hacia allí fui. Y finalmente, lo que terminó de empujarme, fue el hecho de ingresar a trabajar a la Fiscalía Federal en 2008, en las causas por delitos de lesa humanidad. Allí el círculo empezó a cerrarse, y si bien dejé de trabajar allí en 2014 y ya publiqué el libro, aún sus puntas no se terminan de juntar.
-En el excurso que vos hacés de la categoría “víctima” o de términos como “victimizar”, hacés referencia al posible empleo que en determinados contextos históricos se hizo para obliterar la condición política de quienes sufrieron el terrorismo de Estado. Sin embargo, reinterpretás esas categorías. Entonces, la pregunta – o tu opinión- acerca de lo siguiente: la memoria es un terreno de pugna jurídica, política, social… ¿Cómo se transforma en terreno de lucha por la posibilidad de resignificar, desde las categorías de la lengua?
La memoria es terreno de disputas, o no es. Es un constructo cuya propia génesis es conflictiva, tensa, y por momentos contradictoria. Tanto las memorias individuales como, especialmente, las colectivas, que son en tal caso las que más nos interesan al momento de pensar estos procesos. Aquellas memorias que se construyen colectivamente y que luchan (al mismo tiempo que lo hacen internamente en el mismo momento de constituirse como tales) por conquistar lo que un historiador italiano, Bruno Groppo, ha llamado “memoria pública”, para referirse a esa memoria correspondiente al mayor número de personas y que se desea conquistada, subrayando, palabras más palabras menos, que es esa memoria que cada una de las memorias presentes y en lucha querría modelar a su propia imagen, imponiendo recuerdos al conjunto de un colectivo determinado.
Y desde este punto de vista, la memoria sobre los setentas (por denominarla de alguna manera), guau… vaya si está disputada! Tanto si sacamos una foto en un momento determinado de la historia, sea los ‘80, los ‘90, los 12 años del kirchnerismo, ahora… como si lo miramos en términos diacrónicos a lo largo del tiempo: en todos esos casos las luchas por la memoria son una constante muy interesante para analizar. Permanentemente vemos relatos o discursos que intentan imponerse hegemónicamente sobre otros, formas de significar aquel pasado, de interpretarlo y explicarlo. Luchas en las que el término “verdad” es lo que suele primar, dado que cada colectivo (sean los organismos de Derechos Humanos -y hacia adentro de ellos dado que no siempre hay coincidencias-, militantes, familiares, partidos políticos, medios de comunicación, gobiernos de turno, jueces, etc) pretende que su memoria sea la que da cuenta “de la verdad de lo que sucedió”. No obstante, si lo pensamos, más que “verdad”, se debiera hablar de “significación”, y permitirle al análisis histórico (y no al Derecho, que tanto le gusta arrogarse la potestad de alcanzarla) en tal caso intentar -y sólo eso- acercarse a ella.
En definitiva y para ser conciso: sí, la memoria es un terreno de disputas, y más que transformarse en ello, yo diría que nace así. Nace como arena de lucha, está en su historia genética serlo, y es esa cualidad, tanto como su construcción necesariamente ligada al presente, lo que hace que sea dinámica y cambiante.
-Queríamos que nos cuentes, para quienes todavía no han leído el libro…¿Cuáles fueron los primeros objetivos de los represores en la zona al momento del Golpe del 76? Además, sería interesante e ilustrativo que nos desarrolles brevemente el papel de las policías provinciales (de Neuquén y Rio Negro) así como la policía federal en el marco del Plan de aniquilamiento ideado a escala nacional.
Al igual que en el resto del país, lo primero que se propusieron hacer los militares una vez tuvieron el control institucional del país, fue terminar de desmantelar las organizaciones políticas opositoras al régimen. Y digo terminar, porque ese proceso ya había comenzado mucho antes del golpe, por parte de las fuerzas armadas y de seguridad de todo el país, por una serie de leyes “antisubversivas”, y por las bandas parapoliciales que actuaron en connivencia con el Estado. Y la propia madrugada del 24 de marzo, y a lo largo de todo el día, se realizó una de las mayores razzias de todo el período (junto con la de junio, que se realizó para desmantelar y aniquilar al PRT-ERP de la región). Para que te des una idea, en el Libro de Entradas y Salidas de la U9 hay registrados más de 40 ingresos el 24 de marzo, de detenidos y detenidas por motivos politicos. Y según cuenta el Nano Balbo, mientras estuvo detenido en la Delegación de la Policía Federal, ese mismo día, pudo ver varias decenas de detenidos, estudiantes universitarios, que luego fueron liberados.
Durante los años de represión más intensa, pero también durante el 75 e incluso parte del 74, las policías provinciales actuaron decididamente en contra del “accionar subversivo”, deteniendo a todo sospechoso o sospechosa de atentar, de la manera que fuera, contra el statu quo dominante. No hay que olvidar que en ese entonces estaba vigente la Ley 20840 “de Seguridad Nacional”, bajo cuyo amparo se realizaron detenciones “legales” de personas que luego terminaron en el circuito clandestino de represión, e incluso fueron desaparecidos, como los casos de Cancio y Seminario, que fueron detenidos durante un operativo de las fuerzas conjuntas en agosto de 1975 en el barrio Sapere, y aún continúan desaparecidos.
Y sin olvidar, además, de que tanto las policías provinciales de Río Negro y Neuquén, así como la Policía Federal, pusieron a disposición del aparato represivo algunos de sus edificios para ser utilizados como centros de detención clandestina, como sucedió en la actual Comisaría 4° de Cipolletti, en la Comisaría 14° de Cutral Có o la Delegación de la Federal en la capital neuquina. En rigor, las fuerzas policiales y Federal fueron componentes clave del dispositivo represivo, sin cuyo accionar no podrían los militares haber actuado como lo hicieron. Especialmente por el conocimiento del territorio que tenían los integrantes de las policías, de las ciudades, de los personas de carne y hueso que tenían como enemigo a combatir. Fueron, sin dudas, un engranaje fundamental en desarrollo de la represión.
-Un detalle que nos resultó curioso y que surge también de esta obsesión -al menos mía- por el acto de nombrar: el adjetivo “violento” suele emplearse a menudo -en el discurso público, de los medios de la política, del debate, de la academia, junto a entidades vinculadas a ciertas conductas o a prácticas institucionales (Violencia en el fútbol, policía violenta, manifestantes violentos…) ¿El mismo adjetivo aplicado a una región geográfica -Comahue violento- ¿produce una despersonalización de la violencia cuyo principal ejecutor fue el Estado? O en todo caso, ¿por qué ese título?
Sí, tienen razón en cuanto al efecto que produce, Confieso que no lo tuve en cuenta. Mi idea, al ponerle ese nombre, fue enfatizar la violencia que dominó el período en esta región, frente a un sentido común, o ciertos registros de memoria, que señalan que “aquí no pasó nada”. Y frente a eso digo: no, no es verdad que no pasó nada. En el Comahue hubo violencia; el Comahue fue violento (si se quiere, contra un sujeto tácito que fue la militancia, la juventud y los/as trabajadores/as). Por eso el subtítulo que hace referencia directamente a la dictadura y a la represión. Para que quede en claro que cuando hablo de violencia, en mi libro, es para referirme a la perpetrada por el Estado y sus instituciones. Igualmente, y ya que estamos en plano de confesión, te cuento que me costó muchísimo encontrarle el título. Estuve muchos meses dándole vuelta al asunto. Y no encontré otro mejor…
- una pregunta de actualidad: vos afirmás que “pensar los setentas en la Argentina y hacerlo con los procesos militares sucedidos en la américa Latina resulta prácticamente ineludible” ¿Qué es lo ineludible para entender este cambio de época abierto nuevamente en el continente, que llega al poder ya no con el empleo de las armas, pero que conserva el mismo patrón de herramientas y de aliados similares a las dictaduras?
Sabemos que no es posible pensar, explicar y tratar de comprender procesos nacionales de manera desconectada del contexto histórico que los contiene. Y en tal sentido, tampoco podemos pensar este giro a la derecha que está viviendo (o sufriendo) nuestro continente en la actualidad. No obstante, no sé si conserva el mismo patrón de herramientas, no me animaría a decirlo en esos términos (pienso, hay represión, sin dudas, hay violencias de Estado, explotación laboral, etc, pero no es la misma que la de los setentas). Sí, sin dudas, la derecha que está en ascenso hoy tiene similares aliados… y aunque suene tautológico, de derecha. Sectores que privilegian la libertad de mercado y de empresa por sobre otras libertades y derechos; que fomentan el éxito individual por sobre los triunfos colectivos, que por garantizar la “seguridad” de la propiedad privada no tienen pruritos en perseguir y matar al que puede atentar contra ella. Lo vemos a diario: gran paranoia por el tema de la inseguridad, por lass entraderas a los domicilios, por los robos; y poco se dice (al menos los medios hegemónicos) de la inseguridad que viven a diario los pibes y las pibas en los barrios, en las tomas, en las villas, donde su seguridad es sistemáticamente violada por la policía y otras fuerzas de seguridad, que, a diferencia de aquellos, portan armas legalmente y están autorizados legalmente (y por tanto, respaldados institucionalmente) a disparar.
A ver, para pasar en limpio. No creo que hasta hace unos años atrás hubiera gobiernos de izquierda en el continente, y ahora de derecha. En tal caso, hasta hace un tiempo, hubo gobiernos más progresistas, que garantizaban más derechos que los actuales, sin dudas… pero la represión policial y la inseguridad en los barrios pobres, a la que me refería recién, no era diferente a la actual.
Sin embargo, volviendo al vuelco a la derecha del país y del continente, es importante no caer en generalizaciones que limen los matices. Las causas de lo que sucede en Argentina son diferentes a las de Brasil, a las de Venezuela o a las de Colombia, por ejemplo. Pero sí es cierto, creo, que es un vuelco en el que ciertos sectores que hasta ahora estaban más solapados, de alguna manera invernando, ahora tienen una legitimación institucional mayor, y con ello hacen más fuerte su embate.
- En la lectura de “Un Comahue violento” nos llamó la atención entre otras cosas el protagonismo que tuvo el movimiento estudiantil universitario. Podrías desarrollar las características de aquel actor destacado como fueron los estudiantes. Y además, ¿Quién fue en ese contexto Remus Tetu?
El movimiento estudiantil universitario de la región fue un actor político muy importante desde varios años antes del golpe. Desde mediados de los sesenta, cuando la universidad aún era provincial, comienzan a conformarse las organizaciones estudiantiles cuyo empuje sería decisivo para la nacionalización concretada en 1972. Y en esos años y hasta entrada la dictadura, su participación no sólo en el ámbito universitario sino también en la cosa pública -especialmente en los barrios- fue muy destacada (el historiador neuquino José Echenique tiene un artículo muy valioso al respecto, que se puede consultar en la Web). Y por tal motivo no es fortuito que muchas de las víctimas de la represión antes y durante la dictadura fueran parte de ese movimiento estudiantil, incluso gran parte de quienes aún hoy permanecen desaparecidos. No por azar fue que durante la denominada “misión Ivanissevich”, el Ministro de Educación que luego de la muerte de Perón asumió el cargo con el propósito de depurar a las universidades de la infiltración marxista y de izquierda, pusiera al frente de la Universidad Nacional del Comahue, así como de la Universidad Nacional del Sur en Bahía Blanca, a un sujeto como Dionisio Remus Tetu. Un fascista rumano integrante de Guardia de Hierro, que en durante los nueve meses que estuvo al frente de la UNCo no sólo dejó cesante a más de 140 trabajadores y trabajadoras docentes y no docentes, sino que persiguió sistemáticamente todo atisbo de oposición, creó un grupo de choque (entre quienes estaba el propio Raúl Guglielminetti) con el cual realizó atentados y otros actos de amedrentamiento no sólo en la universidad, sino en toda la región. De hecho, algunas fuentes le adjudican la coordinación del accionar de la Triple A en la región, y el autor intelectual de los atentados realizados contra la agencia del diario Río Negro y Libracos, el primero con una balacera realizada desde el propio Torino de la universidad que estaba a cargo de Tetu, y el segundo con una bomba. Fue además quien coordinaba las tareas de la Comunidad Informativa, que se reunía periódicamente a intercambiar información de inteligencia realizada en toda la región.
-¿Cuáles creés que son los principales obstáculos del sistema jurídico -hablando de este período larguísimo de juicios que comenzaron desde la restauración democrática en los ochentas- al momento no solo de tener que juzgar responsabilidades individuales sino de arrojar luz sobre la actuación de instituciones del Estado -las Fuerzas Armadas- con una normatividad propia, oscura y secreta a veces y negada a la “razón jurídica” civil?
Los obstáculos con los que se encontraron los procesos judiciales en este período han sido muchos, pero sin dudas que los referidos al intento de arrojar luz sobre la actuación represiva ha sido el hermetismo de los perpetradores, el denominado “pacto de silencio” que permeó prácticamente todas las capas o niveles de la represión, así como la desaparición y ocultación de documentos e información. No obstante, mucho se pudo reconstruir a partir de otra prueba que sí pudo ser hallada -en gran parte, por la propia burocracia que caracteriza a la administración castrense, la cual se volvió su propia trampa: si bien se destruyó deliberadamente gran parte de la documentación y se ocultó otro tanto, muchas órdenes y directivas realizadas quedaron registradas y hoy han inculpado a mucho de los imputados.
Dicho de otro modo, más allá del secretismo que caracterizó a uno de los planos normativos del régimen, la labor investigativa de historiadores/as y abogados y abogadas ha logrado desentrañar y arrojar luz sobre gran parte de la actuación de las instituciones estatales que formaron parte de la represión. La mayor parte, diría. Aunque sabemos que aún falta y que aún debe haber mucha documentación oculta que quienes están a cargo de esas instituciones no quieren revelar.

Datos del autor:

Pablo Scatizza (La Plata, 1970) es Licenciado en Historia por la Universidad Nacional del Comahue  y Doctor en Historia por la Universidad Torcuato Di Tella. Tiene a su cargo la cátedra de Teoría de la Historia y el Seminario de Técnicas de Investigación Histórica en la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional del Comahue, donde se desempeña a su vez como investigador.  Su campo de investigación es la violencia política y las formas de represión en la historia reciente, con énfasis en las décadas del ’60 y ’70. Entre 2008 y 2014 trabajó como investigador en la Fiscalía Federal de Neuquén, en las causas por delitos de lesa humanidad contra los represores de la región. Ha publicado numerosos artículos -en revistas científicas y de divulgación- referidos a las modalidades represivas que caracterizaron a la década del setenta, así como sobre la violencia política y sus representaciones. Un Comahue violento ha sido publicado por Prometeo Libros, 2016.

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