Trelew

Autor: Ariel Petruccelli
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En 1972 Rawson era una somnolienta capital provinciana. Apenas algo más que un pueblito perdido de la indómita Patagonia; uno de esos sitios en los que “nunca pasa nada”. Alejada de las grandes urbes y de los centros políticos nacionales, su vida era apacible, casi letárgica.

Pero en Rawson había un Penal. Una Carcel. Y para la dictadura militar que gobernaba el país, el penal de Rawson era el más seguro de todo el país. Se lo consideraba inexpugnable: por eso allí estaban recluidos los principales dirigentes de las organizaciones armadas (como Mario Roberto Santucho, del ERP) y los líderes del sindicalismo que resistían a la dictadura (como Raimundo Ongaro y Agustín Tosco). Se daba por descontado que la fuga del Penal de Rawson era imposible. No tanto por las medidas de seguridad internas, cuanto por lo alejado y aislado del sitio, sumado a las escasas vías de comunicación. Una fuga parecía tan inviable como descabellada en una cárcel que, hasta entonces, se consideraba inviolable.
Y sin embargo sucedió. El 15 de agosto de 1972 los presos políticos copan el penal. El audaz plan contemplaba llegar hasta el aeropuerto de Trelew (distante unos 20 kms.) y fugarse a Chile en un avión previamente secuestrado por comandos guerrilleros que operarían desde fuera. Pero uno de los eslabones del plan de fuga falló. Interpretando mal las señales y entendiendo que el copamiento había fracasado, un grupo que debía esperar a los prófugos con vehículos a la salida de la cárcel se retiró antes de tiempo. Sólo uno se quedó, y en él los seis dirigentes guerrilleros más importantes se dirigieron al aeropuerto. Otros 19 intentarían hacer lo mismo requisando autos en el camino. El resto retornó al penal. Los seis primeros llegaron al aeródromo, y allí esperaron a sus compañeros. Sin embargo, éstos demoraban en llegar, y el peligro de que las tropas cercaran el aeropuerto y ocuparan la pista era inminente. Incomunicados ambos grupos entre sí, el primero entiende que prolongar la espera haría peligrar la operación. Deciden despegar, rumbo a Chile. Pocos minutos después llega el segundo grupo pero el avión ya no estaba. Ocupan el aeropuerto, brindan una conferencia de prensa, y finalmente se rinden ante los marinos de la Base Almirante Zar.
Los fugitivos llegan finalmente a Chile, y luego de unas cinematográficas peripecias e intrigas diplomáticas, son acogidos por el gobierno de Cuba. Los 19 restantes son encerrados en la Base Naval. La noticia de la fuga es tapa de todos los diarios del país. La dictadura ha quedado en ridículo. Y su venganza será inhumana y premonitoria del terrorismo de Estado que de aquí en más, se irá convirtiendo en práctica habitual. Los 19 combatientes son masacrados en sus celdas, indefensos, por un grupo de tareas dirigido por el capitán de corbeta Luis Sosa, por orden de la Junta de Comandantes que dirigía Lanusse; fue el ensayo general de una carnicería que se masificaría años después. El método da escalofríos aún con el paso de los años. Las autoridades militares aseguran a la prensa que los detenidos intentaron fugarse. Pero la verdad no tarda en salir a la luz, sobre todo por los testimonios de los tres sobrevivientes. La idea era dar un escarmiento a las organizaciones armadas más allá de cualquier ideología. Una ola de indignación y movilización popular sacude al país: en las calles y plazas del toda la Argentina la ciudadanía repudia los asesinatos y se moviliza contra el terrorismo de Estado y la represión ilegal. Unos años después, en marzo de 1976, el país se convertiría en un gran Trelew, un Trelew gigantesco. Indignación, la misma indignación que motiva escribir a más cuatro décadas de los hechos, estas breves líneas, que se proponen recuperar esta porción de historia reciente y rendir un cálido homenaje a las víctimas -esas 16 flores rojas que decía la canción- en su doble condición de mártires y revolucionarias.
Por: Ariel Petruccelli

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