TODOS HEMOS MUERTO EN GAZA

Gaza2014

(a Gerardo, por su paciente escucha.)

Escribió –ya lejos de estos tiempos- Sigmund Freud un artículo que llegó a nuestras manos, en nuestra lengua, con el título de “Lo Siniestro”. Como en toda traducción, suele haber –en ocasiones sin mala intención- una traición al espíritu del texto, proveniente de la incapacidad de trocar elementos o voces únicas propias de una lengua, que no pueden traducirse sino con largos circunloquios. Vaya entonces el circunloquio.
El concepto original que fuera traducido como siniestro al que Freud hacía referencia era el adjetivo unheimlich. Se opone este adjetivo –mediante el prefijo de negación- al adjetivo heimlich, que deja traducirse como aquello que es “familiar, íntimo, secreto”. Puede decirse entonces que unheimlich representa lo “extraño” lo “no familiar”. Sin embargo, Freud revela otra significación del término: unheimlich es aquello que si bien pertenece al círculo íntimo del individuo, aquello querible y próximo, ha mutado hasta convertirse en una fuerza amenazante que pone en riesgo la vida misma. Para resumir de manera bastante tosca: lo siniestro, lo ominoso es aquel elemento del que esperamos “lo bueno” y sin embargo se ha vuelto una amenaza. Un hijo –pongamos como ejemplo- espera de sus padres protección, resguardo, sostén. Si esa figura de la que se espera seguridad se torna una amenaza a la vida, se vuelve “siniestro”, diríamos, usando la traducción que nos fue proporcionada. Un Estado nacional –del que los ciudadanos esperan que sea garante de la vida y la seguridad- se vuelve siniestro cuando sus políticas de ejercicio del terror “son una amenaza de muerte» .
Pensemos ahora en términos de ciertas pautas que conforman algunas concepciones religiosas. Judíos, cristianos, musulmanes tienen una percepción compartida sobre el cielo: de él se espera la lluvia y el sol; agua y luz, el fundamento de la vida. Para estas religiosidades el cielo es la morada de la divinidad. Los sujetos que participan de estas religiosidades establecen una relación íntima con el cielo. Lo no deseable, el fuego, la oscuridad perpetua, reside en lo subterráneo, allí donde reside la maldad y la muerte.
Digámoslo ahora y de una vez: un bombardeo es un hecho siniestro, puesto que subvierte esa concepción a la que se ha se ha hecho referencia: un bombardeo hace que el cielo se haga morada del fuego, la tiniebla, la muerte y la maldad. Sin embargo, el cielo no se vuelve una amenaza por sí mismo, sino a causa de la mano siniestra que tira del gatillo. Sabemos de esto en nuestra historia también: las bombas sobre Plaza de Mayo en el 55, tornaron siniestro al cielo y la religión usada como excusa para arrojar la muerte y la maldad sobre las cabezas de un pueblo indefenso convierte a la fe en una fe siniestra. Los aviones del 55 –con la inscripción “Cristo Vence” – son los mismos que hoy arrojan el infierno sobre Gaza; con cada explosión parecen decir “somos el pueblo elegido por Dios y podemos hacer con sus casas, sus vidas, sus niños, lo que se nos ocurra” La soberbia de esa fe siniestra, que arroja el infierno desde cielo, la política ominosa del Estado terrorista y genocida de Israel nos trae un presente de muerte y tiniebla a todos. No solo a palestinos. A todos.
En cada pibe masacrado puedo ver la cara de mis hijos; en cada mujer que llora levantando la fotografía de su hijo muerto puedo ver a mi madre llorando mi propia muerte. Porque en Gaza han muerto también mis hijos, he muerto yo, ha muerto mi amigo. Todos hemos muerto en Gaza, porque ese cielo siniestro que se cierne sobre Gaza es el mismo cielo que nos cubre a todos.

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