Revolución de Mayo

Paul Groussac encabezó el vendaval de indignadas críticas que produjo la publicación del Plan. Para entonces Moreno era el alma del régimen liberal. Ya tenía monumentos, nombres de calles y colegios y era imposible destronarlo. Para colmo Belgrano, el inspirador, había sido incorporado a la iconografía del Ejército y sus huesos eran custodiados por la Iglesia. Sólo Juan José Castelli, comisario político y primer ejecutor del Plan, había sido cubierto por un pudoroso olvido oficial. En las “Instrucciones” para la campaña al Alto Perú, Moreno le escribía a Castelli: “La Junta aprueba el sistema de sangre y rigor que V.E. propone contra los enemigos y espera tendrá particular cuidado de no dar un paso adelante sin dejar los de atrás en perfecta seguridad”.

Castelli y French fusilaron a Liniers en la llanura cordobesa de Cabeza del Tigre y frenaron la contraofensiva española. French, el que en las estampitas todavía reparte escarapelas, le escribe al secretario Moreno: “Quédese Ud. tranquilo, que de mi propia mano le he dado el tiro de gracia”.

Castelli seguirá su utópica y sangrienta marcha asistido por el joven Bernardo Monteagudo, hasta que en plena contrarrevolución la gente de Saavedra consigue detenerlo y mandarlo a juicio. Mariscales españoles, curas y notables del Virreinato han sido pasados por las armas sin contemplaciones en cumplimiento del Plan redactado por Moreno. En Cochabamba y Potosí, Castelli subleva a los indios y fusila a quienes los fusilaban en los socavones de las minas.

En La revolución es un sueño eterno, una notable novela que le valió el premio Nacional de Literatura, Andrés Rivera imagina esa odisea interior y rescata la lúcida furia de algunos conjurados de Mayo. Tal es la fama de esa revolución que durante décadas el grandilocuente Himno, compuesto por Parera y López en 1813, será entonado por los esclavos de todo el continente como grito de rebelión.

Al regresar de su campaña al Paraguay, Belgrano se entera de que el Plan ha entrado en sigilosa vigencia y lo aplica con un rigor que lo convertirá en el más duro de los generales improvisados. Monteagudo, que parte con San Martín a Chile y Perú, debe de haber recibido instrucciones muy precisas para tomarse la libertad de fusilar a los hermanos Carreras en ausencia de su jefe. Después, en Lima, el discípulo de Castelli ganará la celebridad de un Saint Just tardío y sudamericano.

Hay indicios de que la metodología despiadada del Plan fue aplicada con autoridad por lo menos hasta la caída de Castelli, aunque sus ecos retumban más allá de la Asamblea de 1813. En su Memoria, Saavedra lo evoca sin nombrarlo y lo atribuye a la veleidad enfermiza de Moreno que, según cuenta el presidente, se tomaba por el Robespierre de América.

Sin embargo el Plan es demasiado rico, contradictorio y complejo como para abandonarlo a los murmullos espantados de quienes todavía esconden su existencia. Son las ideas de un Estado libre, soberano y próspero las que lo hacen, quizá, tan innombrable. Sobre todo hoy, bajo este gobierno abyecto y payasesco, en el que sólo sobrevive, sin saberlo, el lado más oscuro del joven Moreno: su absoluto desprecio por la vida.

fuente: Pag 12

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