Revolución de Mayo

Castelli fue el brazo implacable del joven secretario Mariano Moreno que procuraba desde Buenos Aires forzar el rumbo de una Junta formada de apuro: En esos días de 1810 nace la esperanza de una aldea orgullosa que va en busca de su destino. Esos hombres tienen un ideal gigantesco: formar, de la nada, una nación moderna y solidaria, heredera a la vez de la Revolución Francesa y de la joven democracia norteamericana. Todos ellos se perderán en una tempestad de pasiones y desencuentros. En una década de guerras horrendas y proyectos inmensos, esos hombres pasarán a la historia nada más que por creerse sus sueños. Van a la muerte o al exilio por ellos y por el futuro. Escriben sus penas y ocultan sus amores. Creen que la historia está por hacerse y aceptan el desafío. En poco tiempo, el viento de la Argentina rebelde corre por el continente: es en nombre de Mayo que los esclavos se levantan y los pueblos aplastados reclaman justicia. Duró un instante, nada más, pero fue grandioso y vale la pena recordarlo más allá de la escaparapela en el pecho y la aburrida canción del colegio.

Ahora los héroes son estampas congeladas. Ya no rugen Moreno y Castelli, no se desmaya de hambre Belgrano en el campo de Tucumán, no enloquece French ni enfrenta San Martín el dilema de Guayaquil. Queda, apenas, la vanidad de un coraje perdido. Nada que evoque la pasión de aquellos fundadores que no amasaban plata sino ilusiones.

Sin embargo, por ridículo que parezca, todo está por hacerse. En alguna recóndita parte nuestra se enhebran los hilos invisibles de un sueño inconcluso. Otra libertad que no necesite de famosos cantando por televisión; una igualdad de oportunidades en la que no haya miseria ni ignorancia; una independencia que no signifique aislamiento ni odio. Una utópica nación de hombres honestos que haya pagado sus deudas con el pasado.

O juremos con gloria callar

En los viejos grabados de época los nueve miembros de la Primera Junta aparecen más tiesos y beatos que un puñado de frailes viejos. So figuritas desteñidas y tediosas que ocultan la pasión de la libertad con dignidad y justicia. Vistos desde la desintegración social que propone el menemismo, aquellos fuegos sólo pueden provocar hoy una sonrisa cínica, entre la corrupción y el envenenamiento.

Tiene razón Tomás Eloy Martínez cuando señala: “Toda historia es, como se sabe, un relato. Y a veces también, como sucede en la Argentina, es el ocultamiento de un relato”. Las sucesivas crónicas sobre Mayo tendieron a interpretar los acontecimientos según los intereses dominantes del momento en que fueron elaboradas. Casi toda esa escritura es rimbombante y adjetivada. San Martín es “genio y figura”, Belgrano “abnegación y sacrificio”. Moreno es un “preclaro maestro”, Rivadavia un “coloso de modernidad”.

Entre los relatos silenciados que evoca el autor de La novela de Perón, el más negado por la historiografía ha sido el Plan de Operaciones, de Mariano Moreno, que lo revela como un furioso expropiador de grandes fortunas coloniales. Sin ese texto escamoteado, el fulgurante secretario es, para muchos –sobre todo para el colegio–, un distinguido prócer liberal.

Casi todos los hombres de la Revolución pelearon contra los invasores ingleses; algunos, como Castelli, intentaron apoyarse en los británicos para librarse del dominio español. En 1815, Carlos María de Alvear, quien después sería jefe de un bando federal, envió un mensaje al gabinete británico para rogarle que Su Majestad se hiciera cargo de estas tierras ingobernables, acechadas por los españoles y sublevadas por Artigas. Unos y otros se odiaron por diferencias políticas o por celos, pero hicieron una parte del camino juntos. Rodríguez Peña, Vieytes y Belgrano eran partidarios de Adam Smith y casi todos –también San Martín–, de establecer una monarquía constitucional. Castelli, Belgrano y Moreno conocían bien la dolorosa secuencia de la Revolución Francesa que concluyó con el golpe de Termidor.

El 15 de junio de 1810, el muy católico Manuel Belgrano presentó a pedido de los nueve miembros de la Primera Junta, el proyecto de un plan que “rigiese por un orden político las operaciones de la grande obra de nuestra libertad”. El documento describe la situación heredada del Virreinato: “Inundado de tantos males y abusos, destruido su comercio, arruinada su agricultura, las ciencias y las artes abatidas, su navegación extenuada, sus minerales desquiciados, exhaustos sus erarios, los hombres de talento y mérito desconceptuados por la vil adulación, castigada la virtud y premiados los vicios”.

Belgrano traza en nueve puntos la línea que deba seguir la Junta para la “consolidación del sistema de nuestra causa”. Su objetivo es comprometer a todos los sublevados en la fundación de un Estado que además de independentista sea revolucionario.

El 17 de julio los nueve miembros, “a pluradidad de votos”, aprueban el pedido de Belgrano. Tanta es la urgencia que al día siguiente deciden confiar en “los vastos conocimientos y talentos” del vocal Mariano Moreno para la confección del plan. Moreno debía trabajar en condición de “comisionado” y no de miembro de la junta, “participándole al mismo tiempo que quedaba exento de la penuria de contribuir al desempeño de las funciones de dicho tribunal (…) con el pretexto de alguna indisposición corporal”.

Ese mismo día, en la sala de acuerdos de la Real Fortaleza, Moreno comparece y jura “desempeñar la dicha comisión con que se le honraba guardando eternamente secreto de todas las circunstancias de dicho encargo”.

El 30 de agosto, Moreno lee un terrible documento que iba a permanecer oculto a los argentinos durante más de ochenta años. La desaparición de ese texto repudiado hasta por quienes lo aprobaron causó no pocos equívocos. Aún hoy, que puede ser leído en una edición de Plus Ultra, el Plan es rechazado en la mayoría de las aulas. Es por eso que Ambito Financiero, para defender las estafas con los autos para discapacitados, pudo evocar al Moreno de la Representación de los hacendados, de 1809, pasando por alto al otro que exigía la expropiación de bienes y fortunas particulares.

El primer manuscrito de Moreno se perdió, pero una copia de su propia mano, que llevaba en los baúles del exilio cuando el capitán del barco inglés “le suministró un emético” mortal, fue a parar a manos de la infanta Carlota, que lo transmitió en 1815 a Fernando VIII de España.

Recién en 1893 el ingeniero de puertos Eduardo Madero, que investigaba el Archivo de Indias de Sevilla, encontró una copia y se la mandó a Bartolomé Mitre. Ecuánime, tal vez sorprendido u horrorizado, el historiador lo ofreció al Ateneo de Buenos Aires para que Norberto Piñero lo incluyera en una edición crítica de los Escritos de Moreno. Naturalmente, el documento se extravió y Piñero tuvo que pedir otra copia a Sevilla.

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