Retrato de Carlos

recuerdos de una profesora de un pequeño pueblo de Neuquén
Autor: Gaby Nemiña
“Cuando muere alguien a quien uno quiere y admira, se necesita a veces hacer su retrato. No para glorificarlo, aún menos para defenderlo, no para recordarlo sino para obtener esa semejanza última que sólo puede venir de la muerte y que nos hace decir: es él”. Gilles Deleuze

Tenía una mirada serena pero brillante, vivaz, y una sonrisa luminosa. Una hermosa voz, y un modo muy agradable de hablar, que también transmitía serenidad, como su rostro, pero que, a la vez, contagiaba entusiasmo, sobre todo cuando hablaba de los chicos. De aquel 5º grado de la escuela del Barrio El Chacay, donde hacía su Residencia docente.


Carlos Fuentealba el día de su graduación
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Conocí a Carlos tardíamente, cuando estaba terminando sus estudios como maestro (qué paradoja, había escrito “terminando su carrera” pero lo borré; su carrera como maestro fue interrumpida, ferozmente interrumpida… no pudo continuarla… o tal vez sí… tal vez Carlos sigue enseñando, pero en un modo que, a mí por lo menos, me resulta demasiado cruel).

Tampoco durante la Residencia lo conocí enseguida. En clase, pese a que los varones siempre son pocos, me había pasado desapercibido. Tenía mi atención puesta en otros personajes algunos – por qué no decirlo…- un tanto funestos. Canallas, sería la palabra que usaría Lacan para describirlos. (Por qué será que los docentes siempre fijamos nuestra atención en los casos problemáticos, rara vez en los buenos alumnos). Pero este hecho también daba la medida de su figura: perfil bajo, poco afecto a llamar la atención, comprometido pero muy respetuoso de los otros; no imponía sus ideas, su voz ni su presencia.

Reparé en él recién cuando nos sentamos a conversar sobre sus propuestas de trabajo. Y digo “re-paré” porque efectivamente, me detuve y volví a mirarlo. Una y otra vez. Carlos me impactó en sus posicionamientos pedagógicos, en su sensibilidad social. Rasgo este último que los ojos, las palabras, los llantos y las sonrisas de sus alumnos del CPEM 69 de la Cuenca XIV dejaron tan claramente en evidencia en las imágenes que circularon los días posteriores a su asesinato. Carlos no estaba, como habitualmente sucede con nuestros estudiantes en su entrada a la escuela, preocupado por estos chicos de barrio urbano-marginal, como rezan las etiquetas sociológicas, sino ocupado en ellos, con ellos, por ellos. Y debo decir que los considerados habitualmente como más conflictivos, eran claramente sus preferidos. A Carlos le gustaba estar con estos chicos, le gustaba trabajar con ellos. No había ninguna vocación misionera en él. Lo que transmitía era su convencimiento, intuyo, de que allí encontraba el sentido de su acción pedagógica. Hablaba de ellos con naturalidad, no los juzgaba ni etiquetaba. No se escandalizaba. Se movía entre ellos como pez en al agua. Eso transmitía su relato.

Mucho tiempo después, ya después de su muerte, me enteré que, como tantos otros estudiantes de nuestro IFD, Carlos vivía en el oeste de Neuquén; Esto también me parece muy significativo. A decir verdad, Carlos vivía a no demasiadas cuadras de mi casa. Y digo que es significativo, porque era habitual que yo trajera de vuelta en el auto, cuando terminaba el horario de clases a las 22.30, a alumnas y alumnos, que se acercaban a preguntarme si podía llevarlos. No me enteré dónde vivía Carlos porque nunca me pidió que lo alcanzara. Iba y venía en su bicicleta los más de 10 km que lo separaban del IFD.

En nuestro proyecto de Residencia, alentamos que los y las estudiantes elijan la escuela en la que quieren hacer esta experiencia. El pueblo donde se encuentra el Instituto está a unos 17 km al oeste de Neuquén capital; los y las estudiantes que viven en Neuquén suelen elegir las escuelas linderas, las que se ubican en el límite entre ambas localidades. Carlos se trasladaba hasta la otra punta. Eligió una escuela de ubicación diametralmente opuesta. A decir verdad, no sé por qué lo hizo, nunca lo conversamos; tal vez le quedaba cerca de su trabajo o fue solidario con su compañera de Residencia, pero algo me hace pensar que quiso esa escuela por estar inserta en uno de los barrios más pobres de Plottier, pero también de mayor tradición de lucha. Sería absolutamente coherente con la imagen que me transmitió aquella noche que nos sentamos a trabajar sobre sus propuestas.

Carlos tenía una claridad meridiana acerca de su función docente. No era un ‘asistente social’, aunque asistía, no era un ‘contenedor’, aunque contenía. El interés de Carlos estaba claramente centrado en lo pedagógico, esto es, en suscitar en sus alumnos un vínculo positivo con el conocimiento. Y lo expresaba con toda precisión. Por supuesto que quería que sus alumnos aprendieran determinados contenidos que él mismo se planteó como valiosos para esos chicos en su aquí y ahora, pero, básicamente, él enunciaba su preocupación por generar en ellos el ansia de aprender; la intención y la voluntad de seguir estudiando. Él quería que se sintieran a gusto en la escuela, que tuvieran ganas de ir; pero sobre todo, que quisieran seguir estudiando. Su propia vida es un ejemplo de ello. Al momento de su feroz y absurdo asesinato, se había vuelto a inscribir en la Universidad del Comahue para estudiar Ingeniería. Era incansable.

Recuerdo que esa noche me sentí un tanto inútil. No había nada que yo pudiera aportarle realmente, ni siquiera desde lo didáctico, que también lo había planteado de un modo muy interesante. Sólo le sugerí algunos textos, materiales que podían servirle para lo que se proponía. Herramientas a las que, por experiencia y condiciones de trabajo, los profesores tenemos más fácil acceso. Nada que tuviera que re-pensar; ningún preconcepto que debiera interpelar…

Experimenté una sensación que en tantos años como formadora he sentido contadas veces frente a los alumnos y alumnas del profesorado; la sensación que allí no había prácticamente méritos formativos, que era todo mérito personal. Puras “condiciones de entrada”. Sensación un tanto engañosa, también. Cuando me encontré con Sandra, su compañera, ella me reconoció por mi nombre. Según ella, para Carlos, yo, como otros profes de la institución, éramos sus referentes. Seguramente Carlos encontró en muchos/as de nosotros/as, elementos que lo ayudaron a pensar y construir su posicionamiento pedagógico. Lo cierto es que esos elementos tuvieron en él un terreno más que fértil para desarrollarse. En todo caso, encontró lo que había venido a buscar.

La última vez que lo vi, ya recibido, me contó con mucho entusiasmo en su tono sereno de siempre, que estaba trabajando en la escuela media. Estaba contento. Le gustaba.

Si acaso algo puede hacer aún más absurdo este crimen aberrante es pensar que la escuela pública argentina, tal como está hoy, no podía darse el lujo de perder un docente como él.

 

1 Es interesante la historia de esta foto. Cuando Carlos aún agonizaba en el Hospital Regional, todos empezamos a demandar fotos suyas para llevarlas como pancartas en las manifestaciones que hacíamos por el centro de Neuquén. Hasta ese momento se guardaba una respetuosa distancia con Sandra y su familia, así que la directora de la escuela media en que trabajaba fue la proveyó la foto de Carlos -casi de perfil y con barba- que inmortalizara su figura Me sorprendió. Yo no lo había visto con barba. Meses más tarde, en el día del maestro más triste en la historia del sindicato docente de Neuquén, Sandra quiso que ésta fuera la foto de los afiches que se hicieron porque “ese día Carlos estaba muy feliz”. Así lo recuerdo, y así lo quise incluir aquí

One thought on “Retrato de Carlos

  1. Muy buena nota. No se puede decir nada mas. Hay hombres que nacen para ser grandes, son invisbles algunos, otros, por hechos felices o tragicos como este se destacan. Pero esa es la verdad, son grandes tipos que caen a la tierra a enseñarnos algo. Abrazo y que continue la lucha siempre!! (Milicos hijos de mil puta)

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