Reflexiones desgarbadas en medio de la crisis universitaria

Autor: Ariel Petruccelli FAHU UNCo

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El jueves 30 de agosto verdaderas multitudes desfilaron por las calles de Buenos Aires y de otras ciudades del país en defensa de las universidades públicas, apoyando el reclamo salarial docente y exigiendo aumento del presupuesto educativo. Entre tanto, la meteórica subida del precio de dólar provocaba un terremoto financiero. Los fantasmas del 2001 (no olvidemos que una fenomenal lucha universitaria precedió al “corralito” que detonó la explosión social que se llevó puesto al gobierno de De la Rua) se hicieron necesariamente presentes.

¿Estamos ante una situación análoga a la del 2001? No del todo, aunque las cosas evolucionan muy rápidamente. Hay, sin embargo, algunas diferencias con el 2001. La primera es que el estado tiene reservas. Claro, las está liquidando rápidamente, pero, no tiene, todavía, la soga al cuello. La segunda es que el malestar social -ostensible a ojos vista- no se traduce todavía en amplias acciones colectivas. Recordemos que en 2001 las calles estaban inundadas de piqueteros. La situación, con todo, es explosiva. Nadie puede organizar ni prever lo que habrá de suceder. Habrá que tener atención a las novedades, a los imprevistos.

Con una huelga que ya lleva un mes, la situación de las universidades, e incluso al interior de ellas, es desigual. Se lo ve clarito en nuestra UNComahue. Hay facultades que prácticamente no han tenido clases: como Humanidades y Ciencias de la Educación. Otras que tuvieron bastante acatamiento al principio, pero que se fue desgranando con el paso del tiempo (Ingeniería por ejemplo). Otras finalmente, en las que parece que no pasara nada (Turismo, en parte Economía).

Y por supuesto, se suscitan los debates de siempre. Quienes no hacen paro apelan a su derecho individual de no acatar las medidas. Tienen derecho, claro. Pero no reparan en que la huelga no es un derecho individual, sino colectivo (yo no puedo hacer una huelga cuando tengo ganas, sino cuando así lo deciden los sindicatos). Y lo que se consigue con la huelga es para todos. Cuando se reciben los aumentos de sueldo, por caso, los cobran afiliados y no afiliados, quienes hicieron paro y quienes no. Los años pasan y pasan, las huelgas se suceden, y uno sigue esperando que quienes no paran donen alguna vez su aumento a la universidad. Pero nunca sucede: embolsillan lo que consiguieron otros. Se benefician de un bien público a cuya consecución no aportaron nada. La sociología ha estudiado muy seriamente este fenómeno. La literatura anglófona habla de los free-riders, en España se emplea la horrorosa palabra “Gorrón”. En nuestros pagos se les conoce popularmente como “carneros”, aunque no es un término de uso académico. Objetivamente, se trata de ventajeros y ventajeras.

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El ventajerismo está estrechamente relacionado con una perspectiva individualista, una concepción para la que el egoísmo es la base de la conducta. Se trata de uno de los grandes logros del capitalismo: constituir una economía que funciona en base al egoísmo. Pero como el egoísmo es usualmente, y por buenas razones, considerado una actitud reprobable (no es casual que todas las religiones lo condenen), entonces aparecen todo tipo de subterfugios ideológicos para encubrirlo. En el caso de la docencia tal subterfugio suele ser del tipo: “no hago paro para no perjudicar a mis estudiantes”. De tal forma, la actitud ventajera y egoísta de beneficiarse de un aumento salarial a cuya consecución no se aportó nada, es vista como una actitud altruista en beneficio de los estudiantes. ¡Como si los docentes que hacemos huelga lo hiciéramos para perjudicar a nuestros estudiantes!

Hay también una dimensión histórica del ventajerismo. Si en nuestro país gozamos de un sistema educativo y universitario público y gratuito de un alcance mucho mayor no sólo que el de los países vecinos sino incluso que el de muchos países “desarrollados”, ello se debe a que en el pasado muchos estudiantes y profesores arriesgaron sus carreras. No olvidemos que la universidad pública de la que nos enorgullecemos es lo que es por la Reforma Universitaria de 1918. y recordemos que, cuando las papas quemaban, se dirimió con la Toma de la Universidad de Córdoba. Dan pena los discurso tan livianos que hoy se escuchan en contra de las tomas univesitarias (en contra de las tomas en general, y no de tal o cual toma en particular, que, como toda medida, debe ser evaluada contextualmente), por parte de beneficiarios de un sistema que es el producto de una Toma ya centenaria.

No hay ninguna correlación sencilla entre cualidades universitarias y posicionamientos políticos. Pero parece notorio que, ente quienes rechazan las medidas de fuerza, impera por un lado una noción restringida del conocimiento: en el aula se aprende, en una asamblea no. Quizá no aprendan de las asambleas quienes no asisten a ellas: yo aprendí mucho de ellas. Tengo, de hecho, mayores recuerdos de las asambleas de la Toma de 1995 que de la mayor parte de las clases a que asistí en mis años de estudiante. Y, por lo demás, la vieja pregunta no debe abandonarse: ¿qué hacemos, qué debemos hacer como docentes? Para quienes creemos que no hay cosa más valiosa que enseñar a pensar, el sostener a como sea el dictado de clases en las que se enseña a repetir textos y fórmulas de memoria queda al borde de una verdadera actividad pedagógica. Así como jugar al fútbol presupone correr dentro de una cancha, pero no por correr dentro de una cancha estamos jugando al fútbol, ser docente presupone hablar en un aula, pero no por hablar en un aula estamos dando clase. Yo suscribiría las siguientes líneas de Mattehew Stewart, reemplazando, para la ocasión, “filósofos” por “docentes”: “Algunos filósofos simplemente exponen sus filosofías. Cuando acaba sus disquisiciones, cuelgan sus herramientas de trabajo, vuelven a casa y se permiten los bien merecidos placeres de la vida privada. Otros filósofos viven sus filosofías. Tienen por inútil toda filosofía que no determine la manera como emplean sus días, y consideran absurda cualquier parte de la vida que no incluya a la filosofía. Estos filósofos nunca vuelven a casa”.

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