Quisiera ser un pez

La literatura argentina tiene una existencia, en ocasiones, en muchas ocasiones, prolongada en el onanismo. Ante los continuos desbordes de sus límites fijados una vez y para siempre en los tomos de Rojas (¡vamos! a partir de ahí, hubo solo reescrituras, revisiones y addendas), se mantiene en un regodeo yoico, recreando con sobrevida sus propias tradiciones, cuestionando sólo superficial y teatralmente sus consensos. Que uno de los espacios académicos más federales, el Congreso Nacional de Literatura Argentina, haya cambiado su nombre por el de Literaturas de la Argentina es un ejemplo de intento de contención de esos desbordes, así como un reconocimiento de su existencia. Ahora bien, en este contexto de desborde, o en todo caso, de cuestionamientos, resulta que una de las mejores novelas de las literaturas de la argentina que leí en 2019 fue escrita por el sensei de los narradores paraguayos contemporáneos, Humberto Bas.

Bas vive en Neuquén desde hace varias décadas, es docente y escritor, a la vez paraguayo y neuquino. En esa ambivalencia migratoria forjó su literatura. Su novela El superpalo es un realismo hiperbólico (suena contradictorio pero no lo es) sobre la campaña paraguaya. Escribió cuentos, participó de varias antologías y su Sr Ug… de 2015 es su última novela publicada antes de Gil Wolf, que salió a la luz en los últimos meses de 2019, con edición neuquina de AIK Ediciones, y de la que ya habíamos tenido un adelanto en la significativa antología boliguaya Mar fantasma

El núcleo, el aleph, el punto G de Gil Wolf,a partir del cual gira todo el relato, es una práctica de cunnilingus, en la que “transitivamente” el narrador, un poeta y gris profesor de literatura, conecta con el centro del canon del malditismo de la literatura argentina reciente, Gil Wolf. Transitivamente, porque la práctica oral hacia una alumna de la carrera de Letras, encuentra, en realidad, su significado diferido en un pija, “la” pija de esa entelequia llamada “literatura nacional”. La pija –veremos– no es lo que parece finalmente, pero su simple enunciación, su existencia discursiva en múltiples relatos sirve para erigir el tótem. El tótem es un escritor, publicista y cocainómano, recientemente fallecido, gran garchador de pendejas a quien el narrador dispone como dios tutelar de su vida después de su viudez. Durante el celibato obligado por el luto pero además por cierta crisis para establecer vínculos interpersonales con las jóvenes alumnas (porque el viudo también quiere coger pendejas), el narrador sublima a través de la literatura, concretamente a través de la vida y obra (aquí se mantiene firme en la ideología del romanticismo) de Gil Wolf, autor de “Phela le” y émulo satírico del “uno”: J.L. Borges.  

A pesar del anacronismo de su ideología literaria, el narrador logra, siempre bajo el espíritu de Gil Wolf, ganar un concurso docente en Literatura Argentina y vincularse con Pía, la alumna a quien phela (porque el cunnilingus, como dije, quiere ser fellatio). La anécdota del concurso sirve para mostrar cómo se negocia, y luego se canoniza, el “malditismo” literario como nicho de estudio académico. Pues el narrador obtiene el cargo no por su C.V., sino gracias a su conocimiento de los relatos en torno a la destreza viril de Gil Wolf, información que comparte con los pantagruélicos jurados. Todos hombres, claro. Es decir que la construcción totémica de ciertos escritores, nos dice la nouvelle, va acompañada de los relatos biográficos que fungen de con-textos de la obra literaria. La hipótesis explícita del narrador es que vida y obra son un continuum; claro que es explotado publicitariamente en especial por los que negocian con el mercado literario y académico sus berretines de verdugos. Ser maldito, marginal, border, la vida privada, en definitiva, es material publicitario para la obra. Por todo esto, porque la nouvelle interviene sobre la construcción del canon de la literatura argentina, es que sella una pertenencia sobre esa literatura, aunque sea escrita por un narrador paraguayo. Bas desborda ese límite estatal a la vez que lo conjuga literariamente.   

No recuerdo bien a cuál de mis amigas le gritaron por la calle, probablemente un albañil –me sugiere mi prejuicio–, probablemente paraguayo –ojalá–, el deconstruido “piropo”: “¿quién te hizo ese culo que le chupo la pija?”. Algo como esa fellatio intenta hacer el narrador de Gil Wolf hasta que se da cuenta de que la pija de Gil Wolf no hizo ningún culo. Pía, que al principio es el puente peatonal a partir del cual los escritores se miden el tamaño de su esperanza, sin embargo termina ganando el relato ante la desrealización de esa pija y, con ella, de los terranovas de la literatura argentina. Que son legión; pues como escribió alguna vez Selva Almada, sobre su propia experiencia en ese campo minado: “Me di cuenta de que había pasado muchos años de mi vida disputando los lugares que ocupaban los hombres: la narrativa argentina hasta hace poco era terreno masculino; que esos espacios que entre ellos disputaban a punta de pijazos, yo los disputaba a punta de cinturonga[1]

Sin embargo, Gil Wolf (no Gil Wolf) nos va llevando por ese camino de desrealización peniana desde una primera persona flanqueada continuamente por el humor y el absurdo que caminan con sutileza por el lenguaje de Bas. Pues la novela se escribe desde un trabajo de orfebrería sobre la palabra y, así, un evento que podría ser soez resulta en un viaje gozoso, como el de Perlongher o el de Reynaldo Arenas. En puro goce, el narrador termina sumergido en el Todo. La lógica terranovesca (recordemos la de los pijazos) que imprime la literatura argentina –se lamenta Almada– y la ideología literaria de nuestro narrador (la fellatio de “Phela le”) no es, entonces, la que se impone en el conjunto de la nouvelle, sino el cunnilingus a Pía. El narrador es, finalmente, juguete del destino en un “juego innecesariamente perverso” pues su rol es ser función de esa trama ingeniosamente pergeñada por su compañera sexual. El cunnilingus no transita hacia la fellatio deseada y el profesor seductor termina ventajeado por la alumna. Porque, aunque el narrador afirma que “ésta (historia) es la mía”, él pierde el control sobre los hechos y termina siendo, como los anti-héroes de Hemingway, el sujeto al que le pasan las cosas (la historia o, en este caso, la literatura argentina). En definitiva, la pija totémica languidece ante el “origen del mundo” (la referencia aquí es Courbet) y el único aleph de la literatura argentina que la nouvelle sí realiza es la erección clitoral. 


[i] Carla Daniela Benisz es Profesora y Licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires, y Doctora en Humanidades y Artes por la Universidad Nacional de Rosario. Ha publicado artículos en distintas revistas especializadas sobre literatura latinoamericana, en general, y paraguaya, en particular. Es autora de La “literatura ausente”. Augusto Roa Bastos y las polémicas del Paraguay post-stronista (2018). Ejerce como docente en el Profesorado de Lengua y Literatura de la Universidad Autónoma de Entre Ríos. 

[1] https://coranytermotanque.com/2018/07/literatura-y-feminismo/

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