Pensando y repensando el sentido actual del 12 de Octubre


El 12 de octubre de 1492 comenzó para los pueblos originarios, en el actual continente americano, un proceso impuesto bajo la forma de guerra de conquista y colonialismo que demandó formas de respuesta que fueron desde la autodefensa pasiva hasta formas de resistencia anticolonialista armada y diplomática. Unas y otras debieron sostenerse alternativamente en el tiempo. Es que por encima del transcurrir de épocas que, con sus cambios de estructuras políticas, económicas y sociales buscaron constituirse en promesas de emancipación para el conjunto de la población subordinada a los distintos ordenes hegemónicos surgidos en el tiempo, el principio colonial presente desde el inicio de las relaciones entre los europeos españoles y los primeros habitantes de este continente se mantuvo porfiada y retrógradamente vigente.

Bajo cambiantes formas pero idéntico fin, ese principio ha permanecido operando activamente contra los derechos fundamentales y la vida misma de estos pueblos hasta nuestros días.
Esta tensión histórica surgida de la relación asimétrica que oprime política y culturalmente para perpetuar una explotación económica y material se reflejará de múltiples formas, y de un lado y del otro pujarán en el tiempo por hegemonizar la versión de la historia que narre lo acontecido Unas para encubrir y seguir beneficiándose del despojo colonialista, otras para descubrirlo, ponerlo en evidencia para así dar inicio al fin de dicha opresión. Así, en los más diversos ámbitos públicos de la política y la cultura se ha discutido sobre la naturaleza del proceso iniciado ese 12 de octubre de 1492: ¿fue un descubrimiento, un encuentro de dos mundos, de dos culturas? A diferencia de lo largamente discutido en torno de estas cuestiones en diferentes momentos en que esta fecha ha sido motivo de algún aniversario redondo (el último gran debate continental fue allá por el año 1992 cuando se cumplieron los 500 años de ese dramático acontecimiento) pocos podrían hoy defender argumentos que sostengan las teorías del encuentro y/o descubrimiento u otros tan retrógrados pero que operaron fuertemente hasta no hace mucho (y aún hoy lo hacen) como los de madre patria y su complementaria celebración del día de la raza. Por el contrario la imagen de ese avasallamiento de un mundo cultural sobre otro, ese intento de encubrimiento de la naturaleza colonialista y genocida de ese proceso que forzó relaciones traumáticas vinculando en forma cruenta tres continentes por medio del exterminio y sometimiento masivo, la esclavitud y la acumulación usurera, ha ido prevaleciendo por su propio peso y evidencia histórica.

Aún así, y visto desde los pueblos originarios, la faz cruenta y colonial de este proceso histórico no termina de revertirse. Por el contrario, y por esa misma razón, cada nuevo acontecimiento conmemorativo a nivel de los estados nacionales vuelve a ser motivo de disputas que reactualizan en el debate político y cultural el significado profundo y actual con que debieran abordarse las cuestiones que hacen a la convivencia de colectivos humanos portadores de historias, culturas y derechos políticos y territoriales en su calidad de pueblos, y no de meros sectores minorizados bajo la tutela del paternal estado homogeneizador que, como el camaleón, busca engañar al teñirse con discursos que incluyen términos como el de interculturalidad, multiculturalidad y otros por el estilo, mientras estos pueblos siguen siendo objeto de políticas colonialistas que cualquier atento observador puede identificar tanto en los lavados reconocimientos legales que se promulgan, como en la frágil realidad de los supuestos procesos de empoderamiento al que pueden acceder sus comunidades, frente al avance de los emprendimientos empresariales mineros, petroleros, forestales y/o sojeros.
Así hemos visto en estos meses las grandes celebraciones de los estados nacionales con motivo de los Bicentenarios del nacimiento de las repúblicas latinoamericanas. Veamos esto en un caso más cercano a todos nosotros y conocido por quién quiera conocer: nos preguntamos frente a este 12 octubre del año 2010: ¿hay en verdad alguna razón para haberse sentido parte de esas celebraciones en el caso del pueblo mapuche, cuyos miembros que buscan recuperar parte (en verdad retazos) de la tierra que les fuera arrebatada por la fuerza de la invasión argentino-chilena hace solo poco más de una centuria, son sometidos hoy a la represión y objetos de procesos judiciales en el caso de la justicia argentina, y sometidos a juicios militares y penales bajo las normas de una ley antiterrorista dictatorial en el caso de la justicia chilena? Procesamientos judiciales, encarcelamiento y maltratos que lindan con la tortura y la muerte es el contexto en que transcurre la vida de los mapuches que luchan por derechos que se suponen universalmente reconocidos en las civilizadas democracias occidentales de argentina y chile. Que nadie se engañe creyendo que desconocemos la existencia de leyes de supuesta protección a los pueblos originarios. Pero aquí estamos hablando de lo que ocurre en la realidad, que es así de dura y así de duro golpea al primer mapuche o comunidad que se atreva a recuperar un derecho que la ley le dice tener reconocido, una realidad estatal tan chilena como argentina para todo aquél que de un paso más allá de la línea permitida por la camaleónica estructura legal establecida a uno y otro lado de la frontera impuesta en el corazón mismo del territorio mapuche usurpado.

Que nadie tampoco crea que aquí se desconoce o desmerece la riqueza que todo intercambio cultural produce en las personas y pueblos que lo viven. Por el contrario, lo que se postula es terminar con los vínculos coloniales que, desde hace 518 años, ese intercambio entraña para los pueblos originarios. Vínculos coloniales que para el caso de estos pueblos han venido históricamente tanto por derecha, por el centro como por izquierda. Y no olvidemos que las prácticas coloniales se reproducen de forma deliberada, pero también de manera no-intencional, mas no por ello menos traumática para las víctimas. El legítimo respeto a las diferencias implica un vínculo igualitario entre individuos y comunidades que se reconocen y respetan por lo que son y cómo son.
En parte importante, y pensando en el ámbito educativo, se trata de resignificar el sentido de las reflexiones y/o conmemoraciones ante aniversarios complejos como es el de este caso. En este sentido, ¿alcanza con desplazar la efeméride del día 12 al 11 de octubre con el argumento del “último día de libertad de los pueblos originarios? ¿Cómo, con qué acciones político-pedagógicas se podría propiciar un diálogo intercultural que vaya horadando el actual estado de adoctrinamiento de raíz colonial que se vive en las escuelas (públicas y/o privadas sin distinción) más allá de buenas intenciones? ¿Será reformulando la concepción desde la cual se abre el espacio de la escuela y del  rol docente para crear ámbitos donde la voz de esos pueblos y de otros sectores subordinados ocupe el lugar que nadie les otorga y/o permite y/o regala, sino que lo deben ocupar porque les corresponde por derecho histórico propio? ¿Fomentando la valoración de la realidad multicultural de la que la escuela y su comunidad educativa forman parte con sus conflictos y potencialidades de emancipación? ¿Propiciando el protagonismo en el contexto escolar de aquellos pueblos y sectores sociales marginados por el sistema tradicional de escolarización y por ello mismo muy mal conocidos? ¿Incentivando la investigación, la actualización y capacitación docente en temas tales como la historia, las lenguas y las culturas de los pueblos existentes que conviven con nosotros en barrios y parajes rurales, y que estudian en las escuelas del sistema de educación estatal dentro y fuera de las comunidades reconocidas por el estado? ¿Demandando el cumplimiento, por parte de las autoridades políticas respectivas, de las disposiciones y presupuestos correspondientes al ámbito educativo?
Cada uno de nosotros posee talento y habilidades para encontrar creativamente el cómo y las acciones pertinentes al contexto institucional en que desarrollamos nuestro quehacer como trabajadores de la educación. Es la forma en que concebimos al otro diferente la que debiéramos interpelar: en un contexto sociológico compuesto por los descendientes de europeos españoles de la conquista, afrodescendientes de esclavos, hijos, nietos y bisnietos de inmigrantes europeos llamados a poblar un territorio arrebatado mediante conquista militar a sus dueños originarios a fines del siglo XIX, viejos y nuevos inmigrantes de diversos países y pueblos del mundo, más los pueblos y naciones originarias, es decir, los antiguos colonizados y actuales sujetos sometidos a una situación de colonialismo interno estatal, y por ello potencialmente sujetos de procesos de emancipación, la oportunidad de reflexionar sobre fechas como ésta del 12 de octubre de 2010 vinculada a esa otra de hace 518 años, tal vez nos ayude a considerar la magnitud y profundidad de los procesos político-pedagógicos que se juegan cuando en nuestras aulas podemos interactuar cada día con los hijos e hijas de esta rica y compleja sociedad.

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