Para que la vida valga.

El cubano Pablo Milanés ha cantado que la vida no vale nada si ignoro que el asesino corrió por otro camino y prepara otra celada. Hoy, a seis años del asesinato de Carlos Fuentealba, el asesino llama a sus cómplices –desde la soledad del criminal que quiere lavarse las manos con más sangre- a prepararnos otra celada, a tendernos una nueva trampa.  Desde la vulgaridad del lugar común del obstinado –de aquel obstinado cuya obstinación no proviene de la razón, sino que es hija de una mezcla trágica de estupidez e impunidad-, Jorge Omar Sobisch, ex gobernador de Neuquén y –gritémoslo desde estas primeras líneas- principal responsable del asesinato del compañero Carlos Fuentealba opinó sobre el “conflicto docente”: “esta película ya la vi”, sostuvo  hace apenas unos días.

La mezcla trágica de estupidez e impunidad se pone de manifiesto al buscar eludir su responsabilidad y colocarse en el lugar del espectador:  la mirada que busca equiparar la historia de un pueblo –con sus luchas, sus victorias, sus muertos, sus sicarios- a una “película” es muestra de ello. El autor de la célebre frase “es peor un pelotudo  que un corrupto”, demuestra que se puede ser todo eso y mucho más, pues el ejercicio de semejante cúmulo de virtudes no puede conjugarse sin la soberbia de quien se instala en el pedestal del demiurgo a mirar una realidad que en la que él mismo interviene, pero no está dispuesto a dar cuenta de su intervención. Él es el demiurgo: sus acciones están en un plano superior al de quienes “actúan” en esa realidad.

Pero nosotros no vemos la película que él dice estar viendo; nosotros estamos ocupados en construir la realidad. La construimos sabiendo que no hay dos circunstancias históricas iguales, porque nuestra concepción de la historia no responde a una concepción mágica que cree en la circularidad del tiempo: la Historia no vuelve. La Historia avanza. Tal vez no sepamos hacia dónde, pero avanza. Avanza hasta llevarse puesto al demiurgo.

Nosotros no somos personajes en esa película. Somos –a veces en un grito descarnado- la realidad. Carlos es esa realidad y es ese grito descarnado; es aquel  del principio de la canción de Pablo Milanés que dice “la vida no vale nada sino es para perecer porque otros puedan tener lo que uno disfruta y ama”. Carlos es hoy lo imprescindible para que la vida valga.

Y la vida vale cuando el homenaje sentido hacia “el maestro” aparece pintado en algún mural… Vale ante el ejercicio sin esfuerzo de la memoria. Cuando se hace presente en la denuncia desde la voz de los alumnos que sin haberlo conocido lo sienten próximo. Vale, porque en nuestro caso, ser parte del CPEM 69 “Compañero Carlos Fuentealba” nos recuerda que vale la pena disfrutar lo que uno ha decidido hacer y ser.

Es por todo esto y por todo lo que vendrá, que vale la pena seguir organizándonos para ir por él… por el demiurgo.

fotografías: Hugo Alvarez

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