Martillando el bronce

Autor: Marcelo Lafón

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Así veían nuestros abuelos/as  el 25 de mayo en las escuelas: “El día 25, a pesar de la lluvia y el frío, el pueblo se reunió en la Plaza Mayor, hoy de Mayo, para imponer al Cabildo su voluntad con su presencia”. Así presentaba los sucesos de mayo de 1810, Mariano Errotaberrea, en el libro Lecciones de historia nacional, del año 1910.

Ochenta y dos años más tarde, así veían nuestros hijos/as el 25 de mayo en las escuelas:”Los criollos entendieron que estando destronado el rey de España, el virrey había perdido su autoridad y que el pueblo, sede de la soberanía, podía darse su propio gobierno” del manual Estrada de 1992.

Y aunque en los últimos años hemos asistido a una profusión de nuevos y coloridos libros de texto y manuales, parece ser que en lo referido a la historia argentina en general, y a los sucesos de mayo de 1810 en particular, nada ha cambiado; así se desprende de la convocatoria realizada en el año 2005 por la Secretaria de Cultura de la Nación a alumnos/as de escuelas de todo el país para que opinaran sobre el 25 de mayo y cuyas respuestas pueden sintetizarse así: “La patria fue creada, armónicamente, sin conflictos sociales, gracias a los próceres, quienes fueron acompañados por el pueblo; por ello, tanto la patria como los próceres merecen nuestro homenaje”.

Como vemos, relatos viejos y nuevos, libros más aburridos o entretenidos, pero en la historia “oficial” que circula por nuestras escuelas no se encuentra rastro alguno de las relaciones sociales que hicieron posibles sucesos como, por ejemplo, el 25 de mayo de 1810.

A 206 años, volvemos a intentar correr el velo de las apariencias para ver si en las relaciones sociales de aquel entonces encontramos los intereses y motivaciones que guiaron las conductas de aquellos hombres.

Para ello, proponemos una serie de interrogantes que puedan dar cuenta de las dinámicas y conflictivas luchas sociales que tenían lugar entonces.

Empezamos preguntando, ¿cuántos habitantes tenía Buenos Aires en 1810?

Buenos Aires era una ciudad en la que vivían, aproximadamente, 40.000 personas; de esos 40.000 habitantes, sólo eran considerados vecinos menos del 10 %, casi 3.300, ya que según el derecho español vigente en ese entonces para acceder a la condición de vecino era necesario ser …propietario.

Y había propietarios y propietarios, ya que para la realización del Cabildo Abierto del 22 de mayo, sólo se cursaron invitaciones a 562 vecinos de los que concurrieron nada más que 261.

¿Qué nos está diciendo esto?

Que en los hechos que pusieron en marcha el proceso que culminaría el 25 de mayo con la sustitución del Virrey por la 1ª Junta de Gobierno, participó menos del …0,5 % de la población que tenía Buenos Aires en ese momento.

¿Quiénes fueron esos participantes?

Grandes comerciantes y hacendados y unos pocos profesionales, militares y curas.

Pero, ¿y el pueblo? ¿no era que el pueblo pedía “saber de qué se trata”?

La única participación popular estuvo dada por aproximadamente 600 (seiscientas) personas provenientes de los suburbios de la ciudad que, reunidas por French y Berutti en la Plaza Mayor, fueron utilizadas como fuerza de choque para acelerar la caída del Virrey.

Desde luego, para que esa presión resultara efectiva, tuvo que recurrirse al uso de armas blancas y de fuego, lejos, muy lejos de un supuesto reparto de cintitas celestes y blancas (como tantas veces recreamos en los actos escolares).

De modo que, en el mejor de los casos, tenemos participando de los sucesos de mayo de 1810 a tan sólo el 2% de los habitantes de Buenos Aires.

Y entonces ¿cómo caracterizamos a esos sucesos?

Como sucesos que tuvieron un carácter claramente minoritario ya que la amplísima mayoría de la población (el 98 %) no tuvo participación en los mismos. Y por derivación, fue un acontecimiento definidamente aristocrático, si por tal cosa entendemos que la participación y dirección de los hechos radicó exclusivamente en los más ricos. Y como fruto de esto último, esos sucesos tuvieron un carácter profundamente antidemocrático, toda vez que esa minoría de comerciantes y hacendados no sólo no consultó al conjunto de la población porteña, sino que además, en uno de sus primeros actos de gobierno, ya como Primera Junta, dispondrá la creación de un ejército cuyo primer cometido será someter a los pueblos del interior del ex –virreynato para imponer lo decidido en Buenos Aires. De ahí, que a las provincias no envían diplomáticos para informar y consensuar lo que decidieron los propietarios de Buenos Aires; lo que se envía son fuerzas armadas para imponer al conjunto de las poblaciones los intereses económicos y políticos de una minoría.

Pero, entonces, ¿qué pasa con esa historia que nos contaron tantas veces acerca de que el 25 de mayo tenía que ver con la disputa entre criollos y españoles?

Podríamos empezar por señalar que en ese primer gobierno patrio había dos integrantes que eran españoles pero, tanto o más cierto que esto, es que la verdadera disputa de ese entonces era y fue la puja entre el monopolio comercial y el librecambio.

Una disputa dentro de la clase social de los propietarios, entre quienes hacían negocios comerciando exclusivamente con España y quienes, desde las invasiones inglesas de 1806-07, habían visto que hacer negocios con los ingleses redundaba en mayores ganancias. Fueron estos últimos quienes presionaron para liberar políticamente estos territorios del dominio español y encontraron, en mayo de 1810, la ocasión para hacerlo.

Así se explican las salvas de cañonazos con que dos buques ingleses, anclados en el puerto de Buenos Aires, saludaron la formación de la Primera Junta de gobierno esa mañana del 25 de mayo.

¿Y qué festejaban los ingleses?

Las medidas económicas que iba a tomar el gobierno patrio; por ejemplo, implantar el librecomercio, que significó eliminar las restricciones para exportar oro y plata con destino a Inglaterra, reducir drásticamente los impuestos que gravaban las ventas al exterior del cuero, el sebo y el tasajo y, al mismo tiempo, permitir que los artículos de algodón y lana, de hierro y porcelana, provenientes de las industrias inglesas, inundaran los mercados latinoamericanos.

El festejo, entonces, era la puesta en acto de una nueva y perdurable sociedad: comerciantes y hacendados porteños aliados al capital inglés.

Capital inglés que, desde un tiempo atrás, se había constituido en el nuevo centro de acumulación capitalista a escala mundial desarrollando un imperialismo que conjugaba el poderío militar con el despliegue económico-financiero; esta unidad de poder bélico y finanzas les permitirá desplazar, paulatinamente, a otras potencias que como España y Portugal habían necesitado, para sus conquistas ultramarinas, de otros socios financieros (tales los casos de Génova y Holanda).

Esto explica, que en su expansión imperial Inglaterra aliente la independencia política de los territorios americanos al tiempo que crea las condiciones de la dependencia económica de estos nuevos países a su dominio.

Para ello, resulta fundamental que la clase social de los propietarios nativos circunscriba sus ansias independentistas al plano estrictamente político: un nuevo gobierno … que habilite el librecomercio.

Nada de intervenciones y movilizaciones populares que puedan recordar las demandas sociopolíticas del alzamiento de Túpac Amaru durante 1780-81 en el Alto Perú; y menos aún, la revolución racial, social y política de los negros y mulatos en Haití entre 1791-1804 (dos acontecimientos populares, anteriores a mayo de 1810, que pusieron de manifiesto la posibilidad cierta de que la independencia política de estos territorios podía ir unida a la liberación social y económica de sus poblaciones).

Bueno, pero, ¿este fue el único proyecto de país que hubo?

No, el proyecto de los comerciantes y estancieros de Buenos Aires no fue el único que hubo por aquellos tiempos; hubo otro, diametralmente opuesto al de Buenos Aires.

¿Cuál fue? ¿aparece en los manuales? ¿se enseña en las escuelas?

Debería enseñarse, no sólo porque existió y tuvo lugar, sino porque además, cobra una actualidad muy grande. Fue el proyecto encarnado en la figura de José Gervasio Artigas, que aunque hay aparezca como el máximo héroe uruguayo, nunca se reivindicó uruguayo ni argentino, sino que se proclamó americano.

¿Qué pretendía?

Económicamente, quería que “la tierra sea para quien la trabaja”, y por ello expropiaba latifundios improductivos y los repartía en pequeñas y medianas parcelas para ser trabajadas por los más pobres; protegía las industrias nativas señalando que lo único que debiera entrar a estos territorios eran libros y medicinas; fue un ardiente defensor de los trabajadores del campo y la ciudad, de los negros, de los mulatos y de los pueblos originarios; ya en 1813 quería declararse independiente de España y cualquier otra potencia; proponía mantener la unidad política de las Provincias Unidas del Río de la Plata y no terminar divididos en varios países –como finalmente aconteció por instigación inglesa y complicidad nativa-; y ya en ese entonces, Artigas se dio a la tarea de recabar la opinión de toda la población, letrada e iletrada, a los efectos de proceder a redactar una constitución democrática y federal donde “los más desdichados pasen a ser los más felices”.

Como se observa, hubo otro proyecto de país para estos territorios; un proyecto económico, social y político que respondía a los intereses populares mayoritarios; como seguramente se estará sospechando, Artigas y su proyecto de la “Patria Grande” fueron ferozmente perseguidos por los comerciantes y estancieros de Buenos Aires asociados al capital inglés.

José Gervasio Artigas muere exiliado en Paraguay en 1850 en la más absoluta pobreza y olvidado por todos; o por lo menos, con la pretensión por parte de las clases propietarias de que su legado no se conociera.

Aquí es donde el sistema educativo se enfrenta a una disyuntiva: seguir haciendo del 25 de mayo un mito, que como tal no se lo puede discutir, o permitirse la posibilidad de conocer y dar a conocer el proyecto de país escamoteado por los libros y manuales de texto.

En el caso que nos ocupa, un proyecto de nación americana que Artigas articuló en su Liga de Los Pueblos Libres representando genuinamente a los criollos pobres, indios, mestizos y negros de la Banda Oriental, Entre Ríos, Corrientes, Misiones, Santa Fe, y por un período más breve, Córdoba y La Rioja, señalando que “los pueblos deben ser libres y nuestra revolución debe salvaguardar el derecho popular”.

La disyuntiva, tiene que ver con una cuestión ética; la ética entendida como la práctica reflexiva de la libertad y, por ende, como una manera de comportarse, de conducirse, de ser.

Nuestra tarea como educadores empeñados en la construcción y transmisión de conocimientos y valores, debería estar guiada por la búsqueda de verdad y justicia (esa verdad y justicia ausentes en los libros escolares durante tantos años); búsqueda que nos permita efectuar otras lecturas y debates procurando re-significaciones pedagógicas que doten de nuevos sentidos al proceso de enseñanza-aprendizaje.

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