“Lucrecia”

Autor: Viento del Sur

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Dicen, los que estudian los fenómenos meteorológicos, que hay mucho de cíclico en ellos, tal y como ocurrió con “Lucrecia” en el alto valle y otras regiones.
Entonces, quienes gobiernen esta ciudad y esta provincia tienen alrededor de 40 años para realizar las obras hídricas necesarias para atenuar los efectos de estas inundaciones. 
La prioridad debiera ser esa y no esas fastuosas fiestas a orillas del Limay en verano en nombre de la confluencia. Ni favorecer los negociados inmobiliarios. Ni embellecer monumentos históricos malgastando recursos innecesarios.
La prioridad claramente debiera ser otra.
“Lucrecia” mostró con toda crudeza lo que es capaz de hacer una lluvia implacable con toda una ciudad, mal planificada sistemáticamente. El gobierno de una ciudad no debiera estar en manos de soberbios, arrogantes e improvisados. Gobernar una ciudad centenaria debiera ser una cosa seria. El problema claramente no eran los “trapitos” que afeaban la moderna y prospera Neuquén.
“Lucrecia” mostró lo que muchos sabemos. Que hay cientos de miles de ciudadanos de a pie que la pasan mal, entre la fronteriza pobreza y marginación. Gente que no tiene los servicios básicos otorgados por la constitución. No tienen vivienda y ahora menos que hace unos días. Gente a la que esta “lluvia” desmoronó vidas y proyectos; aborta sueños. Profundiza las desigualdades.
¡Que esto no vuelva a ocurrir!
Están los recursos en una “provincia rica” en recursos.
Que la reconstrucción empiece por lo que menos tienen; es una obligación (moral, etica, humana)
Que no pase como si nada pasó.
Que no nos gane el parloteo bizantino.
Que el conformismo no sea la moneda corriente.
Que proliferen los detractores de los funcionarios de sillones.
Que se haga todo lo que se tienen que hacer.
Que se hagan las obras que no se hicieron.
Que se hagan viviendas (todos y todas tenemos derechos a una)
Que se hagan escuelas.
Que dejen de robar.
Que no pasen 40 años más.
No importa como se llame la próxima tormenta.

Hugo

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Los días del Alcalde Diamante y del Señor JAS
La distribución de la riqueza en nuestro país hoy se pareció más que nunca a una utopía ridícula y lejana. En una sociedad marcadamente injusta hasta el clima es distribuido de manera inequitativa: el calor es el paraíso de los veraneantes que viajan a la costa a la vez que es el infierno de los que en esta provincia no tienen agua potable, “porque viven en una toma y son usurpadores”; el viento que disfrutan los windsurfistas en nuestros lagos cada vez más “exclusivos” -adjetivo que designa a los usurpadores vip-, es el mismo que se lleva puestas las casillas del oeste, “porque son irregulares, son precarias y son viviendas de usurpadores”; la nieve sobre el Cerro Catedral que disfrutan los esquiadores, es la misma que parte los techos de la zona alta de Bariloche, la zona donde viven “los usurpadores, los ilegales” a los que la cana no tiene reparos en meter bala, en la cordillera cada vez más comprada por los Turner, los Lewis, los Benetton. La lluvia –con su torpe alegoría de las lágrimas y su figura de compañera de los enamorados en la mala literatura- ha castigado a quienes hasta el clima castiga.
La tormenta que se ha ensañado sobre esta tierra norpatagónica -castigada durante tanto tiempo por la sequía – durante las últimas horas, nos ha dejado inundados no solo de agua. Con toda crudeza, se puede afirmar que la realidad nos ha orinado en la cara. Entre las cosas que han precipitado sobre esta tierra que es mitad arena, mitad arcilla en la superficie y mitad petróleo, mitad miseria en lo profundo han llovido mentiras y verdades; lugares comunes y vergüenzas ajenas; notas de color y paisajes grises; indiferencias y solidaridades.
Entre las respuestas justificativas de la destrucción, se construye la excusa de la excepcionalidad: “la ciudad no está preparada para esta lluvia, porque nunca llueve de esta manera”. Falacia. Si ya pasó una vez, ¿qué hace pensar que habría de ocurrir de nuevo? Y sin embargo, nada se hizo en cuarenta años. Si vamos al caso, el viento causa desmanes todo el tiempo y a nadie se le ocurriría decir que el viento es un fenómeno excepcional. Claro, más allá de algún semáforo caído en el centro, o un cartel o un árbol, el viento causa desmanes en el oeste. Pero allí viven los “ilegales, los que se electrocutan o se incendian porque tienen conexión clandestina.” Otra mentira: “la ciudad ha crecido de manera desordenada”. Adivine sobre quién recae la culpa. Así es: son los ilegales, los usurpadores. No es culpable –léase con sarcasmo- la falta de planificación urbana; los años de ausencia del Estado (nacional, provincial y municipal) en materia de vivienda; la especulación inmobiliaria; la falta de políticas de inclusión. No es que la ciudad no está preparada para la lluvia. Lo que ocurre es que la ciudad no tolera la pobreza. Si el Alcalde Diamante no hubiera proscripto a los lavacoches ya les habría echado la culpa. Porque en los días del Alcalde Diamante la culpa siempre la tienen otros, así se llame Lucrecia, Sofía o Katrina; porque en los días del Alcalde Diamante y del Señor JAS –ese que ha osado compararse con Tupac Amaru- la culpa la tienen los pobres, no la pobreza.
Seba
Foto 8300web (Emiliano Ortiz)

Foto 8300web (Emiliano Ortiz)

Lucrecia: el nombre que le faltaba al tango
He de abandonar por un instante el discurso panfletario –aunque no del todo- con que he atormentado a muchos durante las últimas horas para intentar la vuelta a ciertos callejones de la estética melancólica con que atormento a muchos el resto del tiempo. Una musa húmeda, lúbrica, otoñal y numeraria reclama que le glose unas palabras. Esa musa es la divinidad de los lugares comunes de alguna literatura: la lluvia. Una tarea enciclopédica que no emprenderé por falta de tiempo, ausencia de talento y predisposición del lector es la de reseñar las veces en que la lluvia es nombrada por poetas y letristas del tango. Algunas referencias más que conocidas: “Llueve, la calle está desierta…” (Tu pálido final), o bien “¡Qué ganas de llorar/en esta tarde gris/ en su repiquetear/ la lluvia habla de ti” (Tarde Gris), o bien “mientras tanto la garúa/ se acentúa con sus púas/ en mi corazón” (Garúa), o bien “llueve sobre el puerto mientras tanto mi canción/ llueve lentamente sobre tu desilusión”(Niebla del Riachuelo), o bien etcétera.
Por lo visto, la lluvia es compañera del sentir melancólico de un yo poético. Una mala compañera, pues ahonda la tristeza de quien goza mojarse en ella, como buscando en ella sublimar los pesares. No es la lluvia que causa desmanes en las barriadas inundables y que hemos conocido los habitantes de la Patagonia Norte en las últimas horas. Hay algo de esto último en un lacrimógeno –aunque bello- poema de Horacio Ferrer, el poeta que acompañó la obra de Astor Piazzolla. En este poema –“Juanito Laguna ayuda a su mamá”- el Duende escribe “Nacido en un malvón, le hicieron el pañal con media hoja de Clarín / su barrio de latón de dio para jugar / los cuentos de una fea Caperucita rea / Juanito que es rabón, que es bueno como el pan / a veces, come su bondad y aguanta sin beber / sabiendo cuánta sed trae el agua de la inundación”. Intertextualidad: Juanito enfrenta el castigo de Tántalo, aquel condenado del inframundo helénico cuyo suplicio consistía en estar sumergido en un lago bajo un árbol frutal y cada vez que sentía hambre y buscaba alcanzar un fruto, las aguas lo retiraban de la proximidad del árbol; cuando sentía sed, ocurría lo mismo. Ese es el castigo de Juanito: saber que el agua de la inundación habrá de traer la sed. Es como la imagen tan propia de estos lares de la bomba sacando petróleo al lado de una casilla precaria. Los pobres son siempre condenados a un suplicio tantálico: sufrir la miseria y la exclusión en proximidades de las fuentes de la fortuna. Otro detalle significativo del poema: es la única vez que vamos a ver al Clarín colaborando con una causa justa, aunque no tan alejada del elemento al que suele estar habituado.
El tango es una posibilidad infinita: todo puede entenderse bajo su órbita. (Esto es en realidad una excusa para citar a alguien que he olvidado y para lograr que converja el estilo que a duras penas vengo sosteniendo hasta ahora con la queja panfletaria que me hace acicatea en la oreja izquierda). Una ecuación divertida: si Carlos Gardel dice –lo cual es cierto, pues lo ha dicho Gardel; es más, lo ha cantado Gardel, lo cual lo vuelve aún más cierto- que veinte años no es nada, cuarenta son dos veces nada. Cuarenta años -casi – es el lapso de tiempo transcurrido desde la última vez en que la ciudad se inundó hasta ayer nomás. Y Gardel tenía razón: nada es lo que ha les ha quedado a muchos; nada es lo que el Señor JAS ha intervenido; nada es la cantidad de obras que se han llevado a cabo para evitar la tragedia; nada es comparable al daño que ha causado el temporal; “nada, nada queda en la casa natal” de muchos. Nada frenó la furia de Lucrecia, la nueva dama del tango que bailamos por estos días. Una dama arrogante, que no canta como Malena, que no tiene la amnesia de Grisel, que no vivió en Montmartre como Ivonne, que no es rubia como Merry, Peggy, Betty o Jully, se parece a María por haber llegado un otoño mojando de agonía las calles neuquinas. ¿Habrá quien le ponga música a Lucrecia, el nombre que le faltaba al tango?
Seba
para leer
http://www.cartagoweb.com.ar/2014/04/con-los-pies-en-el-barro/

One thought on ““Lucrecia”

  1. Estos artículos fueron oportunos en los momentos que se escribieron y se dieron a conocer. Muy bueno, compañeros, por estar atentos y poner en palabras la bronca, la indignación y la impotencia que generan estas catástrofes “naturales” que ponen al descubierto los catastróficos gobiernos que hemos tenido en la pcia. y la ciudad de Neuquén en los últimos 40 años.

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