Los prejuicios de lo solemne.

webb00000000000000000001dscn2325Los actos en homenaje a una persona suelen estar poblados de ese recurso fácil del lugar común: encendidos discursos en apología a quien se homenajea; exaltación de virtudes y disimulo de desaciertos; descripción de hazañas y logros poco cercano a lo humano. Si además de todo esto, el homenaje es en el seno de lo académico, las loas, los ramos de laureles, se cubren de esa capa aurea de lo solemne. Quienes ejercemos una rebeldía más o menos justificable que arrastramos en la misma bolsa pesada en que guardamos las contradicciones, hacemos uso del prejuicio de lo solemne. Ya sé: Girondo… Él decía en el epígrafe de sus “veinte poemas…” que no hay ningún prejuicio más ridículo que el prejuicio de lo sublime. Bueno, ante lo sublime y lo solemne conviene a veces el prejuicio.
Con esas cavilaciones me acerqué al Aula Magna (hasta para poner nombre a un salón se abusa de lo solemne) de nuestra Universidad del Comahue. Se entregaba allí el Doctorado Honoris Causa nuestra querida compañera Noemí Labrune. Y se ve que en todos estuvo presente ese “¿qué dirá Noemí de este acto?… ¿Le parecerá demasiado acartonado y solemne? No voy a reseñar las presencias cuestionables el acto. Diré que cualquier elogio se achica ante la presencia de Noemí. Un elogio frecuente en los homenajes: “Luchadora incansable…” Pues sí. Porque quien haya compartido cualquier espacio de militancia con ella, seguramente se habrá preguntado ¿¡No se canda nunca!? Y la respuesta a esa pregunta la dio allí mismo cuando nos habló de utopía. Utopía y política; utopía y militancia; utopía y locura.
Me quedé con tres sentencias sobre utopía que Noemí plantó como bandera, como definición magistral a la vez que como declaración de principios: la Justicia es la utopía de la militancia. La utopía es un no rotundo a los términos medios. Allí mismo despojada de toda pretensión de solemnidad se atrevió a hacernos una pregunta para desafiarnos, para interpelarnos. “¿Será la Utopía de una universidad formar a los que van a cambiar al mundo?”. Y casi sin dejarnos tiempo para masticar nos dijo “seguramente el día que la universidad se asuma como tal, algo en el mundo va a cambiar”.
Finalmente, seguí pensando en la utopía. E incurrí en otro prejuicio, en el prejuicio de la etimología. En declarar que una palabra se explica casi por sí misma. Y recordé que la traducción más literal del término “utopía” es “no hay lugar”. Entonces entendí que Noemí nos hizo una pequeña trampa: no habló solo de utopía. Nos habló del deber; nos habló de esa forma de entender la Historia que tienen aquellos y aquellas que se saben constructores de la Historia; nos habló de ella misma. Para decirnos que no hay lugar al cansancio, no hay lugar al término medio ni a la duda mediocre, no hay lugar a la mezquindad. No hay lugar para el que le niega la silla a quien a pesar de pensar diferente está dispuesto a caminar el mismo camino. Y creo también, como se dijo en el dictamen que le otorga la distinción, que Noemí es un nombre que se ha escrito en la mejor página de la peor historia de nuestro país. Y creo ésto porque refleja a esa Noemí que camina junto a nosotros y nosotras siempre. Porque la utopía sirve para caminar con la coherencia con que anda Noemí.

https://www.youtube.com/watch?v=jw2-j6f1hAw&feature=youtu.be

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