Los poderes de Raúl

Cuando tenía cinco años nos mudamos a Tierra del Fuego. Mi madre estaba cansada de hablar por teléfono con su marido, y ese año decidió que a donde fuera él, iríamos nosotros. En ese entonces los regímenes laborales eran casi esclavistas, y Raúl podía pasar meses sin volver a casa. Trabajaba en una empresa vial, hacía rutas. 

            Cursé todo jardín de infantes en Ushuaia. Vivíamos en una casa alquilada por la empresa, en un barrio nuevo, con calles de tierra y árboles medianos. Hay todo un álbum de fotos de esa época. Parado sobre el hielo, muerto de miedo, un lago congelado que a mi madre le gustaba visitar. Con una máscara de Batman, junto a un perro negro. A la entrada del jardín de infantes, el Jardín Nº 1. En varias aparezco con Mónica Shell. Mi madre no recuerda si Mónica iba al mismo jardín, si éramos compañeritos. En una de las fotos estamos parados, mirando la cámara. En otra, sentados en el pasto jugando con autos. En todas parecemos parte de una campaña de United Colors of Benetton. Mónica era rubia, ojos verdes, blanquísima de cara. Yo siempre fui morocho y achinado, como mi padre, supuestamente. Raúl no era tan morocho y tenía rulos. Estábamos con él desde que yo tenía tres años. 

            Había una Traffic que me llevaba hasta el jardín. Al chofer le decían Mario Baracus, usaba el mismo corte de pelo que el personaje. No parecía un chofer como cualquier otro, nos buscaba casa por casa y nos llevaba hasta la Traffic subidos al hombro como bolsas de papa. En el camino siempre se cantaba, Mario Baracus marcaba el ritmo con breves toques de bocina. En uno de esos viajes, mientras cantábamos a grito pelado, un golpe seco nos tiró de los asientos. Yo quedé de rodillas, la cara pegada al respaldo de adelante. Me enderecé y por la ventana vi como Mario Baracus quería pegarle a un tipo. Agitaba los brazos y gritaba: “¡¿Cómo te vas a cruzar así?!”. Cuando volvió a la Traffic se tomó el trabajo de pasar asiento por asiento preguntando si nos habíamos golpeado mucho. 

            Casi todas las tardes visitaba a Mónica. La mayoría de mis juguetes eran autos de plástico. Mi favorito era un escarabajo amarillo al que se le abrían las puertas. Los demás eran macizos, sin gracia. Una tarde olvidé el escarabajo en casa de Mónica. Mi madre comenzó retándome por ser tan distraído y luego por caprichoso; qué necesidad de tener el autito en ese momento cuando podía recuperarlo al día siguiente, Mónica seguro lo guardaba. Se ve que la casa de los Shell no quedaba cerca porque nunca fue una opción ir a buscarlo, al menos no de la manera convencional. Raúl tenía un as bajo la manga: buscaría el auto con la mente y lo traería en cuestión de segundos. Hizo que me sentara frente a él y me tomó las manos. Se puso serio, los ojos en blanco. “Ayúdame a buscarlo”, dijo, mientras movía las cejas. Yo hacía fuerza con la mente, trataba de concentrarme en el auto, en el color, en las puertas que se abrían. “Ya lo encontré”, dijo en un momento. Me soltó las manos y comenzó a masajearse las sienes. “Ya lo saqué de la casa”. “Ahora lo traigo por la avenida”. “Hay mucho tránsito”, “Doblé en nuestra calle”, “Estoy muy cerca”, “Ya casi, ya casi”. Hizo una pausa, tomó aire y el escarabajo salió del centro de su frente, lo juro, le cayó en las piernas. “Acá está. La próxima vez tené más cuidado”, dijo. Mi madre sonreía. Agarré el escarabajo y me fui a dormir.      

*

Comencé la primaria en Bariloche y la terminé en Neuquén, en realidad en Centenario, un pueblo a 15 minutos de Neuquén Capital. En el medio, hice cuarto grado en Unión, San Luis. Movernos sin previo aviso era lo común cuando era chico. Es probable que las cosas no fueran tan intempestivas, que mi madre se sentara a hacer planes con Raúl y que de esos planes surgiera el viaje. Para mí ocurrían de un día a otro. Nos subíamos a un camión y terminábamos en un lugar nuevo. 

            De los años de primaria en Bariloche tengo una cicatriz en la ceja izquierda. Volviendo de la escuela tropecé y caí sobre una piedra laja. Muchas veredas en Bariloche son así: con escalones y revestimiento de piedra laja. Siempre dije que unos chicos me empujaron. Lo dije tantas veces que ahora creo que fue así. En realidad no recuerdo la caída, el momento previo, ni siquiera el golpe contra la laja. Caminé las cuadras que faltaban hasta casa, vivíamos en Ángel Gallardo 951, tapándome la ceja, se sentía húmeda y fría, eso sí lo recuerdo. Pensaba que si quitaba la mano saltaría un chorro de sangre.  

            En casa estaba mi madre y Raúl. Apenas los vi, me largué a llorar. Ni siquiera pude decir lo que había pasado. Mi madre se acercó, destapó la ceja y dijo que era un raspón, nada de qué preocuparse. Cuando me calmé, conté que unos chicos venían jugando detrás y sin querer me empujaron, al caer me di contra una piedra laja. Raúl se quejó de esas veredas tan peligrosas. 

No recuerdo qué hice inmediatamente después. Quizás miré televisión.

En un momento Raúl se acerca para ver cómo sigue el raspón y descubre que en realidad es un tajo profundo. La presión de mi mano lo mantuvo unido por un rato. Mi madre también mira, para verificar, y se tapa la boca. Yo pregunto qué pasa, pero no dicen nada y salimos rumbo al hospital. En la guardia nos hacen entrar y me recuestan en una camilla. Un enfermero intenta limpiar la herida y yo siento una lija pasando por mi carne abierta. Grito como si me estuvieran carneando, palabras de mi madre. El enfermero dice que aguante, que tome aire. Raúl pregunta si no van a usar anestesia y le contestan que no, tienen que coser rápido, que ayuden sujetándome las piernas. Cada pinchazo, cuatro, se siente como si estuvieran cociendo un cuero al que estoy unido por millones de puntos, cada punto me transmite dolor. Siento las manos de Raúl en mis rodillas y algo hace, porque aguanto más de lo que creía.

¿Por qué no usaron anestesia? No lo sé, es raro. Era otra época, quizás fuera muy cara, o no se usaba en todos los casos. También puede ser que de tanto tener la herida abierta se me estuviera secando, y había que actuar rápido.

            Tiempo después de cortarme la ceja, partimos rumbo a Unión. Iban a asfaltar una ruta cercana al pueblo natal de Raúl. Mi madre por fin conocería a su suegra.

Del colegio de Unión solo recuerdo los rudimentarios chistes sobre Bariloche, algunas rimas estúpidas con che, y que no podía encajar con mis compañeros, parecían mayores, todo el tiempo hacían comentarios con doble sentido y se comportaban como adolescentes. Yo era mucho más niño que ellos. 

            También recuerdo que en Unión, Raúl se la pasaba aclarando que yo no era hijo suyo, que era solo de su señora. A veces, lo imaginaba haciendo un pase de magia para que yo desapareciera.

            A Unión no volví nunca, es un viaje demasiado largo. 

            En Neuquén vivían casi todos mis tíos, hermanos de mi madre. Solo una hermana vivía en Chile. Cuando llegamos, Raúl no tenía trabajo. La obra pública estaba paralizada. Vivimos un tiempo en casa de mi tío Marcelo. Tenía dos hijos: Cristina y Marcelito. Es probable que fuera verano, época de vacaciones, porque no fui a la escuela en ese tiempo que vivimos en lo de mi tío.    

Finalmente llegamos a Centenario. Raúl trabajó en la ampliación de la ruta 7, de dos carriles a multi-trocha. Recuerdo que regresaba negro de alquitrán, o algo parecido, y le llevaba bastante tiempo quitárselo. En Centenario consiguieron un terreno barato y fueron armando lo que sería nuestra casa. Habitación por habitación. Al principio era un cuarto de cinco por cinco con piso de tierra, después agregaron un dormitorio, y terminó siendo un chorizo. A mi madre cada tanto le daban ganas de mudar la cocina. Con el paso de los años casi todos los ambientes alguna vez fueron cocina.

            Terminé la primaria en la escuela 282. Descubrí que era un buen estudiante, aunque bastante desprolijo, mi letra todavía es un desastre. 

            El mejor secundario de la ciudad era una técnica, la EPET nº 2. Se exigía un examen de ingreso. Que yo pudiera ir a la técnica era algo muy importante para Raúl. Él apenas tenía la primaria y ninguno de sus verdaderos hijos había seguido estudiando. 

Aprobé el examen. En esa época la técnica era exclusivamente para hombres, o casi, en mi curso había una sola chica. En tercer año, me conseguí una novia y comencé a leer como un hambriento. Retiraba todo lo que se permitía por semana de la Biblioteca Fonseca. Sentía que era la única manera de crecer, de ser menos insignificante. Cada semana renovaba mi stock. Empecé a escribir poesía, quería ser César Vallejo, y hasta llegué a ganar un concurso.

La técnica pasó rápido. Cuando me recibí, Raúl dijo sentirse orgulloso. 

Yo estaba en mi dormitorio, tratando de escribir, en esa época escribía muchísimo, y Raúl entró y pidió permiso para sentarse en la cama. Yo seguí escribiendo como si nada.

—Estoy muy orgulloso, ninguno de mis hijos me dio una alegría como la que vos me diste —dijo.

Con Raúl hablábamos muy poco, nunca nos sentamos a charlar de la vida o de lo que fuera. Nuestros intercambios más nutridos se dieron frente al televisor, mirando El chavo del ocho, comentábamos los chistes, nos adelantábamos. Eso explica que no supiera qué responder, si es que había algo para responder, solo dije: 

—¿Cómo hiciste lo del escarabajo? En Ushuaia.

—A ver… Fue hace mucho. Con el asunto de la Traffic, el susto, recuerdo que te hacías pis en la cama, te despertabas llorando. Se me ocurrió darte una sorpresa, animarte. Fue un juego.

—¿Pero cómo hiciste para que te saliera de la frente?

            Meses después, un domingo —yo volvía de votar, se elegía presidente—, encontré la casa repleta de vecinos y curiosos. La señora que vivía cruzando la calle se acercó, me agarró por los hombros, y me dio la noticia. 

            Mi madre avanzaba por el pasillo, apenas movía los pies. Cuando estuvimos cara a cara se largó a llorar.

            —¿Y ahora qué vamos a hacer? —dijo. 

            La abracé fuerte. La sentí sacudirse contra mi pecho. 

            —Ya está. Ya pasó. Tranquila —dije, por decir algo. 

***

autor: Carlos Salgado

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