LO QUE ANIDA EN EL SILENCIO

alma en esta contienda, el deslumbre de la metáfora y el contrapunto de tropos retóricos abren un abanico secuencial que da vuelo a la maratón de marras. Cito:

la oreja puesta en la luminosa lluvia de los aleros / sopesando a ojo las plantas eléctricas de verde (p.17)

Que suene a centro tonal barítono / importa dos teclas / dos cuerdas / dos martillitos adentro (p. 27)

Ayer tiempo es en agosto / dispuesto en la paleta al ocre de unas flores / para por única vez / pintar (p.25) 

atrás la casa luce encendida y adentro tan lejos tan ellos tan / todos en tanto / que no saben ni se enteran ya que tampoco podría verlo (p.53)

  En consecuencia, recurrir a la alteración sintáctica y al regodeo de la aliteración: Pechito chiflador /pechito de paloma (p.17) la caravana / camarada / la caravana (p.35), no atenta contra la originalidad y las virtudes de la obra. Al contrario, estos artilugios retóricos le imprimen al poema un animado pulso que hace fiable la solidez de la pieza compuesta.

  Pero es en Plástica bilis, texto medular de la tercera parte del libro (Álalun) y de la obra toda, donde el poeta pugna por encumbrar el momento más logrado de Maratón dromedaria. Allí, Lasque, deja que la palabra se desprenda de la etapa ya recorrida y se vuelva maleable, ágil, para devenirse en movimiento puro:

                                     La bolsa trepa una pendiente invisible.

                                    La ventana del primer piso no cierra completa y en su

                                   costado entreabierto la tela tiembla (p.49).

 El objeto visual elegido para elevar el clímax del poema y hacer palpable el punctum de su trabajo es una bolsa, la cual, animada e insuflada por el viento, suma protagonismo a la evolución paisajista que enmarca la maratón. En estas líneas, Lasque, despliega morosamente el gesto animista que proporciona el objeto en su aventura aérea, a fin de que nosotros, testigos de la cotidianeidad más rústica y urbana, contemplemos la puesta de un escenario engañosamente deshumanizado y, al mismo tiempo, cargado de finitud a manos de la letanía del tiempo; efecto regidor y determinante en el horizonte de vida de cualquier mortal.

    Toda/o poeta -o narradora/or- es indefectiblemente legataria/o de la sombra que le impone la intertextualidad a su tarea creativa.  Imponderable que la/lo pone a prueba cada vez que este/a define una nueva figura sobre el papel. Ello hace que cada obra brille por los acertados tintes de tal efecto y, con todo, derive en giros que pongan de relieve la voz tutelar que se construye en tiempo y forma.

   En el caso de Maratón dromedaria, me tomo el atrevimiento de advertir un esporádico y lejano eco creacionista, huidobriano por demás, el que flota junto a la atmósfera que rodea la obra de Hernán Lasque; eco apenas audible en el uso de acotados recursos trópicos. Hablo de un ligerísimo sesgo intertextual que nutre al poema y lo vuelve distintivo en el summum coral que cunde actualmente en el campo literario que crece por estas latitudes.

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