Lloramos a las maestras porque en ellas están los pibes que no queremos perder.

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Quizás usted no entienda por su propia educación, por haber vivido en un colchón de garantías y en la contención de un amplia red de contactos, lo que significa una maestra o una profesora para un barrio.Quizás usted crea que el trabajo docente en la escuela pública esta en pleno deterioro por falta de vocación y ganas. Y en ese análisis limitado ni siquiera puede entender que los pibes deben ir a aprender a la escuela, pero hay días que van a comer, a olvidarse, a relacionarse, van a vivir. En ese mundo sin garantías a futuro la escuela es un paraíso, agotador pero paraíso al fin.
Que el maestro que una vez nos motivó valió mil veces más que el que jugó al dictado de oraciones y fórmulas con indiferencia.
Quizás usted no comprenda la experiencia de ese chico que en la casa convive con la depresión de un padre desempleado y una madre que debió salir a buscar el “mango” en ferias de ropa y con tareas domésticas y a la que cada vez ve menos. Tiene que saber que para ese chico el recreo es un regalo, el aula calentita es un regalo, el “té con pan” un regalo, el baño iluminado es un regalo.
Quizas usted no entienda que las maestras que dejaron su vida en la ruta eran la contención y la calidez de cientos de pibes del San Cayetano, que como los del “Niaco”, “Las 1311”, “Las Mil Ocho”, “el Abásolo” y “el Moure” desde muy chicos aprenden a distinguir el sonido de petardo al de un disparo, que sus primeros años de colegio lo compartieron con los pibes que hoy son protagonistas del terror que venden las páginas de los diarios, algunos de ellos muertos en esos episodios que se simplifican en la definición de “pelea entre bandas”.
Por eso lloramos o nos apretamos fuerte el sentimiento en la garganta, porque se fue Jorgelina y se fue María Cristina y con ellas las palabras de aliento para un pibe de barrio y con ellas las sonrisas cálidas que cruzás en el almacén con la profe que también es tu vecina.
Quizás usted no sabe que cuando la vida aprieta a veces la salida es una sola y en los márgenes el camino oscuro se hace ancho y tentador. A esos pibes que hacen equilibrio en esos dos mundos les debemos otra salida, decirles que esas muertes no serán en vano, que la lucha no fue en vano y que las salidas son tantas como los surcos de agua y barro que hay que atravesar en invierno para llegar al colegio.
Yo tampoco lo sé, pero desde muy chica tengo la certeza por mi propia experiencia que esos pibes que hoy adornan el barrio con sus caras tristes en un graffiti tenían otra salida.
Que el camino no sea el abandono de la educación pública, bajen de sus pedestales y dejen de lado el discurso armado, pónganse a trabajar que según lo que dicen los pibes Jorgelina y María Cristina son irremplazables.
A Jorgelina, a María Cristina, a mis amigas que se cagaron de frío en la ruta y a los pibes que perdimos.

desde Comodoro Rivadavia

 

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