Lewis: el acceso al Lago Escondido es libre.

El fallo emitido ayer refrenda lo que se viene fallando en la justicia rionegrina desde hace casi dos décadas: Lewis tiene que devolverle a todas las personas el libre acceso al que se conoce como Lago Escondido.

Por supuesto que existen instancias de apelación que el multimillonario sin lugar a dudas intentará usar, procesos administrativos que dilaten la aplicación del fallo y le permitirán seguir usurpando por un tiempo más el espacio comunitario de la misma manera neoliberal en la que lo viene haciendo: con su coto privado, con sus instalaciones fastuosas, su zoológico personal y sus invitados VIP llegando en helicópteros monitoreados por su equipo entrenado. Todos conceptos y lecturas humanas viejísimas y rancias, pero en vigencia gracias a la situación de privilegio real que la gente como él detenta en connivencia con los poderes ejecutivos y -sobre todo- judiciales.

Pero existen otras formas de habitar los espacios y los territorios, formas muy diferentes a las que plantean estas personas y sus empresas. Todas esas formas contemplan valores que se apartan del valor central que estas personas promueven, que son la propiedad privada y el dinero. Esos parámetros supremos y santificados van inclusive por sobre encima de conceptos sociales básicos y esenciales como la soberanía o la vida humana (nunca olvidemos el asesinato de Cristian González a orillas del Quilquihue). Nada de todo esto les importa, porque el valor central que proponen es otro.

Quizás por todo esto, no vendría mal un pequeño ejercicio de reflexión sobre las formas en las que están nombradas las cosas y los lugares. En la manera de decir las cosas subyacen los valores que promovemos.

Lo primero que me gustaría decir es que el camino que la justicia le obliga a Lewis a abrir para que la gente llegue hasta el lago se llama Tacuifi (Takwifi) que en el ancestral idioma de la tierra es el saludo que se da cuando alguien recibe con alegría a otra persona o grupo de personas, es una bienvenida que da a entender que el tiempo ha pasado, pero es una celebración volverse a ver, encontrarse. No me digan que no es todo lo contrario a la construcción de alambrados de dos metros de altura y casillas con guardias armados.

Lo segundo que podría acotarse es que la nominación que le da Lewis a «su» territorio (que es el mismo nombre de fantasía de su empresa, para que todo quede bien «legalizado») es Hidden Lake, recogiendo el nombre que los colonos usucapdores le dieron al Lago, llamándolo «Escondido» y lo lleva al inglés, total: ya estamos acostumbrados a que todo tenga un nombre en inglés, hasta los «drugstores»…

Lo que no podemos soslayar en este rebautismo del lago (al que Lewis suscribe, por lo visto) es que el concepto que lo nombra, da cuenta de lo «oculto» del sitio, como si se tratara de un milagro y un priivilegio. Es bien pero bien analizable.

¿Escondido de qué o de quiénes? ¿de la civilización? De quienes habitaban el lugar ancestralmente, seguro que no. Y no convendría que la parte furibunda de posibles lectores de este humilde artículo comience a enojarse por esta mención y a esgrimir argumentos del tipo que los mapuche quieren quedarse con las mejores tierras y blablabla, porque no existe un solo caso en el que una sola comunidad (lofce) del pueblo nación mapuche haya querido quedarse con un lago entero. Esos espacios en los que fuerzas poderosísimas como el agua, la montaña, el bosque, el viento y todas las vidas cohabitan JAMÁS sería pretendida como propiedad privada por NADIE del pueblo nación mapuche, porque no está inscripta esa idea en su cosmovisión filosófica, espiritual o política. Ese concepto: el de la cerrazón, la propiedad privada comprada en exclusividad y la habitación cercada de los territorios es wigka, así que podríamos empezar a desandar ese camino en el que se repite como loros el discurso sembrado por el poder económico en el que se acusa al pueblo mapuche de usurpar y querer sacar ventajas ¿no?.

Terminar la reflexión diciendo que el nombre originario del Lago se ha perdido, como miles y miles de nombres de lugares que fueron reemplazados por una toponimia que no solo silencia la original, sino que inclusive llega a poner el nombre de quienes motorizaron el genocidio para quedarse con los territorios e imponer su modo de entender la habitación de los mismos.

Es especulativo saber a ciencia cierta como se llamaba ese lafken antes de que lo bautizaran «escondido», lo que es una certeza es que no se llamaba así, porque las fuerzas de la naturaleza que el pueblo mapuche siempre comprendió, no tuenen sitios ocultos, ni lugares de exclusividad.

La manera de habitar el espacio, con títulos de propiedad «legales» en la mano que supuestamente le permitan hacer lo que quiera, es algo que Lewis ha elegido como modo de vida, como valor central de sus actos. La justicia acaba de decirle una vez más que al menos baje un cambio, el primero en una serie de replanteos sobre sus apropiaciones blanqueadas por el statu quo, que deberá ir explicando -una a una- en la justicia, si es que la justicia se anima a interpelarlo seriamente.

Del otro lado estamos quienes pensamos la vida de otra manera. A nosotres nos difaman y nos criminalizan, a él lo defienden con uñas y dientes.

Lewis: abrí el camino al lago, porque eso es lo que corresponde, te lo dice la justicia, te lo dice también desde hace décadas el sentido comunitario de una humanidad que no podés comprar, por más que quieras. Abrí el camino de Tacuifi. Y de paso prepará a tus abogados para que enfrenten todos y cada una de los reclamos que como sociedad te efectuaremos, por cada paso egoísta y usurpador que has dado, por más que los hayas vestido de asuntos legales bien blanqueados…

✍️Fernando Barraza

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