A Lali Destéfanis, rojoakompañahagua

Murió mi eternidad y estoy velándola.

Cesar Vallejo

“Al morir Gabo”, dijo Lali, “siento que nos abandonó el más grande trovador de nuestro tiempo: la más bella mariposa”. Me sentía un poco mal por no participar desde lo hondo de mis fuentes de esa opinión fundamentada y comprobable. No lo puedo evitar, mi educación sentimental no lo llegó a asimilar. “¡Como lo extraño! ¡Cómo extraño ir a escucharlo en vivo!” Ambos muy afectados por el efecto dominó que estaba derribando a las mazmorras del ensueño a tantas personalidades significativas del arte y la cultura de nuestra generación. No voy a mentar mis referentes vivos, no quiero sumarlos al eco fúnebre, pero entre ellos apareció, pintó y le antepuse a la muerte el nombre de Palo Pandolfo.

Siempre pensé que era un clown de dios, que todos esos años de amenizar mis tristezas, desde mi horrenda adolescencia y juventud hasta la pobre calma de mi madurez, con sus letras, con sus temas, eran la muestra de una perseverancia: ese sobreviviente se haría viejo cantando. No sabíamos que en ese preciso momento y a seis cuadras de nuestro departamento, él se estaba muriendo. Fue toda suya esa tarde: se los juro. Lali lo constelaba con sus recuerdos, con Tom Lupo, con el Parakultural, con sus amigas de infancia. Pusimos DonCo, pusimos “Espiritango”, pusimos “Un reflejo” en la versión de estudio de La Hermandad. Lali dejó de poner música al bajar la nariz la tarde y se puso a trabajar. Yo, preparándome para mis talleres de fin de semana, seguí cantando “Conversación Triple” de Don Cornelio. Y de repente me conecté al Facebook y lo primero que vi fue un comentario de mi amigo Alejo Carbonell, largando un transido: ¡Ay, no, Palo querido! Justo ahí se apareció ante mí, otra vez, la sombra del Pájaro Negro, el perseguidor… No, Palo, vos no.

Me cuesta chapear como prosélito de su música. Nunca fui parte del fandom, nunca fui fan triste de ningún artista. De hecho, aunque debe ser uno de los artistas de rock que más vi en mi vida, sobre todo en la adolescencia, en la juventud y en tiempos de la facultad (desde mis primeros recitales que lo recuerdan en esos shows que hacía en Sportivo América, en el Mateo Booz, en la Sala Lavardén hasta sus actuaciones en McNamara, en Willie Dixon, locales de importancia significativa en mi ciudad) nunca me sentí parte de tribu alguna. Ya de cuarentón lo fui a ver una sola vez cuando tocaron con La Hermandad en Rosario presentando “El vuelo del Dragón”.

Creo que en eso soy heredero de su forma de vivir y asimilar el arte. ¡Pura heterodoxia! Pero eso no quita que mi educación sentimental le deba el despertar a la brega. Tenía 12 años -lo cuento en Trópico de Villa Diego– y era un pendejo bardero. Salía del barrio prole ribereño, marrón-gris-ocre, pescador-lumpen-fabriquero, del agite cumbiero santafesino, ultra cabezón, y entraba en la sociabilidad del colegio clasemediero repleto de “Nachos” con más ínfulas que guita, apellidos italianos, que escuchaban tecno-pop y consumían lo que la bourrage neoliberal les ponía en la mesa de su cultura. No había puente seguro entre esas dos sociabilidades para un adolescente como yo. Tambaleaba. Así que me quedé a vivir en el under de la vida, más cerca del rock que de Marx. Y fue el rock el que me calzó la armadura troska. Trazó la historia de este niño moreno que a la tempestad desafió. Luca y Palo. Sumo y Don Cornelio me hicieron un poco quien soy.

Este tornatrás tiene fundada estrategia. No nos queda otro recurso para sostener a los que quisimos que remontar contra la corriente del olvido. Quiero contar, compartir una sinécdoque de mi vigilia escrituraria: el sacudón de Espiritango, de Los Visitantes. En nuestros tiempos -¡verdad de Perogrullo!- no había la circulación de música que hay hoy. Para afianzarnos en un pequeño placer la más de las veces andábamos con el casette TDK siempre cargado en el grabador dispuesto a gatillar apenas escucháramos la mención del gil locutor propatronal del programa de radio que seguíamos, que siempre te pisaba los temas. La dimensión del almamula siempre presente, por Dior. Yo seguía un programa de FM en el que la locutora, que era una mina copada, Patricia Dibert, hablaba de literatura, arte, música. En el staff del programa también estaba el paspado de Osvaldo Bazán, un vigilante todavía closeado. El programa se llamaba “Después de hora” e iba de 10 u 11 de la noche hasta la 1 por la 97.9, hoy FM Vida. Entonces no llevaba ese nombre la radio, no recuerdo bien cual llevaba. Y el programa me encantaba. Por ellos supe de este disco de Los Visitantes. Pato Dibert contó todo el proceso de producción del disco y habló de la estética de las letras de Palo: por primera vez escuché hablar de Gelman. Al final pasó el tema: “Gris atardecer”.

Gris atardecer
Una jeca cubre el cielo
Tu sonrisa de mujer
La distancia de tu cuerpo

Gris atardecer
Pasan putas, tíos flacos
Pasa el sonido del viento
La distancia de tu cuerpo

Plaza pelada
Solo árboles secos
Aun se animan a jugar
Unos niños viejos

Plaza pelada
Solo árboles secos
Aun se animan a jugar
Unos pájaros nuevos

(…)

Y en las escaleras
Donde estamos tan cerca
Nadie nos encontrará
No, no, no, no, no, no

Miren si no entendería Palo el tango que hasta le cazó el devenir. En el segundo verso jeca pierde su berretin caboclo y se torna parte del bricòlage rioplatense. La risa de la jeca. Su distancia próxima le roba al cielo gris su maná. Cunde oferta sexual en un contexto de soledad y frío: la malaria cruza la plaza, atropella a los cuerpos y se apaga en el silbido del viento. En las adyacencias, cerca pero lejos, todo eso se configura y difumina. Niños viejos y pájaros nuevos. El poeta se muestra en su probeta. Nadie los encontrará jamás.

Nunca le hablé personalmente a la locutora. No tuve nunca cercanía con Dibert, ni sé qué pasó con ella y cómo continuó su carrera. Pero aún hoy –si es posible una devolución extemporánea- siento que ese instante me tatuó.

escrito por Mario Castells (https://www.facebook.com/mario.castells)

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