“Las tizas no se manchan con sangre”

4 de abril de 2013-. A 6 años del fusilamiento de un compañero, de un trabajador de la educación, de un maestro, y fundamentalmente de una persona, seguimos  recordando una consigna: “Las tizas no se manchan con sangre”.

Consigna de masiva indignación social en su momento y emblema de un posicionamiento en la actualidad, reflejo de una perspectiva, que como la de tantos otros hoy y siempre nos demanda un reconocimiento. De manera funesta para algunos, se trata de un emblema que repudia para bien, para construir una sociedad más justa, solidaria, democrática, con el otro, con los otros, y fundamentalmente con nuestros jóvenes. Quienes trabajamos en educación sabemos bastante de ello. No nos formamos para cortar la ruta, para coartar derechos, no nos formamos para ser negligentes con la pobreza, con la desigualdad ni con la miseria humana, no nos formamos para coquetear con la injusticia.  Al contrario, nos formamos para reconocer relaciones sociales y humanizarlas, para sostener la dignidad social, nos formamos para formar en el pensamiento, en el conocimiento, en valores justos, entre otras tantas.

Estas intenciones, son también algunas de las tantas necesidades que marcan la razón de una educación escolar en los contextos actuales. Que por diferentes circunstancias estas intenciones sean contestadas desde la soberbia, desde la impunidad con la que se maneja lamentablemente el poder político, escapa al ámbito de la educación. Pero este ámbito no es ajeno a las consecuencias siniestras que ese poder político es capaz de generar. La falta de un compañero duele, se siente, porque se trató de una persona, de un formador, de alguien que tenía una definición y decisión de contribuir a la mejora de la sociedad que nos toca. En ello hemos perdido, pero nos hemos también reforzado. Particularmente nos hemos reforzado en la comprensión de que el problema educativo no es exclusivo de un poder, de ciertas instituciones, dentro de las cuales cabe una responsabilidad especial a las escuelas y sus “sostenedores” docentes y estudiantes, sino también en que “lo educativo” es una actividad esencialmente humana que afecta de manera medular las relaciones sociales en su contexto. Hubo quien en esta dirección supo aportar y contribuir, que enseño en sectores de pobreza extrema, por aposto por terminar su propia casa, que apoyo y acompaño las decisiones colectivas asumidas por el conjunto de los trabajadores de la educación al que pertenecía y pertenece, y que aposto por lo invaluable de la vida humana. Esto fue capaz de hacer un compañero, un docente.

Por esto y por tantas luchas educativas que nos quedan, hoy decidimos (como en tantas oportunidades) no olvidarlo, asumiendo que el olvido es también una decisión, tan riesgosa como la idea de olvidar el valor de lo educativo en todos sus sentidos. Decidimos no olvidar, “recordar-lo”, porque es una de las decisiones más dignas y necesarias que nuestra memoria colectiva puede asumir. Por ello, decidimos rememorar una vez más y como siempre a la persona, al compañero,  al emblema, y con él a la educación por la que apostamos muchos de nosotros: “Las tizas no se manchan de sangre”. Con enorme respeto de quien subscribe, un compañero docente.

V. S.( http://www.facebook.com/victor.salto.98?fref=ts)

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