Las Partes Vitales. Experiencias con jóvenes de las periferias.

Autor: Juan Pablo Hudson

20729390_1911289622482349_8349294979644909940_nUn desafío mayúsculo se impone en un contexto de avance vertiginoso de las economías violentas: para evitar los riesgos mortales a los que pueden exponerse los pibes se fomenta su inclusión (inevitablemente la subordinación) a empleos y capacitaciones destinadas exclusivamente a los sectores populares. Un libro de investigación canónico en el estudio de la vida de los jóvenes de las periferias, como es En busca de respeto, de Philippe Bourgois, admite con incomodidad esta posición: “En un principio, mi propia ‘actitud’ ante la idea de manipular a las personas para animarlas a aceptar puestos mal pagos y tediosos era la de un completo escepticismo. Sin embargo, la violencia y la autodestrucción de las que fui testigo en el Salón de Juegos paulatinamente me convencían de que la explotación en la economía legal era mejor que la exclusión total y completa”. Cada situación, cada coyuntura, contiene dilemas y conflictos singulares. Determinar una estrategia única sería caer en la abstracción y en la superficialidad a la que siempre conduce el pensamiento ideologizado. Quizás el ingreso en un empleo precario puede ser la llave para zafar y abrirse a otros escenarios vitales. No lo sabemos. Pero lo que pretendo remarcar es que, aún en medio de este grave conflicto social que sacude a las ciudades, sostener la pregunta sobre qué implica transgredir aquello que los mercados legales e ilegales (cada vez más entrelazados entre sí), e incluso las propias instituciones estatales, determinan como caminos ineludibles para los jóvenes, puede transformarse en un fundamento promisorio para construir una experiencia de co-investigación con ellos.

Las organizaciones construyen novelas para dar cuenta de su historia. Esos relatos –rígidos, persistentes en el tiempo– incluyen aspectos reales, materiales, a la vez que míticos e imaginarios. Los pibes también generan novelas a la hora de narrar sus vidas; solo que esos discursos varían permanentemente, de manera estratégica, activa, oportunista, de acuerdo a los interlocutores (maestros, directivos, trabajadores sociales, psicólogos, investigadores universitarios, médicos, activistas) con los que se vinculan a diario. Si algo detectan con rápida lucidez es lo que las instituciones pretenden escuchar sobre sus vidas y el lugar en el que viven. Recuerdo un comentario que nos hizo Lautaro después de acompañarlo a una entrevista con un trabajador de la municipalidad que debía aprobarle una ayuda económica: “Me preguntó un par de giladas de mi familia, de mi casa, si estudiaba, si teníamos ingresos, cómo era mi barrio, lo de siempre pa las becas, ya estoy re acostumbrado, me sé todas las respuestas, no es difícil”.

La asunción de roles sacrificiales, por su parte, tiene un origen inequívoco: el vínculo se nutre de la compasión y la fijación de los pibes en un lugar de meras víctimas. La figura del sufriente actual de la violencia, de la pobreza y de las instituciones toma el centro, dejando en las sombras los recursos y estrategias que ellos van desplegando en sus territorios. Abandonar las posiciones abnegadas, compasivas, voluntaristas, abre potencialmente la alternativa de que los jóvenes establezcan también una pausa en su pragmática actuación del rol de sujetos indefensos que necesitan ser asistidos y contenidos. Esto no desconoce sus padecimientos y conflictos sino que rechaza una supuesta pasividad que se les suele atribuir con el único objetivo de sostener una imagen cada vez más frágil: los adultos comprendidos como figuras tutoras indispensables para apuntalar aquellas vidas desamparadas.

El trasvasamiento de legados (familiares, educativos, militantes, culturales, barriales), uno de los ejercicios que constituyen a la condición adulta, ha sido atropellado, mayormente destituido, por esa energía indómita que impulsan los pibes, particularmente desde las periferias. La dependencia respecto a los mayores parece ya no operar más que en los imaginarios, marcando una ruptura, por momentos definitiva, entre las generaciones. Si ese saber ha perdido su carácter de experiencia válida es porque no garantiza recursos adecuados para habitar y lidiar con las fuerzas en pugna en la vida social. Resulta tentador afirmar, de manera contraria, que son ahora los pibes quienes detentan las llaves para atravesar los paisajes contemporáneos. Se trata, sin embargo, de un problema en común más que del surgimiento de un nuevo sujeto joven que acapara dichos saberes estratégicos.

La pobreza de experiencia, escribe Benjamin, es una nueva barbarie, de carácter positiva, en tanto obliga a comenzar de nuevo y desde el principio, a tener que arreglárselas con poco y mirando hacia adelante. Una adultez bárbara implica la predisposición a dejar en suspenso los conocimientos acumulados y la reivindicación del principio de autoridad. Esto no significa desecharlos, puesto que ante determinadas situaciones tal vez funcione ponerlos en juego, sino aceptar que a priori no orientan ni iluminan. Los encuentros con los pibes se abren entonces a un desafío en común: configurar experiencias, trazarles contornos consistentes, para desde allí investigar nuevos sentidos y perspectivas no subordinadas a los consensos de la época.

¿Docentes? ¿Trabajadores sociales? ¿Investigadores haciendo el trabajo de campo? ¿Talleristas? ¿Cronistas militantes? Durante los años compartidos con Ulises, Lautaro y Ariel II, aunque también en el trabajo con Aaron, Francisco, Tuqui, Santi, seguramente hayamos asumido transitoriamente algunas de estas figuras. Pero lo más inquietante fue otro proceso: cada vez que los encuentros nos arrojaron a lugares y posiciones innombrables, desconocidas (para nosotros y para ellos), como si perdernos más que una anomalía hubiera sido la condición indispensable para pensar juntos más allá de posiciones instituidas. Fue durante esos pasajes cuando logramos olvidarnos, y por qué no derrumbar, las novelas que anteponíamos con automatismo como carta de presentación en otros espacios de nuestras vidas e incluso entre nosotros mismos.

De esos viajes compartidos a tierras remotas, aún si breves, me atrevo a decir que nunca volví siendo el mismo.

Para comunicarse con el autor: juanpablohudson@hotmail.com o Facebook: Juan Pablo Hudson (extracto del libro de Juan Pablo Hudson, Tinta Limón Ediciones, 2015.)

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