La virtualidad y el pensamiento crítico

Los tiempos han cambiado, desde luego. Ya no estamos en 1968. Pero, ¿por qué concluir que “hoy cualquier joven que participe activamente en una organización barrial o social, tal vez logre más formación política que un universitario que recite a Giorgio Agamben, Slavoj Zizek o a Byung Chul Han”? Tomamos nota de la cautela del “tal vez”, pero no podemos dejar de señalar algunas cosas. La primera es que algo parecido decían muchas personas en 1968: se obtiene más formación política en una fábrica, en una cárcel o en una barriada que en la universidad. La segunda es que conocemos personalmente a muchos militantes sociales (algunos de los cuales jamás han estudiado en ninguna universidad) que están perfectamente al tanto de lo que sostienen Agamben, Zizek e incluso Byung-Chul Han. Y por último, que nuestra experiencia nos dice que es más factible hallar un artículo de alguno de estos autores en la casa de un militante que en los programas de estudio de la Facultad.

Sería absurdo pretender explicar la Revolución Francesa por la Ilustración. Pero sin la Ilustración la Revolución Francesa difícilmente hubiera sido lo que fue. La relación entre las ideas en general -o el pensamiento crítico en particular- y la más amplia realidad social y política es compleja. Pero no hay ninguna razón para concluir que siempre e ineludiblemente las ideas vienen después. Hay un ejemplo a contrario cercano y terrible: el neoliberalismo fue primero una corriente intelectual (por mucho tiempo marginal y minoritaria), antes de convertirse en la fuerza económica y política dominante. Podemos entender que el pragmatismo típico del funcionariado sea receloso de las ideas y de las críticas, pero eso no es una razón para subvalorar el papel de las ideas y de los ideales en el curso histórico.

La virtualización de facto merece un amplio debate a la comunidad universitaria. En este sentido, no nos parece que sea ni justa ni acertada la contraposición que plantea Gentile entre quienes fantasean con la capacidad de la educación virtual para “promover habilidades y capacidades de autogestión, responsabilidad y compromiso”, por un lado, y quienes “nostálgicos de un eterno Mayo francés, insisten en ver a los claustros universitarios cómo exclusivos ámbitos de formación política y pensamiento crítico encapsulado en la relación presencial docente-estudiantes cual gurú-discípulo; y todo lo que intermedie en esa relación peripatética es impugnable”, por el otro. La primer perspectiva acaso tenga defensores reales (no imaginarios), pero la segunda no parece ser más que un muñeco de paja sin referentes reales. La fantasía de la liberación vía Internet es divulgada por importantes corporaciones capitalistas, y no sería impensable que algunos docentes universitarios hayan comprado ese buzón. ¿Pero quién ha impugnado todo lo que intermedie la relación docente-estudiante? No tenemos registro de eso. Por lo demás, no parece haber muchas relaciones gurú-discípulo en la universidad contemporánea. Lo que hay, y en abundancia, son las relaciones patrón-cliente entre docentes, directores/as de tesis o proyectos de investigación y estudiantes elegidos/as. Y a ese tipo de relaciones ninguna autoridad hoy existente las ha querido combatir realmente (aunque a veces se las critique de manera declamativa).

En lugar de contraposiciones dicotómicas -más ancladas en la voluntad de construir una percepción que en la realidad misma- la comunidad universitaria se debería dar un debate amplio sobre la factibilidad, las potencialidades y los peligros de la educación virtual. Un debate en el cual las ideas puedan exponerse y los argumentos sean los que dominen. En pos de este debate, y para concluir, quisiéramos sostener que todo proceso educativo es -hasta cierto punto, en cierta medida y sin menoscabo de que sea también otras cosas- un proceso tecnológico. Pero, evidentemente, ninguna tecnología es un instrumento meramente neutral. Recientemente, en un extenso artículo, Naomi Klein ha alertado sobre la nueva alianza entre corporaciones y estados capitalistas en torno a la tecnología digital; y las denuncias de un número ya considerable de científicos sobre las potencialmente nocivas consecuencias de la tecnología 5 G son otra luz de alerta (he aquí un ejemplo de ello).

El capitalismo avanza aceleradamente remodelando nuestras vidas y las de miles de millones de congéneres, sin ni siquiera un atisbo de ficción democrática. El desafío, pues, reside en analizar y polemizar -más allá de falsas dicotomías- qué hacer ante los nuevos dispositivos, cuyo desarrollo se halla en manos de corporaciones ajenas a todo control democrático o popular. Señalar esto no entraña ninguna conclusión necesaria respecto a “qué hacer”. Ignorarlo es indicio de ingenuidad o complicidad.


Por: Ariel Petruccelli y Pablo Scatizza*

* Historiadores. Docentes e investigadores de la UNCo.

Este artículo intentó ser publicado primeramente en Va con firma, para continuar allí mismo este debate, pero no fue aceptado. Agradecemos a Viento del Sur la gentileza de hacerlo.

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