La Invasión- 1969. Hugo Santiago.

Desde ese momento, nacería una amistad que, pese a ser interrumpida por el viaje de Hugo Santiago a París a fines de la década del 50 para estudiar cine, y con la obvia presencia de Bioy Casares, nos regalaría esta colaboración artística que tiene por resultado un film único: La Invasión. El argumento de la película, tan simple como una oración bimembre, una ciudad sufre una Invasión y un grupo de hombres la defiende, escuchado, primero, por Bioy y después, a eso de la cinco de la tarde en la biblioteca nacional, por Borges, sostendrá el entramado complejo de una película que despliega gran parte del universo Borgeano, pero hecho, claro, de imágenes en movimiento. 

Buscando financiación para el contrato, que Bioy, y no Borges, calibró en varios ceros, Hugo Santiago le cuenta a un productor que tiene un guión escrito por ellos dos. Encontraste petróleo, le respondieron del otro lado del teléfono. Es cierto que años antes, junto con Olga Orozco, Santiago había escrito “el hombre del bandoneón”, pero la ristra de fracasos y la falta de financiación conspiraban contra esos proyectos y hacían de esta apuesta casi un salto al vacío.

Decir que es una película de ciencia ficción hecha y derecha es atentar, creo, contra el objeto: más bien impuro. El argumento lo es, pero la narración, no. Más cerca del cine negro norteamericano, el de los años treinta, cuyas muchas películas hicieron mella en la sensibilidad de aquel Borges, el que va del “Hombre de la esquina rosas” a “Evaristo Carriego”. La predilección, vale aclarar, por ciertos directores (de Joseph von Sternberg, Ernt Luitsch, King Vidor, John Ford) se lo debemos al libro, “Borges va al cine”, de Edgardo Cozarisky, un cineasta de vanguardia, casi un estricto contemporáneo de Hugo Santiago y uno de los grandes divulgadores, junto con Ricardo Piglia, de  la extraña belleza de esta película, hoy disponible en Youtube.

Sabemos, las citas han fatigado esa opinión hasta el hartazgo, a Borges el cine de vanguardia no le interesaba. Sin embargo, “La invasión” es una película que, por el montaje, la ley del valor del cine, por los planos, y ese blanco y negro que es puro ímpetu, se corre del cine clásico tan venerado por el escritor de Ficciones y se acerca más a la estética del cine de la posguerra, más ubicuo y experimental, tanto formal como narrativamente (el nuevo rol del primer plano, la profundidad de campo, el fuera de campo, y un largo etc.)

La cámara es la gran protagonista de la película. Movimientos rápidos; plano secuencias que acosas a los personajes hasta la exhalación; giros revulsivos, como punto de vista asechados por la inminencia de la muerte.

Una de las grandezas de la película, es que inventa una Buenos Aires tan onírica como la que Borges crea en su cuento “La muerte y la Brújula”. La inventa porque yuxtapone, vía montaje, trozos de Buenos Aires, que si bien son reconocibles (la cancha de boca, el puerto, Balvanera,  quintas fastuosas, ciertos bares y zonas de residenciales de Palermo, las embajadas), en la vecindad ahora otorgada, adquieren esa resonancia fantasmagórica que da plegar lo lejano.

Y en esa ciudad enrarecida, recorrida por espías y agentes secretos, una brigada de defensa comandada por Don Porfirio, un viejo sabio y diminuto, que se pasea emponchado soplándole frases a una bombilla, intentando ganarle de manos al invasor con un mapa y un teléfono (clara alusión a Macedonio Fernández, uno de los tributos del Film), de la que también forman parte un farmacéutico, el cobarde, el ingeniero, un guapo orillero, y otros personajes que intentan tapiar las fronteras para impedir el avance de una invasión tan anodina como inexorable.

Una de las tantas escenas indelebles de la película, es el momento en que, reclutando hombres, Heredia, un guapo de barrio, líder y mano ejecutora de las directivas del viejo, junto con el resto del grupo, buscan en un bar a un joven milonguero de rostro triste, picado por varios vasos. Con música de Troilo y letra de Borges, la muerte se pone a pensar azuzada por la guitarra y la sombra apretada que la cámara enlaza en ese bar ahora encharcado de  silencio admirativo. 

Que esta película los encuentre a ustedes ahora……

Por Gonzalo Marrón

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