La fortaleza asediada

mediterraneo

Una Europa hermética y refractaria en materia de inmigración y una seguidilla de descalabros humanitarios en África volvieron al Mediterráneo una fosa común multitudinaria de la que nadie quiere hacerse cargo.

Guardias robóticos patrullando la frontera, perros cibernéticos acercándose y acercándose, autos blindados y oficiales de migraciones. Así era el escenario que a principio de la década pasada profetizaba Asian Dub Foundation en Fortress Europe. Doce años más tarde, el año 2022 al que hacía referencia la canción, que por entonces parecía un lejano ejercicio de futurología, está a la vuelta de la esquina, y hasta las más pesimistas profecías se quedaron cortas. Que Europa se volvió una fortaleza no es ninguna novedad, pero el término no es sólo una metáfora para graficar los resultados de una política inmigratoria híper restrictiva. Así como los castillos medievales estaban rodeados por una fosa de agua que ayudaba a repeler ataques enemigos, hoy es el propio mar Mediterráneo el que cumple esa función; salvo que del otro lado no hay ejército asediando sino hordas de desesperados tratando de salvarse y tener una vida un poco menos peor.

En la actualidad el Mediterráneo se volvió, ni más ni menos, una fosa, según las tres principales acepciones del diccionario: “Enterramiento, sepulcro; hoyo en la tierra para enterrar uno o más cadáveres; excavación profunda alrededor de una fortaleza.” Hace años que, de tanto en tanto, llega la noticia del naufragio de un barco repleto de inmigrantes africanos tratando de llegar a las costas del sur de Europa. A veces mueren ahogados; si tienen suerte, terminan rescatados por la guardia costera y confinados en campos de refugiados. Sin embargo en los últimos meses el número de víctimas aumentó de forma exponencial: en lo que va de 2015 ya suman 1700 muertos, treinta veces más que en el mismo período de 2014.

Las crisis políticas, ecológicas y las guerras civiles en ciertos países africanos (principalmente en Gambia, Senegal, Somalia, Siria, Eritrea y Mali) vienen generando el mayor desplazamiento forzado de personas desde el fin de la Segunda Guerra. Este movimiento migratorio masivo se ve obturado por el cierre de las fronteras europeas, que la crisis económica y las demandas “proteccionistas” cuando no xenófobas de gran parte de los ciudadanos comunitarios no hace más que reforzar. De hecho hoy en día las vías legales de acceso al Viejo Continente son prácticamente nulas. La mayor cantera de inmigrantes del siglo XIX y XX ha sellado sus fronteras para resguardar su bienestar y opulencia. No hay políticas de inmigración ni de asilo como supo haber en el pasado, salvo en el caso de ciertos profesionales y de mano de obra altamente calificada; las únicas iniciativas son el control fronterizo y la deportación. Hoy en día solo se puede hacer pie en el contiene de forma ilegal y en general riesgosa. Finalmente, el hecho de que Libia, tras la caída de Gaddafi, se haya convertido en tierra de nadie, donde los contrabandistas de personas operan con amplio margen de maniobra (y de ganancia) no hizo más que empeorar las cosas. Para tener una idea, el año pasado unas seiscientas mil personas esperaban en la costa de Libia para cruzar a Europa, y en estos meses la cifra se multiplicó.

Hasta hace poco existían acciones humanitarias paliativas de búsqueda y rescate, pero fueron canceladas, con el argumento de que este tipo de programas no hace más que incentivar a quienes intentan cruzar. Salvo el gobierno italiano, al que no le queda otra porque la bomba le explota en las manos, ninguna otra potencia europea se muestra dispuesta a hacerse cargo de la situación; miran para otro lado, como si no tuvieran responsabilidad alguna. Como si Inglaterra, Francia, Bélgica, Holanda y Alemania no hubieran colonizado y expoliado el continente. Como si la OTAN no hubiera arrasado Libia ni fogoneado los levantamientos árabes de 2011 que desestabilizaron una región ya de por sí históricamente castigada.

La derecha plantea, para variar, más vigilancia y control, pero las oleadas migratorias son movimientos tan irrefrenables, tan desesperados, que construir una pared más alta o electrificar los alambrados, en vez de desincentivar el cruce solo va a aumentar el número de cadáveres. La izquierda horrorizada reclama aumentar la cuota de refugiados, que éstos sean distribuidos entre los países más ricos del continente; reclama reinstaurar los programas humanitarios de búsqueda y rescate, pero ni siquiera los proyectos más ambiciosos solucionarían el problema. Abrir las fronteras –una opción que nadie baraja– evitaría las tragedias, es cierto. Los inmigrantes podrían viajar en avión por pocos euros (ahora llegan a pagar dos mil para cruzar en barcazas), tal como hacen ingleses y alemanes cuando quieren escaparse unas semanas del frío en las playas del norte de África. ¿Pero una vez en territorio europeo, qué destino tendrían? ¿Y a cuántos sería factible dejar entrar? ¿1000 por día? ¿10.000? ¿50.000? ¿Y el resto de los que esperan su turno en la costa de Libia, que sigan participando?

El Mediterráneo es la frontera más desigual de la tierra, diez veces más que la de Estados Unidos y México. Si de un lado tenemos a la población más rica del planeta y del otro a la más desesperada, en el medio solo puede haber sangre –no hay vuelta que darle. A largo plazo, Europa podría atenuar la presión migratoria promoviendo el desarrollo económico en el continente vecino, condonando deuda externa, bregando por más iniciativas de comercio justo, cooperando para evitar conflictos armados. Un curso de acción diametralmente opuesto al que viene llevando a cabo desde hace siglos.

Por lo pronto, las únicas iniciativas al día de hoy son operaciones como Triton, Minerva y Poseidón, coordinadas por Frontex, la agencia de vigilancia de las fronteras exteriores de la UE, que tienen el objetivo de repeler “flujos migratorios irregulares”. Triton, Frontex, Poseidón: parecen nombres tomados de un libro de Ballard, de Pynchon, de una canción de Asian Dub Fundation. Pero no: es la nomenclatura macabra dada por la burocracia europea para lidiar con este éxodo del siglo XXI.

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