La educación en una encrucijada: Parar para reflexionar sobre la pedagogía transaccional tiempos de pandemia

que puede, y para el que no, ‘lola’, entonces la distancia evita las caras largas y las hostilidades desde el fondo del aula. El aislamiento no hace más que magnificar posturas ya existentes. Transparenta los velos y alumbra a los escondidos. Si en cambio se trata de un enfoque de construcción colectiva del conocimiento… si es cuestión de que aquello a aprender entre en diálogo con lo que cada quien ya conoce, si lo nuevo y lo viejo deben encontrarse para germinar, si es a cada uno según su necesidad y de cada quien según su capacidad… si nuestra idea de conocimiento es aquello que podemos producir con otros en situación, entonces la distancia complica realmente el intercambio genuino”[10]. La presencia, los cuerpos se vuelven necesarios, inevitables, porque como bien plantea García Linera “el cuerpo no es meramente un estorboso receptáculo de un cerebro (…) no es un cajón de neuronas organizadas. El cuerpo es la prolongación del cerebro en la misma medida que el cerebro es la prolongación del cuerpo y, por tanto, los mecanismos de conocimiento, de invención, de afectos y de acción social son actividades integrales de todo el cuerpo en su vinculación con otros cuerpos, con la humanidad entera y la naturaleza. El cuerpo es pues un lugar privilegiado de conocimiento social y de producción de la sociedad”.[11]

Frente a esta situación quizás lo que haya que hacer es salirse de ese exitismo escolar cuantificado en el paso de un año a otro que nos lleva a avalar implícitamente esta pedagogía transaccional de la pandemia, y pensar otras alternativas. Quizás se podrían tomar estos tres o cuatro meses que queden luego del receso invernal, si es que de alguna manera volvemos a la escuela, y construir un ciclo lectivo de englobe éste y el próximo año. Y en vez de “perder”, ensancharíamos este ciclo lectivo. Pero claro, eso implica posicionarse y pagar algunos costos sociales que los gobiernos nacional y provincial no parecen estar dispuestos a pagar. Pero tampoco los sindicatos, que no están posicionándose, más preocupados por pedir que “liberen” a los docentes de “tanta tarea administrativa” para que “se aboquen a enseñar.”[12]

 Por eso creo que, entre tanto ruido que a veces nos dificulta reflexionar, hay que parar la pelota, dicho en términos futbolísticos y devolverle a la escuela, al aula una mirada política que pueda discutir críticamente las políticas pedagógicas que se están suscitando con la pandemia (sin excluir el debate ideológico de la falta de conectividad y accesibilidad que potencian las desigualdades sociales, como bien mencionábamos más arriba). Esa discusión tendría que ir en los términos planteados por Horacio Cárdenas en su texto “Default Virtual”: o nos paramos en un enfoque transaccional de la educación o un enfoque dialógico; o aceptamos acríticamente la «tecnología» o discutimos que es una herramienta cargada de ideología que genera sus propios usos y prácticas -y esto no es negarla como auxiliar en la enseñanza sino ubicarla en su justo sentido-; o disociamos la forma y el contenido o entendemos que están imbrincados en una relación dialéctica para la producción de conocimiento, de determinadas formas de concebir el conocimiento[13].

    Y me parece que estos deberían ser los debates que tendrían que estar dándose dentro de los sindicatos, dentro de las escuelas. Uno político general acerca de las nuevas condiciones de trabajo que se están gestando (uberización del trabajo docente[14], flexibilización laboral a través del teletrabajo). Y otro sobre las políticas pedagógicas, lo que implica tanto la mirada democratizadora e inclusiva de la educación (conectividad, accesibilidad) como la concepción de enseñanza-aprendizaje: qué es un vínculo pedagógico, qué enseñamos, para qué enseñamos, cómo enseñamos, cómo se aprende, cómo se construye el conocimiento. 

Esta discusión hoy parece ausente en la vorágine de responder frente a la contingencia de la pandemia. Es un debate que nos debemos.

Para cerrar, dado que en todos los discursos y escritos que he leído y han circulado en este tiempo, aparecen poco las voces de las familias (padres, madres, adultos/as encargados/as de los niños y niñas) acerca de lo que ocurre, dejo tres comentarios (tal cual los recibí) que me llegaron luego de enviar una carta[15] planteando estos posiciones frente a esta situación:


[10] Horacio Cárdenas, op. cit.

[11] Álvaro García Linera. En “Conocimiento social en tiempos de horizontes colapsados”. Instituto de Altos Estudios Sociales de la UNSAMhttps://www.youtube.com/watch?time_continue=7&v=EnpTDz0iXfk&feature=emb_logo

[12] “Se piden estadísticas e informes, algo que es lógico y en lo que no hay ninguna mala intención porque hay una necesidad de supervisión para organizar el trabajo. Pero en este tiempo hubo una mayor demanda y eso incrementó la carga laboral”, explicó Baradel a Página/12. Por eso, añadió, “entendemos que tiene que haber                                     menor demanda administrativa virtual para que el docente pueda abocarse a la enseñanza”. En https://www.pagina12.com.ar/263725-los-docentes- la-cuarentena-y-la-sobrecarga-de-las-clases-a-d

[13] “Forma y contenido se configuran entre sí, viejo lema de la pedagogía… Textos claros, consignas más depuradas que nunca, actividades organizadas, audios expositivos, breves videos, hasta algún mural virtual, un foro de discusión, todo suma. Pero es otra cosa. Ni continuación de la alfabetización por otros medios ni fase superior de la enseñanza… El aula virtual no remeda al aula real con algunos cambios. Sería análogo a suponer el automóvil como un caballo con aditamentos: en vez de patas, ruedas; en lugar de ojos, faros; nafta a cambio de pasto…  Son entidades sin solución de continuidad. Irreductibles ámbitos; cruda y tajante ruptura.”  “Sin duda algunos aprendizajes específicos, precisos, instrumentales, se sostienen a la distancia: un tutorial para cambiar un cuerito de la canilla, una serie de clases para tocar el Bella Ciao con la flauta dulce. Bienvenido su desparramo. Por su masificación seguiremos luchando. Pero vale la pena preguntarse si la naturaleza del instrumento alcanza para formar en un proceso de construcción colectiva, en ese tránsito dialéctico por las fases de interacción, reflexión conjunta y conceptualización teórica.” “Porque no se trata de una situación simplemente incómoda, producto de nuestra incapacidad etaria o de una tecnofobia patológica. Aquí hay más que un mero obstáculo sorteable con paciencia e intentos. No es cuestión de ‘amigarse’ con los monitores, de aprender a manejar el campus y responder a todos en el e-mail… el asunto parece bastante más profundo que una piedra en el zapato…Toda virtualización es política. Una escuela, sea del incipiente nivel inicial o de los adultos más estacionados, no es un nodo de casas. Una escuela es una institución irreemplazable. Porque lo que allí sucede es irreemplazable. La escuela es experiencia, es acontecimiento, es una práctica en situación. Es vínculo, grupalidad, proyecto colectivo.” Horacio Cárdenas, op. cit.

[14] Nano Balbo en “Más allá de la educación virtual: reflexiones para batallar el presente (y lo que viene)”, entrevista en La Tinta-periodismo hasta mancharse-13/04/20. https://latinta.com.ar/2020/04/educacion-virtual-reflexiones-batallar/

[15] “…espero que se encuentren bien frente a esta situación inédita de pandemia que nos está tocando vivir, sabiendo que no todos/as tienen/tenemos las mismas condiciones y posibilidades habitacionales, de trabajo, de alimentación, frente a este aislamiento social obligatorio, tan necesario en estos momentos. Sé que esto genera angustias de distinto tipo, una de ellas tiene que ver con que sus hijos y sus hijas no estén asistiendo regularmente a la escuela a los fines de recibir la educación que el Estado le debe brindar. Aquí quiero referirme a varias cuestiones frente a este intento, pensado desde la buena voluntad, de paliar esta situación con el envío de actividades a sus casas a través de distintos medios digitales.

Sinceramente, desde lo personal, me resulta muy difícil encontrarle la vuelta a este planteo, ya que nuestro oficio de educar requiere, en general, pero sobre todo cuando se trata de niños y niñas, del encuentro cara a cara con el otro/a. Poder desarrollar la enseñanza implica no sólo proponer actividades sino también poder observar la cara, ese ceño fruncido, ese gesto de aprobación, esa sonrisa, esa mueca de tristeza, ese cuerpo movedizo que nos indica si se está aburriendo, si está entendiendo, si le pasa algo, ya que no todo puede ser dicho con palabras cuando se trata de niños/as, en definitiva de tener presente nuestra humanidad, de eso estoy hablando. También el enseñar y aprender implican la discusión de ideas, el intercambio de puntos de vista, la interacción entre alumnos y alumnas.

Por otro lado, el proceso de enseñanza-aprendizaje requiere de mi parte poder conocer al sujeto/a que tengo enfrente, saber cuáles son sus deseos, su forma de pensar, de elaborar, para poder proponer actividades de trabajo acordes a ese grupo en particular. Los niños/as, ni ningún sujeto/a que aprende, parte de la nada, no son paredes en las cuales inserto un clavo o realizo una inscripción. Y realmente a la mayoría de esos 56 alumnos con los que me toca trabajar este año no los conozco (salvo los chicos y chicas de 7º que tuve en años anteriores), ni siquiera alcancé a aprenderme los nombres de los mismos/as en los escasos días que tuvimos clase. Proponerle actividades por el simple hecho de mantenerlos ocupados/as no me parece honesto de mi parte, eso no entra dentro de lo que yo entiendo por educar.

Pero además, tampoco puedo trasladar mi responsabilidad de enseñar a los chicos/as, de explicar un conocimiento, hacer una aclaración pertinente, a las familias, porque no todas/os tiene las herramientas necesarias para poder hacerlo, ni les corresponde (sobre todo en estos momentos donde es necesaria una reorganización familiar, en medio de la cual hay que priorizar el cuidado de los niños/as frente a sus angustias -que también las tienen-).

Por citar algunos ejemplos, este año, en 6º tengo que enseñarles a los chicos/as a leer y escribir textos expositivos (que son los que aparecen en los libros donde se explican las distintas ciencias), enseñarles cómo desarrollar un tema, cómo se va uniendo una idea con otra, cómo unir o conectar esas ideas que se traducen en oraciones, párrafos; enseñarles a construir redes de palabras para organizar la información leída. En 7º textos más complejos como son los expositivos-comparativos, donde aparece más de una información que se va comparando con su forma de ordenarla; argumentaciones, que implican plantear un punto de vista y desarrollar los fundamentos de por qué sostengo esa opinión, etc. Y ésa es mi función, no la de Uds.

Al mismo tiempo, frente a esta supuesta posibilidad de manejarnos de manera virtual surge otro problema, cuántos de los 56 niños/as con los que me toca trabajar este año tienen conexión y pueden acceder a las distintas plataformas o medios virtuales, bajar la información en sus computadoras (si es que la tienen), o poseen el espacio necesario en su casa para construirse esa rutina de trabajo. Yo pregunté sobre las condiciones de conectividad y accesibilidad tecnológica de nuestros/as alumnos/as para tener datos concretos, reales y ni en la escuela ni en el Consejo de Educación supieron informarme al respecto. Entonces no me parece justo que sólo algunos/as puedan acceder, no estaríamos hablando entonces de una educación inclusiva, democrática y para todos y todas.

Por todas estas razones es que no he enviado actividades a los hogares hasta el momento.

Pero, dado que la cuarentena se está prolongando y parece que retomaremos las clases luego del receso de invierno, creo necesario no perder contacto, y que los chicos y chicas (insisto, no sé cuántos) pudieran acceder a algún tipo de material. Por eso, quisiera hacer una propuesta. Les envío dos direcciones relacionadas con Literatura (con libros)…” Fragmentos de la carta enviada a los adultos/as responsables a cargo de los alumnos/as de 6º y 7º de la escuela primaria Nº 295 de Neuquén capital.

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