La (cada día más) insoportable levedad del ser.

Autor: Seba Alegre

Nisman

1. La identidad esquizoide en la práctica de la conmiseración
¿Qué cosas, circunstancias, acciones y opciones motivan al ser? ¿Es el ser un estado pasivo o un tránsito activo, ejercicio de construcción de la identidad? Preguntas torpes que seguramente hallarán respuesta en otros textos más rigurosos que este. En todo caso, la cuestión del ser ha sido siempre un obstáculo permanente de la filosofía en su larga y agitada carrera hacia el todo, es decir, hacia la materialización de la nada. Descartes pensaba que él era porque pensaba: soy el Señor Descartes porque pienso, y si pienso, existo. El ser aparece determinado por el acto de pensar. Aristóteles, en Metafísica, verá las limitaciones en el ser de acuerdo a que cada ser es idéntico a sí mismo, sin posibilidad de asumir otra condición ontológica más que la propia. El mismo Aristóteles compondrá en Poética un atajo a la posibilidad de flexibilizar ese apretado sayo del ser, un acto identificatorio con las vicisitudes del otro al que habrá de llamar conmiseración.
Decir que me duele la condena que pesa sobre Edipo, conmoverme ante la locura de Áyax, sentir las puñaladas en el cuerpo de Agamenón como si cayeran en mi propia carne, es una posibilidad de acceso momentáneo, de intrusión a otra entidad. Hay una operación que subyace a todo esto: la posibilidad de que quien crea la miseria de, siguiendo con el ejemplo de la tragedia clásica, de Edipo, de Áyax, de Agamenón, determine –en una intencionalidad demiúrgica- esa opción de identificación que nosotros creemos indeterminada y absolutamente libre. Hoy –lejanos espectadores de la tragedia clásica- asistimos a la conmiseración ante cualquier hecho escupido por las pantallas. Allí también vemos en qué manera liviana se produce ese hecho de dispersión ontológica disfrazado de acto libertario y con el sabor huidizo de cierta esquizofrenia colectiva. Y siempre el acto de ser en el centro: dicen Yo soy, indistintamente, la Sociedad Rural, soy –en francés Je Suis- Charlie; hoy mismo a la tarde muchos serán Nisman, optando por ser quien ya no es, o al menos, no está, desdibujando su propia identidad, regalándole a la mano que opera los hilos un ser camaleónico, versátil.

2. El silencio de los lobos.
El título de este apartado me vino de esa novela –El silencio de los corderos- que dio origen a la larga saga que protagoniza el Doctor Lecter. Pero no voy a hablar del silencio de los corderos, a quienes siempre han callado con el cuchillo en el cuello. Quiero hablar de un silencio más atemorizante, el de los lobos.
Primer punto en cuestión –a modo de consejo- desconfíe, querido lector, de cualquier acto de supuesta rebeldía que tenga como protagonista al silencio. Hoy, dentro de un rato, nomás, quienes dicen ser imparciales administradores de justicia, llaman a una marcha de silencio para pedir –paradógicamente- justicia. Usan el mismo recurso que suele usarse por quienes no tienen acceso a la justicia. Lo hacen en silencio porque, o bien, no tienen nada que decir, o bien, no tienen necesidad de decir nada porque cuando necesitan decir algo tienen la palabra como un privilegio exclusivo. Su silencio es –en este último caso- una muestra de soberbia, porque el silencio también fue para ellos un privilegio cuando callaron lo que callaron. Ellos –quienes usted no habrá tardado en darse cuenta que son los lobos de este cuento- siempre tuvieron la posibilidad del aullido con cámaras y micrófonos, hoy marchan en silencio, con el mismo silencio de los lobos antes de emboscar a la presa.
Seba Alegre -Viento del Sur-

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>