¿Interpretación diletante o Transformación militante?

A propósito del artículo: “Sobisch, la neuquinidad y la construcción del enemigo absoluto” de Fernando Lizárraga.

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Es híper conocida la tesis de Marx sobre que los “filósofos se han limitado a interpretar el mundo y de lo que se trata es de transformarlo”. Es híper conocida no porque Marx sea el Eduardo Galeano en nuestra dieta lectora como militantes sindicales; ni menos porque sus famosas tesis sobre Feuerbach hayan formado parte de las más apasionadas asambleas de Aten. Son conocidas porque, entre otras cosas, son citas obligadas en los epígrafes de los artículos militantes, y también, porque operan como epítetos a la hora de finiquitar una discusión entre “militantes” e “intelectuales”.

Ahora bien, esta tesis, surgida al fragor de una fuerte lucha ideológica, en un contexto de aguas bien definidas, y entre intelectuales formados en una tradición que claramente, no es la nuestra, no se puede adaptar así, sin más, a nuestro contexto. Incluso su deriva, de la pluma de Marx a nuestras manos militantes, pareciera haber sufrido una suerte de vaciamiento de sentido, en el mejor de los casos; ya que existe la mismísima posibilidad de haberse invertido su sentido. Con algo de ironía se podría escribir que en nuestra época, “los militantes se han limitado a transformar el mundo y de lo que se trata es de interpretarlo.”

Por su puesto, nadie defendería esta aserción, salvo se esté sumido en un fanatismo obcecado que impide cualquier reflexión.

Está claro que la objeción de Marx a los filósofos de su época es el de haberse limitado, y el de haber preferido la interpretación a la transformación. Transformación vs. Interpretación es una falsa dicotomía para Marx. Y no porque Marx lo explicitara en algún pasaje ignoto de su profusa producción, sino porque Marx lo ejemplificó con su vivencia de intelectual “interpretador” y su militancia  “transformadora”.

En ese círculo vicioso se mueve nuestro mundo de representación militante. Y por suerte, del seno mismo de este micromundo surgen intentos de romper el circulo, de convertirlo en virtuoso, con autores-militantes que se imponen la ardua tarea de comprender, interpretar los hechos con herramientas muchas veces vedadas por el mismo prejuicio de nuestra cultura de protesta.

Y en este estado de cosas es que se produce el cobarde asesinato de nuestro compañero Carlos Fuentealba. Un hecho que trasvasa nuestra experiencia y pone en zozobra nuestros esquemas de lucha y de intelección. Se diría que para muchos, un punto de perdida de inocencia. Después de un hecho así, nuestros modos de interpretar y de responder ante el mundo ya no pueden ser iguales.

Y este artículo de Fernando Lizárraga, toma una de esas postas. La de sospechar que hay algo más allá de nuestras pasionales y a veces triviales interpretaciones de hechos. Sospecha de que nuestras marchas y ofensas no alcanzan si se nos escurre el trasfondo de la gesta de la historia. Y que llegar a comprender, interpretar eso, implica salir del ruedo de las lecturas tradicionales, incursionar en territorio, si se quiere, enemigo, para comprenderlo. En el fondo, Fernando intuye que comprender al enemigo es parte indisoluble del proceso de autocomprensión.
Y hablando de enemigo, el artículo de Fernando Lizarraga atraviesa este capítulo nefasto de la historia de Neuquén, los años de poder de Sobisch, hurgando la simiente de esa ideología a partir de dos autores que toman la categoría de “enemigo” como vitales en la constitución del poder tal como lo conocemos: Thomas Hobbes y el jurista nazi Carl Shmitt.

Pero los simples entrecruzamientos de estas lecturas no hubieran alcanzado sin la meticulosidad febril con la que Fernando ha rastreado los actos, gestos y hasta los discursos, aparentemente, más insignificante del poder. Una actitud militante para dar cuenta de una hipótesis por momento tácita y por momentos explicita; de que el asesinato de Carlos Fuentealba no fue un accidente, un hecho alocado, ni el producto de un día de furia; sino el desenlace de un proceso lógico, lógico dentro de una concepción de poder y de sociedad, de lo que son “los unos” y de lo que son “los otros”, y sobre todo, fue un crimen largamente anunciado, cuya crónica estaba cifrada en los discursos gestuales, corporales y textuales de J. O. Sobisch.

A la luz de las lecturas de Hobbes y Schmitt que hace Fernando, las escenas conocidas, los discursos burocráticos y de ocasión, y los gestos formales del poder se tornan significativos y… escalofriantes… Uno de pronto se encuentra con que detrás hay una tradición que escapa a los mismos protagonistas, como si estos fueran títeres apenas conscientes de los oscuros designios e intereses que deben encarnar.

Por eso, la lectura de este artículo es también tarea militante, en un sentido de conciliación de aquellos dos polos que al principio de esta introducción se nos ofrecía como contrapuestos, interpretar-transformar. Al fin de cuentas la interpretación también es militancia.

Humberto Bas

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