¿Estamos hablando de una revolución?

Cultura fue uno que resonó en todos los medios, desde los diarios y canales de televisión, pasando por las AM y las cadenas de radios públicas, hasta llegar a los más “chicos” e independientes, en todos aparecieron trabajadorxs culturales y artistas reclamando en contra de la inacción de la cartera provincial. El asunto fue y es noticia, porque en esta “era pandémica” la mayoría de la ciudadanía, desde su aislamiento social obligatorio, refrendó de manera vivencial que la producción cultural y artística es algo importante para cualquier sociedad.

A nadie que leyera estas denuncias en redes y medios le costó entender que el trabajo cultural, por sus características “especiales” (quizás “esenciales” sería una mejor expresión), enfilaba como una víctima en el pasillo de la ejecución para posicionarse como uno de los más perjudicados por los dictámenes de aislamiento social obligatorio.

Y eso pasó.

Músicos sin poder ensamblar porque las reuniones están prohibidas por prevención sanitaria (ni hablar de tocar en vivo frente al público), actores y actrices en sus casas sin poder hacer nada, técnicos y productores de salas desocupados a tiempo completo, escritorxs y editorxs sin posibilidad de feriar, baialrinxs sin poder abrir sus academias, talleristas intentando reinventarse a través del universo zoom (los que pueden, algunos –en el teatro, por ejemplo- ni siquiera podrían dar cursos no presenciales), artistas visuales sin exposiciones y fotógrafxs sin eventos culturales ni sociales a la vista. El panorama pintaba desastroso para todxs ellxs.

Y así lo viene siendo.

En esta circunstancia especial que nos toca vivir como sociedad, surge un discurso válido, realista, que es el que señala que no hay “ensañamiento” con ningún rubro en especial, sino que son casi todos los sectores sociales los que se verán damnificados por esta coyuntura fatal. Con este razonamiento se señala que el tránsito ha de ser dificultoso y cuesta arriba para casi todo el mundo, evitando con esta lógica una reacción sobredimensionada; pero si seguimos este hilo, no podemos soslayar tampoco que de esta realidad surge también otra, más social, e igual de real: la voz que se alza y le reclama al Estado una reacción veloz. El mandato soberano exige e indica que las “buenas intenciones” deben transformarse en acción inmediata.  

¿Cuánto debe demorar el Estado en reaccionar y estar presente frente a las necesidades que le tira a la cara la pandemia? Esa es la pregunta del millón. En todas las maneras posibles de responder esta pregunta, analizando el asunto desde cualquier posición (conservadora, progresista, directamente socialista), la respuesta correcta pareciera ser solo una: rápido.

Aquí –en el ítem “velocidad y capacidad de reacción”-  tampoco hay manual escrito, pero la lógica dicta que si ya tenés más de un periodo en el ejercicio de la función pública, como lo tiene el gobierno neuquino actual, y has “entendido” las necesidades de cada sector que gestionás, no deberías tardar demasiado en reaccionar para cubrir necesidades esenciales durante esta pandemia, o en cualquier otra situación extraordinaria. Eso en la teoría, claro.

A juzgar por la constante presencia de reclamos de diferentes referentes y colectivos de los sectores independientes de la cultura -todos ellos detallados y fundamentados- que han inundado las redes sociales de lxs neuquinxs y los medios de comunicación más importantes de toda la región, hay algo que no termina de cerrar en la manera en la que el ejecutivo neuquino está llevando adelante lo que el gobernador ha definido en muchas oportunidades como “una revolución cultural”.

Esta apreciación crítica que ha comenzado a sonar como voz fuerte, que pareciera algo meramente valorativo, se convierte en algo tangible y se constata en todo su peso negativo cuando se revisa con algo de detenimiento cuál fue la red de trabajo que el Ministerio de las Culturas había tejido con la comunidad artística de toda la provincia antes de que comience la pandemia. Allí, observando detalladamente que es lo que se había hecho, bien puede estar la respuesta a la falta de contención actual y al reclamo que esta inasistencia generó, genera y generará en la comunidad cultural neuquina.

Quizás muchas de las medallas que la actual gestión cultural detenta en público, como la consolidación de algunos festivales de música anuales, la de otros festivales de teatro -también anuales- la realización de exposiciones audiovisuales en corredores culturales, y la elaboración de una red de menos de una cuarentena de talleres en toda la provincia (programa éste que, durante la pandemia, y a raíz de los duros reclamos efectuados al Ministerio, ha recibido múltiples críticas y denuncias de talleristas que decidieron retirar su fuerza de trabajo del plan durante 2018 y 2019, decepcionados por la demora interminable en los pagos o por la acción de desgaste y abandono), no son un andamiaje concreto de relación con la comunidad artística, por lo menos no lo suficientemente sólido como para que, cuando llega la tormenta, los flancos más importantes queden cubiertos.

Lejos de una revolución, claro.

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