Entrevista a José Chiquito Moya

Autor: Humberto Bas

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Hablar y escribir son registros diferentes. Un buen orador no necesariamente es bueno escribiendo de lo que habla. También a la inversa. Hablar y escribir como un continuum es una rara virtud, y obviamente, si traje a colación en esta introducción de la entrevista a José Chiquito Moya, es porque esa extraña virtud se da en él.

Y no me refiero a orador de estampa que desde un púlpito arenga o sermonea, a lo Trotsky o Lenin; sino el orador murmurador, el orador narrador, el orador hablador que ante una mirada o unos oídos, y vaso de vino por medio, es un carretel sin fin que hilvana historias, reflexiones, sarcasmos, ironías y por qué no, enseñanzas. Y me refiero al escribiente que ante la excusa de un recuerdo, o de una inquietud acuciante, política, social o afectiva, opera de la misma manera, a tal punto que diferenciar el leerlo o escucharlo implica un ejercicio de discernimiento.
Pareciera ser que el juego de partida doble del Gran Chiquito es la resignificación del apotegma de Arquímedes: dadme una excusa y hablaré del mundo; y encarnar esa lúdica entidad de cleptómano marxista: nada le es ajeno. Lo que sigue, a modo de entrevista, no es más que una muestra gratis de todo los escrito, ¿o dicho?, en esta intro….

* ¿Podrías darnos un testimonio de que has nacido alguna vez y en algún lugar, y que tuviste infancia y que has hecho cosas como un pantallazo biográfico biodegradable?
-Nací allá por los 47 del siglo pasado. Casi setenta, ahora. En un pueblo de la provincia de Bs. As. de cuyo nombre no quiero acordarme.
Calculo que debo mi enfermedad por la lectura a la de mi vieja, que se leyó toooooda la biblioteca de mi pueblo (que originalmente se llamaba nada menos que Carlos Marx, imagínense uds. en parte porque era muy amiga de la familia que cuidaba la biblioteca y sacaba por izquierda, en parte por algún legado socialista que heredó del padre, mi abuelo tano, en parte por disponer del tiempo necesario y suficiente para desplegar el arte de leer. O sea que la vieja disponía de todo el tiempo del mundo. Que bien. Cuando digo toda me debo estar acercándome a la verdad. O sea. Se leyó prácticamente toda la colección El Séptimo Círculo creada por los inefables Borges y Casares. Me consta yo tendría 10 años. Severamente adicta al policial. Pero también a Dostoievski, Gogol, Gorky y todos los rusos escribientes. La siguió con los franchutes … y así.
Lamentablemente era muy pibe como para intercambiar con la vieja. Sospecho que leía compulsivamente.
Empecé a escribir relativamente “en serio” a los doce. En parte alentado por un par de profes de literatura que me dieron manija. Escribía cuentos y debo haber publicado algo en folletines. Con uno de ellos se armó la podrida en quinto año. Se llamaba La cruz blanca y vendría a ser mi introducción al ateísmo contumaz.
A los quince con unos amigos empezamos a editar un folleto enrolado en el así llamado Revisionismo Histórico. Salieron un par de números, pero con cero elaboración. Nos limitábamos a copiar textos de J. M. Rosa, Palacios, y otros ñatos, los más nacionalistas derechosos. El grupo se rompió entre Tacuaras y peronistas. Yo, medio en el medio. Como corresponde.
Lamentablemente mis primeros escritos, cuentos y algunos poemas, se perdieron definitivamente. Me los afanó una flaca que no tuvo mejor idea que, junto a otro delirante también amigo mío, secuestrar un avión desviándolo a Cuba. Terminaron en cana porque para esa fecha el Fidel ajustó su política en ese sentido. Mis primeros pobres escritos sufrieron raros derroteros.
Tendría que datar el 80 la fecha en que empecé a escribir con cierto rigor. Eso sí lo conservo tal y como salieron, en manuscrito y a la sombra. Falta terminarlos, pero uno de ellos podría ser una novela.
Pero fue recién en el 2000 que cediendo a la insistencia de un amigo, presenté un cuento al concurso que por entonces patrocinaba la Fundación del Banco Provincia del Neuquén. Salí premiado en el segundo puesto. El cuento se llama El Eterno Regreso (suena a Nieztche) y forma parte de una pequeña colección de cuentos, en el marco del laburo que tuve en la represa Piedra del Águila en los noventa, los mismos que después fueron artesanalmente editados como Sueños de Hormigón.
Después vinieron QTH Zanón; Sueños en Rojo y Negro; la serie Bodoque, Detective de Barrio y Taxi Bomba, el último en ver algo de luz.
Tal vez algo que mi amigo Edi (Eduardo López, el Edy) señala en broma, respecto a que últimamente se consideran parte de la cosa literaria los escritos políticos, ensayos y demás, tenga algo de relevancia. Perdí la cuenta de mis escritos estrictamente políticos, sobre todo los volantes llamados “de emergencia” ante situaciones generalmente desesperadas, salidos de mi mano raudamente. Todavía me acuerdo de algunos bastantes insolentes, como corresponde. Creo que gustaban porque rompía con la parafernalia izquierdista de uso corriente. En fin.

* Más allá otras pasiones, quienes te leemos y te escuchamos percibimos en tu vida dos grandes pasiones: la política y la literatura (dejamos afuera otras como el vino, el ajedrez, el piano… etc). Y cuando digo política, hablo de la militancia, y cuando menciono la literatura, hablo de la escritura… ¿Cómo conjugás cotidianamente ambas pasiones?
-¿Cómo diablos se conjugan ambos berretines? No tengo idea. Calculo que no son estructuras que se contengan una a otra y viceversa. Más allá de mi “parate” en la militancia, mal llamada “organizada”, desde mediados de los noventa, seguí hasta hoy con la cosa política sindical, solidaria, etc. con los altibajos tan típicos en la actividad. O sea que no puedo imaginarme fuera de ese lugar. Igual que en la literatura, no puedo imaginarme sin escribir y leer. Aunque no sé por qué no me sale decir que “son dos aspectos” de mi vida o vitales. Seguro que hay unos cuántos más. La pregunta podría ser: si me condicionan, o cómo se condicionan estos así llamados aspectos. Por ejemplo: entro al laburo (a la fábrica) a la mañana; se hace la ranchada del mate temprano; el Capo -un chileno verdaderamente desproporcionado- empieza con la sanata de siempre improvisando pequeños chistes, anécdotas graciosas que nos embelesan a todos; sé que tengo que grabarme todo esto para llevarlo al papel, si es posible esta misma tarde; no puedo hacerlo, me parece un plagio grande como una casa. El mecanismo funciona igual en otras situaciones, digamos más políticas o de mayor relieve social, al parecer trascendentales. En fin, de entrada en la entrevista mediática, me sale todo el entripado de adentro. Vamos a ver cómo encaro el resto de las preguntas.

* No es lo mismo militar y escribir en los setenta como en la actualidad, tampoco uno es el mismo en ese largo periplo. ¿Qué encontrás de común y qué de diferente entre ambos experiencias de tu vida militante y literaria?
-En los sesenta (permítaseme diferenciarlo de los setenta aunque sería muy denso encarar semejante tarea ahora y aquí) escribir (y por qué no leer) era una pérdida de tiempo. Ya lo haríamos a lo grande en gigantescas plazas calefaccionadas, a cargo de maestros filósofos, y generales guerrilleros, una vez tomado el poder, mundialmente, claro está. Mientras tanto, leer y escribir era una actividad básicamente pequeñoburguesas y se desarrollaba clandestinamente hacia adentro de la organización. Poco a poco esa ecuación se fue alterando (por lo general sin que nos diéramos cuenta) y lo literario se fue blanqueando y “mirá que lindo que escribe este compañero”. En el periódico del partido del fin del 74, se publicó un poema mío y me nombraron el poeta-cuadro militante del año. En fin. Lo primero (a veces único) que leía de aquel periódico trosco ortodoxo, era un pequeño box que se le había asignado al compañero Cayetano Bollini (Juan Carlos Brocatto, un grande fallecido hace un tiempo) que era de un gran humor profundo y ácido, pero también cálido. Como puede verse tampoco vivíamos en la estratosfera. Apenas a un par de cientos de metros del piso, no más.
Hoy estoy tentado a creer que es mucho lo que se puede hacer desde la literatura hacia la militancia, aunque habría que sortear las tentaciones malignas clásicas como lo de bajar línea, y otras. Así y todo, sospecho que ambas esferas están más cerca una de otra. Hay que tomar en cuenta que mi formación trosca instituía (leer el Manifiesto Surrealista firmado por el Viejo) romper con el Realismo Socialista, tan estalinista él.
Pero para responder cabalmente a esa pregunta tendría que estar militando ahora, que, como queda establecido ut supra, no es mi situación.

* En tus novelas y tus aguafuertes se conjugan cierta dolida ironía respecto a las luchas sociales y la tradición de la militancia de izquierda, y al mismo tiempo, siempre está presente un toque de optimismo a prueba de derrotas. ¿Ese tono siempre estuvo presente en tus escritos o los acontecimientos fueron dejando su huella en el tono de tu escritura?
-Ante todo debo confesarme un optimista incorrecto. A pesar de las palizas que a nivel mundial y porque no local, nos vienen dando, los del norte y los de arriba, creo que muy a pesar de “ellos” y de “nosotros” la cosa humana se va deslizando hacia mejores horizontes. Pero es difícil de explicar. Habría que tener la cabeza abierta (cosa fácil de escribir pero no de hacer) pararse en puntas de pies, y ver a futuro. Nos están bombardeando, insultan nuestra inteligencia, quieren generar una nueva raza de primates empadronados, celebran la estupidez. En fin, gobiernan. Pero, como decía el gran maestro, hay que ver los fenómenos en su dinámica. Sé que hoy hay más gente que sabe pensar que la que había antes. Es como decir que antes la gente no sabía leer y hoy cada vez más sí. Jack London imaginó una huelga general mundial en su Talón de Hierro. Encima fue exitosa. Yo digo: ¿por qué no podemos intentarla? Esta idea que cayó el otro día del paro latinoamericano ¿sonó estrepitosamente a locura?
La ironía es como un lubricante. Puede no estar y no cambiaría nada, no hace a la esencia. Pero la vida sería muy aburrida sin la paradoja de recordarnos constantemente que es la principal causa de muerte. La ironía, el cinismo o el sarcasmo (no sé si son lo mismo) pueden, sin embargo, ocultar el verdadero significado del mensaje, si lo hubiera, o el sentido que dice proponer formalmente. Calculo que en ese caso de ironía se transforma en mala leche. Lo sé porque caigo en ese pozo más seguido de lo aconsejable.

* Se podría decir que tu registro o género es el policial, aunque no el negro ni tampoco el rojo, sino el policial social o policial combativo, anclado en la región patagónica…A tal punto que los estudiosos de tu obra han dicho que sos el creador del Policial Patagónico, con personajes paradigmáticos como el Tachero Scaniadua y el Inspector Bodoque. ¿Qué relación tiene tu escritura y tus personajes con los grandes referentes del género como Hammett y Chandler entre otros?
-Me confieso un fanático del género policial en general, y del negro en particular. Mis héroes son Philip Marlowe, Pepe Carvalho, Sam Spade, Etchenique, Mario Conde, Belascoarán, y otros. Debe ser por el enamoramiento que de niño tuve con Vito Nervio y Dick Tracy, que no daban exactamente con el género, pero parecido. Igual resulta curioso cómo este género está ganando cada vez más terreno (es un decir). Es probable que aquella ficción del crimen, la estafa, el cohecho y otras humedades que son las que en general sostienen las historias policiales, se encuentren más incorporadas a nuestra normalidad cotidiana.
Lo del patagonismo policial tiene lo suyo. Algo de Bairoletto, de un anarquismo a caballo, de una soledad individual enfrentada a una tundra geográfica y cultural, pone un marco a una rebeldía necesaria, violenta, vindicatoria. En el caso de mis personajes (casi es el mismo, solo que el Mudo está a caballo del Duna amarillo y el pobre Bodoque en su Siam 125) son, más que investigadores, unos observadores “activos” de la realidad circundante. Un pie en la legalidad que supimos conseguir y otro en la ilegalidad de la que no quisimos salirnos. En un estado de violencia latente. Pero lo patagónico también viene a cuento por lo de la respuesta humana a la tundra. Puede ser multitudinaria y a punto de estallar, como en Piedra del Águila, o cortando picadas entre jarillas, o acercándose a los así llamados “originales” todo lo que ellos acepten. El patagónico, incluido el que recién hace unos treinta años cae por acá, no ha abandonado definitivamente los años del medio siglo pasado. Todavía muchas calles son de tierra, las personas te dicen “buen provecho” cuando te ven comiendo, la gente de los barrios camina a falta de colectivos, el viento está incorporado al torrente sanguíneo, muchos funcionarios son ex-vecinos, las piedras siempre están cerca de ser lanzadas para alborozo de la policía. Incluso hasta las provincias son menos provincias. Me perdí. Sí, todo lo que en Chester Himes era sudor mal oliente, en Scaniadua o Bodoque es sequedad.

* Recordando episodios de alto vuelo lírico, y también lúdico, como la escena de una asamblea de Obreros en “Sueños de Hormigón”, y “Spassky en el Tablero” de Sueños en Rojo y Negro”, parece ser que para vos lo fantástico es el lugar de la utopía social… ¿Cuánto hay de biográfico en estos relatos y de qué manera el relato no se detiene en lo meramente biográfico?
-Yo diría que la utopía para ser utopía tiene que ser social. Lamentablemente llegué tarde a Neuquén para ser parte de la caminata de Piedra del Águila en el 86, pero igual me apropio de la idea de lo fantástico posible. Después de Piedra (como a principios del 60 El Chocón) cualquier fantasía delirante puede vivir cómodamente instalada entre nosotros, hablando de las utopías reivindicativas. Es un germen.
En cuanto a lo mío es descaradamente biográfico. Casi me copio, dándome el lujo permisivo de corregirme -en la ficción- mostrando facetas nunca desarrolladas de pura fiaca o simple incapacidad. Es como la memoria que selecciona cuidadosamente borrando errores aquí y allá, solo que sería como una memoria futura. Claro que a veces, demasiadas, tengo problemas con mis personajes. Sin ir más lejos intenté desprenderme de Bodoque que se me hacía medio abusivo, literariamente hablando, y el personaje se impuso en toda su línea dejándome en ridículo (leer el último Bodoque: Toda la plata es robada) Y puedo asegurarles que no es demagogia.
Otro tema es que es el contexto el que reclama ciertos personajes y sus aristas. En plena dictadura, por ejemplo, donde el género negro era el oficial, no se podía responder a la violencia mostrando la otra mejilla cristiana. Es interesante pensar en cómo tendrá que evolucionar, es un decir, Bodoque en este nuevo país que supimos conseguir en el sanctasanctórum de la democracia también conocido como voto universal. Nuestros personajes tienen la doble tarea de justificarse y justificar al ñato que lo escribe.

* ¿Cómo veían tus compañeros de militancia al escritor que eras entonces? ¿Y cómo ven actualmente a un militante tus compañeros de ruta en la escritura?
-En Neuquén tuve la increíble suerte de caer en un grupo delirante de creadores y autores conocido como El Cascotazo (editorial El Fracaso) de merecido renombre y nostalgia. Técnicamente debo a este grupo mi propia producción y contar con la valentía necesaria que necesitamos para salir del anonimato. Cuando era pibe y militaba a 120 kilómetros por hora y escribía en las servilletas de los bares esperando la cita correspondiente, mis compañeros me miraban con cierta compasión y por qué no con una cuota de envidia. Pero no te premiaban por esa pequeñoburguesada. Básicamente siguió así aún después de aquel “blanqueo” promocionado por el genial Bollini. Hoy, mis compañeros de tareas, por ejemplo el grupo de buenos trabajadores ceramistas de la increíble Fasinpat, en la que brindo mis saberes de tornero, sabe que escribo pero no les da por leerme. Tengo que preguntarles porqué. Tengo la impresión que mi producción está excesivamente contaminada de izquierdismo, pero es algo que no puedo remediar. De todas maneras y gracias a mi amigo escritor Pablo, que cumple como docente en la secundaria que funciona en la cárcel, tuve la oportunidad de charlar a calzón quitado -como dicen que dicen los españoles- con los así llamados “internos” de todas estas cuestiones literarias y no literarias. Espectacular. Aunque mi Bodoque (que a estos muchachos les cayó como un virtual héroe) no hubiese servido para otra cosa y otro público, después de esas charlas puedo decir que cumplió sobradamente con las expectativas de su autor.
Y finalmente no podría no señalar en esta reseña a mano alzada, el hecho de que quién fuera (y de alguna forma lo sigue siendo) mi principal maestro en la militancia, Nahuel Moreno, cuando advirtió mi placer por la lectura (e intuyó por la escritura) lejos de tratar de amaestrarme me dio manija. Lamentablemente no pude aprovecharlo en ese aspecto. En el party todo estaba muy teñido de conquistas inmediatas, resultados urgentes. A lo mucho se leía a London porque al viejo Trotsky le había caído bárbaro.

* ¿Qué lugar ocupa en tu escritura la lectura? ¿Qué obras o autores/as crees que han influido en tu pulso de escritura?
-Leo compulsivamente sin mayor exigencia. Mi horizonte de lectura es de 360 grados. Tengo preferencia por varios autores que evidentemente me han influenciado gracias a Dios. Oesterheld, London, Poe, casi todos los rusos clásicos y los franceses con Víctor Hugo a la cabeza, lógico. Descubrí tardíamente a Saer, recuperé de mi escarnio a Sarmiento, y nunca pude reemplazar mi biblia: la Historia de la Revolución Rusa de León Trotsky. Ni deseo hacerlo.

* ¿Cuál o cuáles serían tus mayores fantasías respecto a tus obras? ¿Qué se edite en ruso, que se lleve el cine? ¿Rechazarías el nobel por provenir de una institución burguesa?
-Mi mayor aspiración es que alguno de estos ñatos que hacen películas me descubra y quede deslumbrado. Eso sí, si tienen que representar al Mudo Scaniadua o al Bodoque no me bajo de Darín. Y lo del Nobel lo rechazo. Solo caigo preso de aquellas utopías revolucionarias que pueden darse en esta vida.

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