Enseñar Derechos Humanos en la escuela

Cuando abordamos el pasado, de alguna manera, respondemos a las demandas de un presente. En efecto, para F. Hartog (2010), el interés por el presente ha sido el signo distintivo de la historia, aunque historiadores de dogmáticas tradiciones se hayan “olvidado” de ello en no pocas oportunidades.

En palabras de J. Ranciére (2010), la respuesta a esta demanda puede ser diferente: a veces un conflicto (el de Irak por ejemplo) que obliga a tomar partido y explicar las razones del mismo, acontecimientos de importancia variable (desde una ola de calor hasta la más inquietante investigación sociológica), o aniversarios (el 24 de marzo entre otros tantos) que invitan a realizar algún balance en función del contexto.

En este ejercicio, identificamos la singularidad de un momento político y tratamos de dibujar el mapa del presente que este momento supone. Doble ejercicio que en la escuela se asume con más crudeza y celeridad que en el ámbito académico. Las prácticas de enseñanzas derivan, en varias ocasiones, en respuestas vertiginosas a los cambios y rupturas de la vida social. Necesitan de una manera de describir la situación común y una manera de “contar” que se oponga a otras de manera significativa. Manera que contribuyen a la construcción de determinados momentos, determinadas construcciones de escenas de dissensus, que asumen la tarea de enfrentar la tensiones nacidas de la vida democrática y del carácter conflictual de la política.

En los momentos políticos que vivimos, enseñar historia reciente en la escuela resulta una apuesta, enseñar Derechos Humanos una urgencia necesaria. Desde las últimas tres décadas, sino menos, existen textos, prácticas, interpretaciones, saberes que se articulan entre sí y definen el campo polémico de lo reciente a partir del cual se construyen mundos posibles.

Ello ha sido el resultado de un creciente interés de historiadores y/o profesionales por un objeto –la historia reciente- cuyo dominio aparecía como casi exclusivo de cientistas políticos, sociólogos, periodistas o economistas. En este proceso, el campo educativo en general y la enseñanza de la historia en particular se han visto estimulados por este movimiento de reconsideración política, académica, pedagógica y editorial.

En este escenario, la indudable consideración que se deja en el tintero y todavía sin resolver se refiere al problema sobre en base a que criterios organizar la enseñanza de determinados contenidos de la historia reciente/presente.

Una vez asumida esa dificultad, con lo que nos encontramos es con un abanico de opciones, algunas simplemente esbozadas pero otras en gran medida por construir. Y en esto reside una de las apuestas más fuertes del docente que asume la enseñanza de lo reciente en la escuela dando relato y respuesta a los carteles e interpretaciones que asimilan nuestros estudiantes en su vida cotidiana.

Dentro de este abanico, me inclino por desandar algunos de los fundamentos para la enseñanza de los derechos humanos como concepto que contribuye a dar respuesta a esa demanda en nuestro país.

Los derechos humanos han marcado una fuerte impronta en el devenir de la historia reciente de la Argentina. Vale recordar también que su existencia precede en nuestro país al mismísimo terrorismo de Estado y que su vigencia sostenida trabajosamente en el ámbito de lo público –a través del accionar de diversos organismos centrados en su promoción y defensa como a través de las diferentes discusiones político/públicas sobre su vigencia- no ha dejado de ser una deuda pendiente en el marco educativo y la enseñanza de la historia de nuestro país.

A ello se agrega el hecho de que los derechos humanos no se han constituido aún como contenido escolar de nuestras prácticas profesorales con la misma propensión con la que hacen sus “referencias” a los mismos las editoriales escolares (Aique, Santillana, Puerto de Palos). Por un lado, su presencia aparece fuertemente vinculada y reducida a la efeméride que debe abordarse en el marco del aniversario anual del último golpe de Estado de 1976, y por otro ver en las propuestas editoriales no una ausencia sino una simplificación. La presentación editorial asocia comúnmente los derechos humanos a imágenes que reducen toda su carga valorativa y conceptual a las violaciones y el terrorismo de Estado durante la última dictadura. Si bien este es un eje importante, los derechos humanos son vistos mayormente como mero complemento o efeméride de un contenido centrado simplemente en describir los horrores del proceso dictatorial. En este caso, la lógica de la efeméride evoca según F. Lorenz una dificultad significativa: ¿es suficiente la reflexión desde la mera denuncia o la condena? La negativa aparece como respuesta con mayor peso.

Por otra parte, es preciso señalar que la Argentina de hoy no ha dejado de necesitar la edificación imperiosa de una cultura de los “derechos humanos” esencialmente a partir de su enseñanza: ¿Qué presencia tienen en nuestras planificaciones? ¿cuál en nuestras prácticas profesorales? Y en esta perspectiva, ¿cuál ha de ser el rol que debe tener la enseñanza escolar de los derechos humanos?

No considero los derechos humanos como simples enunciados teóricos o de principios para la enseñanza. Prefiero considerarlos además como una práctica política1devenida en apuesta conceptual. Indudablemente, enseñar derechos humanos es enseñar derechos. Pero también es enseñar más que eso. La perspectiva abordada requiere reconsiderar la tesis expuesta por Marx2 sobre los derechos como ficciones que tienden a formalizar –y por ende a ocultar- las desiguales relaciones de explotación dentro del orden burgués como impronta esencial para la vigencia de la sociedad capitalista. Si los derechos del hombre y el ciudadano3, producto de la revolución francesa de 1789, ponían de relieve un discurso de los derechos como inherentes al espíritu de la sociedad burguesa y con ello la desvalorización de los mismos, la polémica que nos impone desde entonces y en la actualidad con renovada vigencia es la consideración de los derechos humanos como constitutivos de la sociedad democrática.

Estos derechos no son mero reflejo de la formalidad ni se centran en la depreciación del derecho en general cuya esencia según Marx separa el individuo del ciudadano y sostiene fatalmente a ambos en la esfera de una rotunda abstracción o ilusión de la realidad. Los Derechos Humanos no disimulan un sistema de dominación sino que son constitutivos y necesarios para la lucha contra la opresión que se engendra a partir de él. Su lugar en nuestra realidad aparece demostrando un valor propio en el marco de un sistema democrático.

No es preciso desprenderse sino más bien revisar la tesis marxista intentando en este sentido superar la negación a pensar lo político. Y este ejercicio no equivale en ningún sentido a desprenderse de la problemática de Marx. De otro modo, estaríamos pensando en que los problemas que tienen que ver con la injusticia, la desigualdad, la alienación, etc., quedarían. Esta falacia ya de por si es descartada.

Según Carlos Riquelme (2002), Marx parece desconocer el alcance práctico de la declaración de los derechos al punto de no considerar que a partir de los mismos “toda acción humana, en el espacio de lo público, más allá de la forma en que la sociedad este constituida, inevitablemente ligará al sujeto con otros sujetos”4. En esta negación del reconocimiento del otro y de las relaciones con el otro del análisis histórico de Marx se asienta precisamente la potencialidad de los derechos humanos como categoría fundante de una reflexión distinta sobre lo político. Y con ello, que los derechos humanos son unos de los principios generadores de la democracia.

Desde esta perspectiva, hay que agregar que los derechos no pueden disociarse de la conciencia que de ellos se tiene. En la promoción de esa conciencia contribuyen y se encuentran, según Claude Lefort (1986), el avenimiento de maneras de pensar y de expresión que aportan el florecimiento de las reivindicaciones y las luchas por aquellos derechos que hacen fracasar al punto de vista formal de la ley5. Esto significa elevar a la reflexión una práctica que se despliega desde distintos ámbitos de la sociedad civil y que se aprecia solo en función de las posibilidades que ella ofrece de modificar o trastornar las relaciones de fuerzas entre los grupos políticos y la organización del Estado. Luchas que no necesariamente se circunscriben a las exigencias y la historia de los partidos y que muestran claramente la idea de una transformación de la sociedad por movimientos consagrados a su propia autonomía. En nuestro país, la experiencia de más de dos décadas de la casi mayoría de los organismos de derechos humanos y –particularmente- Madres de Plaza de Mayo puede enfocarse en sus luchas y reivindicaciones desde esta óptica.

La preocupación por estas luchas y reivindicaciones, inspiradas en el Estado de derecho pero que hicieron y hacen fracasar el punto de vista formalista, son las que nos permiten interrogar a la democracia. En este ejercicio a partir del derrotero de los derechos humanos de lo que se trata es de encaminar nuestro enfrentamiento radical con el Otro, el Otro al cual reconocemos y con el cual nos reconocemos. Es en este sentido, un planteo desde la perspectiva de la otredad y enfocado desde una ética del reconocimiento del otro.

Thierry Iplicjian (1997) establece –retomando el planteo que hace Platón en la República- que la política es “el campo de tensión que se crea en la articulación de lo que el llama las pasiones de la Psique y las pasiones de la Polis, es decir del Alma y la Ciudad, o lo que nosotros entenderíamos como el lugar en el que se encuentran la subjetividad con el campo de lo social. Son las regulaciones de este choque cuando hablamos de derechos humanos. Postulo entonces que solo es posible abordar la dimensión de los derechos humanos si logramos abarcar las complejas relaciones que se establecen entre sujeto y poder”6. Desde este planteo, lo que debe ser pensado y abordarse son las relaciones y los lazos que me unen con el otro. Reflexionar sobre las rupturas del lazo de identificación con el otro. En este propósito central debe encuadrarse y sostenerse una educación, y con ello una enseñanza, centrada en los derechos humanos. Estos deben concebirse “como esa parte de la ética que, más allá de los vaivenes jurídicos, políticos, socales y culturales, apunta a plantear un horizonte de resolución a las relaciones, siempre conflictivas, que se establecen entre los sujetos”7.

En el marco de esta concepción, hay dos categorías a partir de las cuales se adoptan comúnmente posturas en este ejercicio de enfrentamiento y reconocimiento del otro. Ambas retomadas de Aristóteles en su política, una es la del idiota, la otra es la del ciudadano. El idiota, del griego Idion, es aquel que no se involucra con los asuntos de la Polis, aquel a quien los asuntos de sus conciudadanos no lo afectan y vive en la indeferencia. El problema principal del idiota radica en su absoluta ruptura del lazo con el otro, ruptura del lazo social que ataca lo humano. Opera en esta postura una clara negación y desconocimiento de la entidad del otro y de la esfera de discusión pública. Si entendemos la ética como una práctica situacional que no tiene tanto que ver con los resultados de un acto sino con lo valores puestos en juegos en ese acto, el idiota sostendrá aquellos valores de un sistema en el cual las cosas, los objetos, son considerados como tales en base a su utilidad. Esto es, una ética mercantilista.

Por su parte, el ciudadano es el único que pude generar una corriente de empatía en la que se reconoce en el otro. Es el que es capaz de abolir la distancia con el otro. ¿De que otra forma nacieron los organismos de derechos humanos sino de este ejercicio? El trabajo en Derechos Humanos es a partir de esta ética un asunto de ciudadanos. Madres, Abuelas, Familiares e Hijos, entre otros, nacen reconociendo la entidad de sus otros: busco a mi hijo, nieto, hermano, padre. El ciudadano toma en consideración que existe otro y le reconoce existencia. Le reconoce una identidad en común más allá de cuán diferente a él sea. En este ejercicio, desarrolla una política con respecto al otro reconociendo además que existen determinados límites éticos que no pueden ser rebasados. A esos límites Iplicjian prefiere llamar Derechos Humanos. Limites para la defensa y sostenimiento de ese lazo de identificación social.

Por esto, los Derechos Humanos son un asunto más de ciudadanos que de idiotas, a los que todavía hay que advertirles sobre la inconveniencia de una reducida lectura formal sobre los mismos. Y su enseñanza, en definitiva, una urgencia necesaria si pensamos dar respuestas educativas y disciplinares desde la escuela.

Prof. de Historia. Docente de nivel medio. Investigador de la FaCE-UNCo.

1 Recomiendo la lectura de Riquelme Carlos, “Los derechos humanos como práctica política” en Cyber Humanitatis, Revista de la Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile, Invierno de 2002.

2 Ver Marx Carlos, La cuestión judía y otros escritos, Cs Ediciones, Bs As, Argentina, 1999.

3 Y desde esta misma lógica podría leerse también la posterior Declaración universal de los derechos humanos de 1948 y las sucesivas Declaraciones Internacionales.

4 Ver Riquelme Carlos, Op. Cit., p. 6.

5 Ver Lefort, Claude, La cuestión de la democratie en Essais ser le politique (XIXe-XXe siécles), Editios du Senil, Paris, 1986. El filósofo francés sugiere que los “derechos humanos” deben ser interpretados como “derechos a relaciones humanas”, por ejemplo, la libertad de movimiento, la libertad de expresión, la libertad de contribuir a satisfacer las necesidades y exigencias de la colectividad, la libertad para resistir, etc. Todos estos derechos no tienen por efecto separar y aislar a los individuos: ellos participan más bien en el fortalecimiento de las relaciones humanas. Gracias a esta función de comunicación entre los seres humanos, los derechos humanos concurren para establecer un mecanismo de regulación política específico fundado no en el Estado, sino en “instituciones públicas no gubernamentales”. Estas “instituciones” contribuyen, entre otras cosas, a regular la vida en común y a fundar una legitimidad al buscar el equilibrio entre los intereses privados, públicos y sociales. Sin embargo, ello no supone la negación del papel del Estado; éste se convierte, simplemente, en un protagonista entre otros.

6Ver Iplicjian, Thierry, “Hacia la construcción del otro”, en KO’AGA ROÑE’ETA se.viii, http://www.derechos.org. 1997. p. 3

7 Iplicjian, Thierry, Ibidem., p. 2.

1 thought on “Enseñar Derechos Humanos en la escuela

  1. Muy bueno, altamente recomendable. Gracias a la Educación pública y a adocentes comprometidos con la realidad que permiten y llevan adelante estos proyectos. Felicitaciones!

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