El temor a perder privilegios.

En torno al izamiento de la wenufoye en la Universidad Nacional del Comahue.

El próximo 21 de junio se izará en la Universidad Nacional del Comahue la wenufoye, la bandera de la Nación Mapuche. Tal como sucedió el año pasado en esta misma universidad, e incluso en otros espacios institucionales, será un acto de reivindicación identitaria y cultural que vuelve a realizarse con un fuerte apoyo de amplios sectores de la sociedad, aunque no sin resistencias y expresiones de oposición claramente discriminatorias y racistas. Esta vez, fueron el senador Miguel Pichetto y el legislador rionegrino Juan Martín quienes salieron a cuestionar esta acción, rápidamente secundados y amplificados por los medios hegemónicos que, desde hace largo tiempo, vienen imponiendo a lo mapuche como el nuevo enemigo a combatir

Esta reacción no es -qué duda cabe- un destello en el cielo sereno. Se inscribe en un proceso de mediana duración que terminó de tomar forma durante la gestión de Mauricio Macri bajo la tutela de Patricia Bullrich al frente del ministerio de Seguridad, y que se vuelve inteligible dentro del fenómeno de larga duración de represión, desalojo y despojo territorial -y cultural- que viene padeciendo el pueblo mapuche, con sus propias especificidades, a uno y otro lado de la cordillera durante los últimos 140 años. Una reacción que a primera vista podría ser calificada de supina ignorancia frente a los verdaderos argumentos que, más allá de sus diferentes estrategias de resistencia y lucha, lleva adelante el pueblo nación mapuche. 

No es la primera vez que sucede. En 2014 una controversia similar se produjo cuando en San Martín de los Andes el Ejecutivo municipal propuso izar oficialmente la bandera Mapuche junto con las enseñas argentina y provincial en la plaza principal de esa localidad y un grupo de ediles (apoyado por un sector no menor de vecinos) se opuse vehemente. Una iniciativa que sin dudas debiera haber sido vista como un acto de justicia y de parcial –muy parcial y limitado- reconocimiento histórico, como lo era que la wenufoye ondeara en lo alto de un mástil cordillerano, sin embargo fue interpretado por los segundos como si se tratase poco menos como un acto de secesión. Una medida absolutamente legítima en términos históricos, y completamente legal en términos jurídicos, fue percibida -como ahora- como una afrenta. 

¿Por qué surgen expresiones discriminatorias como estas, tan cargadas de odio y racismo? Quienes organizan esta actividad desde la universidad no demostraron ni expresaron en ningún momento actitud discriminatoria o segregacionista alguna, sino todo lo contrario: hicieron pública su invitación a toda la comunidad a participar de dichas actividades ¿Por qué aparecen tan rápidamente posicionamientos condenatorios, autoritarios y excluyentes como el de estos sujetos y sus medios acólitos? ¿A qué le tienen miedo?

Es difícil no pensar eso. Porque si hay algo que dejan en evidencia reacciones como estas es miedo, temor. Así como las expresiones misóginas de aquellos varones que cuestionan permanentemente las distintas luchas de los movimientos feministas, que dan cuenta del temor a perder, en ese caso, sus privilegios de género, no tengo dudas que entre los diversos motivos que subyacen en el accionar de estos personajes y medios de comunicación está el miedo; el miedo a perder sus privilegios de étnicos y clase social. Privilegios que no están dispuestos a poner en peligro y que se sustenta en el relato falaz y discriminador de una Argentina pretendidamente homogénea en términos culturales, nacionales e identitarios, más allá de la concreta plurinacionalidad y pluriculturalidad que caracteriza a esta república. Muy lejos del mito del “crisol de razas” que la historiografía oficial sostuvo durante mucho tiempo, consolidando un sentido común bastante extendido que supone un “ser nacional” producto del mestizaje en el que se han “fundido” (de ahí lo de crisol) las distintas etnias y naciones que habitaban este suelo ancestralmente con criollos e inmigrantes, aquellas naciones no han desaparecido, como tampoco lo hizo su cultura y su historia. Ni mucho menos. 

No debiera haber dudas: en nuestro país no existe sola una nación y parece ser algo que les pesa a quienes pretenden ilusoriamente un Estado-nación argentino, homogéneo y monocultural. Más de treinta naciones conviven a lo largo y ancho del territorio argentino, y cada una de ellas lleva adelante sus tácticas y estrategias de visibilización, constitución, consolidación, resistencia y/o lucha de las más diversas maneras; y son sus respectivas comunidades las únicas responsables de dirimir cuáles son las más apropiadas para cada momento histórico. En este caso, una de dichas acciones es la de izar la wenufoye en la Universidad Nacional del Comahue, que pretende realizar una agrupación mapuche de estudiantes de esta casa de estudios, Kizu Iñciñ. Una acción que cuenta con el aval del Consejo Superior de la Universidad (institución que no casualmente se identifica con un nombre y un símbolo espiritual mapuche), además del apoyo y participación de docentes, no docentes y estudiantes, que se enmarca además en un momento muy especial para todo este pueblo, cual es la celebración del Wiñoy Xipantv

Resultaría llamativo que un acto simbólico de esta naturaleza provoque tanto estupor, tanta ira, tanto patrioterismo chauvinista, sino fuera por el temor que dejan en evidencia semejantes reacciones. Izar la bandera mapuche es un acto absolutamente legítimo y totalmente legal. Su preexistencia étnica y cultural -como la de los demás pueblos originarios- está reconocida por el Art. 75 inc. 17 de la Constitución Argentina, y el Art. 53 de la Constitución neuquina los reconoce “como parte inescindible de la identidad e ideosincracia provincial”. Ambas cartas promueven garantizar el respeto a su identidad y cultura, y adhieren a normas superior como el Convenio 169 de la OIT, que postula, por ejemplo, “el derecho de los pueblos indígenas a mantener y fortalecer sus culturas, formas de vida e instituciones propias, y su derecho a participar de manera efectiva en las decisiones que les afectan”. Y en esta línea, la propia Universidad Nacional del Comahue ha reconocido esta celebración como una iniciativa que “se propone reconocer la presencia del Pueblo-Nación Mapuche en el estudiantado, en los/las trabajadores/as docentes y no docentes de la Universidad Nacional del Comahue, entendiendo y extendiendo el Wiñoy Xipantu como un acontecimiento que pertenece a toda la población que hoy vive en el Wallmapu» (Ord. 549/19).

¿Cuál es el temor de quienes escupen odio y racismo contra el pueblo nación mapuche, además del ya mencionado peligro a perder -o cuanto menos a poner en riesgo- sus privilegios de “raza” y clase social? Según las propias declaraciones de Pichetto, “es una provocación a la soberanía de la Argentina” (sic), lo cual no tendría asidero si, ajustados a la letra de la Constitución señalada más arriba, entendemos a “la (República) Argentina” como compuesta, justamente, por numerosos pueblos originarios que reconoce como preexistentes a su conformación estatal. En efecto, no habría en tal caso una única soberanía (argentina, en este caso) en la República, sino numerosas soberanías conviviendo en el territorio: la argentina, la mapuche, la wichi, la qom, etc., etc., y, por lo tanto, no existiría tal provocación.

Sin embargo, quizá el senador se refiera a que actos como estos, o actividades y prácticas de más larga duración impulsadas por estos pueblos con el fin de reivindicar su cultura, su lengua y su identidad, provocan o atentan contra la soberanía nacional argentina, entendida como una única nacionalidad que seguramente imagina como posible. En este caso, puede que tenga algo de razón: la posible consolidación de identidades nacionales como la mapuche, entre las más de treinta que han habitado ancestralmente y habitan hoy este territorio que ocupamos y llamamos Argentina es algo que deseamos quienes aspiramos, justamente, a un estado que verdaderamente se reconozca y se asuma plurinacional y pluricultural. En este caso, puede ser cierto: la pretendida homogeneidad cultural o, en su defecto, la perpetuación hegemónica de una única soberanía nacional por sobre las demás que forman parte de esta gran República, podría estar en riesgo, y sería lógico entonces que tengan temor.

escribe Pablo Scatizza

Historiador. Docente e investigador de la Universidad Nacional del Comahue

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