El mundo por venir.

escribe Ariel Petruccelli✍ Viento del Sur
El problema es más bien el aburrimiento, y qué hacer con las personas, cómo les darán algún sentido a sus vidas cuando, básicamente, carecen de sentido y de valor.
A día de hoy, mi mejor estimación es que la solución para la mayoría pasa por una combinación de drogas y videojuegos… Ya está sucediendo. Con distintos títulos, distintas calificaciones, vemos cómo aumenta la cantidad de gente que dedica cada vez más tiempo a consumir (o que resuelve sus problemas a base de) drogas —legales o ilegales— y videojuegos.
Yuval Harari

Yuval Harari es un autor de moda. Carece de toda profundidad, lo que le facilita el éxito comercial. Tiene una gran capacidad para comprar y vender buzones. Como muy bien lo describiera Rafael Mandressi, es un escritor “analgésico”. Ofrece en color de rosa los sueños y expectativas de la élite económica en una forma atractiva para su publico de clase media, como algo ineludible a lo que habrá que adaptarse individualmente y con un indisimulado guiño: quienes hayan leído a Harari, se supone, tendrán buenas herramientas para triunfar en un mundo en el que las grandes mayorías fracasarán. Porque desde su perspectiva en el futuro cercano el grueso de la población será “sobrante”, no esencial, y sus vidas carecerán de sentido. Este es el mundo que imaginan quienes detentan el poder económico, y a cuyos sueños Harari recubre con una pátina superficial de legitimidad histórica y pseudo-filosófica resignación. Desde luego, ese mundo -en el que no seremos más que consumidores aburridos que evaden la realidad de una existencia sin sentido por medio de drogas y videojuegos- no es un destino ineludible, una fatalidad. Pero es el futuro al que nos empujan quienes mandan. Torcer el rumbo, arribar a otro puerto, dependerá de nuestra capacidad de resistencia y de acción colectiva transformadora. Pero, en todo caso, conviene tener presente hacia dónde nos quieren conducir.
La pandemia aceleró y profundizó tendencia sociales, económicas y políticas que se venían gestando desde mucho antes. En ese mundo que se prefigura, una porción creciente de la población ya no es considerada esencial ni como ciudadana ni como productora, su rol es el de pasiva consumidora. Un Spot del gobierno alemán lo expuso blanco sobre negro, y no a modo de crítica sino como un descarado elogio. En un libro que demuestra inteligencia y valentía, Eduardo Wolovelsky escribió con gran tino:
En noviembre del año del COVID-19 (tal vez deberíamos dejar la temporalidad que divide la historia en un antes y después de Cristo para asumir una nueva partición), el gobierno alemán emitió dos spots propagandísticos en los que relataba la historia de una pareja. Uno de esos anuncios comienza con una persona mayor dando su testimonio cual veterano de guerra:
Creo que fue el año 2020 cuando todo el país estuvo pendiente de nosotros. Yo acababa de cumplir 22 años y estudiaba ingeniería en Chemnitiz cuando llegó la segunda ola. Veintidós años. Con 22 años lo que quieres es ir de fiesta, estudiar, conocer gente nueva y todo eso. Ir de copas con los amigos … Pero el destino tenía otros planes para nosotros.
Un peligro invisible amenazaba todo en lo que creíamos. Y de repente, el destino del país estaba en nuestras manos. Así que reunimos todo el coraje que teníamos e hicimos lo que se esperaba de nosotros. Lo que hicimos fue … nada. Absolutamente nada. Más vagos que mapaches.
Mientras el relato continúa, “noche y día sin mover el culo de casa”, vemos a un joven veinteañero que come papas fritas, consume series de televisión, toma gaseosa y, a duras penas, cambia de posición. Lo único que rompe la rutina es la venia militar que desde el sofá le hace a su novia que tiene dos cajas de pizza. No hay que olvidarse: la vida es dormir, comer porquerías, tomar gaseosas y consumir programas televisivos.
Este mundo es el que se estaba construyendo -prosigue Wolovelsky-. Es el que ahora se devela, porque se declama a viva voz como ideal. Es el mundo de unos mapaches bípedos, donde no hay imaginación ni deseo. Ahora lo percibimos con claridad. ¿Acaso eso es lo que amenazaba el enemigo “invisible”? ¿Y qué de los jóvenes? ¿Sólo quieren estudiar y salir de copas con los amigos? ¿Eso son? ¿O esa es la imagen de degradación que promueven por odio los gerontes mentales del poder? Parece tal la aversión y el rencor que han decidido que que esos jóvenes no deben vivir: sino solo consumir. Y ahora, en el último paso de esta lógica, quedarse encerrados sin hacer nada.1
El gran miedo llevó a muchas personas a ver con buenos ojos la vida centrada en las pantallas por temor a los contactos corporales, comprando con gusto la ilusión de una vida sin riesgo como compensación de una vida carente de sentido y asumiendo casi con entusiasmo el rol de consumidores de series de Netflix. Pero no habría que olvidar que, con pandemia o sin ella, esa era la vida que el capital nos tenía preparada.
Los pases sanitarios, introducidos con la excusa2 de su finalidad sanitaria podrían tener una larga vida. Si, como cabe suponer, la situación social y ecológica será más que difícil en los próximos lustros, una de sus consecuencias previsibles será el intento de millones de personas por escapar de las zonas más afectadas, lo que debería dar lugar a migraciones masivas. El flujo migratorio de la periferia al centro de la economía capitalista era un fenómeno de gran envergadura antes de la pandemia. Pero habrá que ver si continúa. En todo caso, parece necesario advertir que los pases sanitarios son un arma perfecta para impedir el ingreso de migrantes sin apelar a razones abiertamente racistas o nacionalistas: “nosotros recibiríamos encantados a cualquier persona, pero vea, no tiene usted la vacuna, es un peligro para nuestra comunidad. ¡Qué va!, no somos racistas: sólo defendemos el bien común y la salud pública”.
En un mundo que afrontará en el futuro cercano desafíos inéditos, la búsqueda por controlar y vigilar a la población es un gran anhelo de quienes mandan. Durante la pandemia se experimentó sobradamente con la sumisión y obediencia ciega que puede inspirar el miedo. Y se perfeccionaron y legitimaron mecanismos de control y discriminación que poco tiempo antes parecían incompatibles con una sociedad democrática. Y ya podemos ir previendo cuáles serán las características del abordaje capitalista de las cuestiones ecológicas, más allá de la retorica bien pensante en torno al Green New Deal: intervenciones de alto impacto (como la geo-ingeniería); modificaciones radicales y repentinas en la vida de las personas pero sin merma de las beneficios del capital; autoritarismo justificado por “la causa”; control algorítmico de la población; austeridad sin igualdad … En fin: cualquier cosa menos cambiar las relaciones de producción. La clase dominante continuará con la desmesura propia del capitalismo, aunque ahora en nombre de la ecología. Y por supuesto, seguirán explorando la posibilidad -para un puñado de ricachones- de migrar a otros planetas: no vaya a ser que el experimento falle y la Tierra se vuelva humanamente inhabitable.
Sería un error menospreciar la extraña épica de la cuarentena: hubo militantes del encierro, y no faltaron los fanáticos. Las histeria desembocó en excesos increíbles, con agresiones verbales y físicas a quienes simplemente andaban por la calle (a veces cumpliendo tareas “esenciales”) o con insólitos actos de discriminación a los portadores del virus. La distópica “épica del encierro” continuó luego con lo que podríamos denominar “épica de la vacunación”: gente que consideraba un acto político trascendente vacunarse, se sacaba selfies, las subía a las redes sociales y le agradecía al gobierno con ojos llorosos, como si el gobierno hiciera algo extraordinario, y no lo que estaban haciendo todos los gobiernos del mundo para mayor gloria y ganancia de Pfizer, Moderna, Astrazeneca y todas las demás compañías. El mundo hipocondríaco de consumidores temerosos, carentes de autonomía, obsesionados por la salud y la seguridad, objetos pasivos de la propaganda publicitaria, cada vez más ajenos a los grandes sueños políticos y descreídos de todo cambio social radical halló su consumación durante la pandemia. Sólo ello pudo hacer de la vacunación personal un acto político equiparable subjetivamente a lo que en el pasado era la luchas de barricadas o la asistencia a movilizaciones multitudinarias. Este es la vida que nos proponen los dueños del mundo, mientras nos prometen seguridad a cambio sumisión y obediencia. La pandemia les dio la oportunidad del gran salto hacia adelante. Pero su promesa es engañosa: no habrá seguridad en un mundo trastornado por una situación ecológica desmadrada. No hay tranquilidad en medio de la competencia capitalista desbocada. Lejos de generar satisfacción, el consumismo genera ansiedad e insatisfacción, y cualquier crisis económica (de esas que son inevitables en el capitalismo) aniquila el precario confort al que estamos habituados. Para construir otro mundo posible es necesario descreer de las promesas del capital y organizar la resistencia. Y será indispensable restituir alguna forma de horizonte utópico, de otro mundo posible no gobernado por la codicia y el miedo, en el que todas las personas puedan desarrollarse en libertad y en armonía con la naturaleza. Pero tengamos en claro que no alcanza con la crítica y la acción individual. Para enfrentar el poder de las corporaciones que dominan nuestra vida y destruyen el ambiente es imprescindible la organización colectiva, y ante todo la organización de la gran mayoría: la clase trabajadora.
1-Eduardo Wolovelsky, Obediencia imposible. La trampa de la autoridad, Buenos Aires, Libros del Zorzal, 2021, pp. 32-34.
2-Decimos excusa porque está visto que no han servido para nada, y no podían servir desde el momento en que los vacunados podían contagiarse y contagiar.

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