El heredero de Ícaro

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La mitología clásica supo presentarnos a una suerte de ingeniero y creador de asombrosos prodigios: Dédalo. A él se le atribuye la creación de una vaca de madera destinada a albergar en su interior el cuerpo anhelante de Pasifae –la esposa de Minos- a los efectos de materializar el contacto lujurioso con el toro blanco –regalado por Poseidón- que Minos nunca quiso ofrecer en sacrificio. De esa extraña unión nació una bestia mítica: el minotauro. Fue Dédalo quien diseño el laberinto que oficio de prisión al toruno muchacho. Acaso el creador de prodigios fuera castigado por el fruto de sus buenas intenciones de la manera que habré de detallar. Dédalo tenía un hijo –Ícaro- que por convertirse en un hombre alado abusó de un invento de su padre. El invento consistía en unos bastidores que oficiaban de alas y que estaban cubiertos de plumas; para sostenerse al armazón y entre sí, las plumas estaban adheridas con cera. Dédalo aconsejó a su hijo no volar en una proximidad estrecha a la luz y calor del sol, conociendo el efecto que el calor y la luz del sol provoca en la cera. Pero el vuelo entusiasma. Y ese entusiasmo termino derritiendo las alas de Ícaro, que a una vez conoció el vuelo y el abismo.Charles Baudelaire también escribió sobre seres alados. Puso por ejemplo esta queja en los labios de Ícaro: “y quemado por el amor de lo bello, / no tendré el honor de lo sublime / de dar mi nombre al abismo / que me servirá de tumba” (“Lamentaciones de un Ícaro”). Claro, Baudelaire era también un ser alado. El poeta es para el Maldito un ser alado, que enfrenta una paradoja cruel: “El poeta es parecido al príncipe de las nubes / que frecuenta la tormenta y se ríe del arquero; / exiliado en el suelo en medio de los gritos, / sus alas de gigante le impiden caminar” (El Albatros”). Baudelaire advierte que hay seres para quienes el abismo al que son precipitados no es otra cosa que la molicie de la realidad. El problema es que la condición humana nos obsequia con la inquietud y el instinto de vuelo, pero nos cuelga en las espaldas unas alas limitadas, pegadas con cera. Sabemos de la limitación de nuestras alas. Pero el vuelo entusiasma.
Hoy se ha ido un ser alado, el último heredero de Ícaro. Ha dejado los bastidores con cera derretida al costado de su cama para ponerse las de volar en serio. Se ha ido aquel que no sé si habrá leído a Baudelaire; aquel que no sé si se habrá sabido hermano de Ícaro. Pero supo escribir “con la luz del sol, se derriten mis alas”. Se ha ido aquel que enfrentó la paradoja de los que vuelan: “un hombre alado, extraña la tierra”.
El que escribe esta apresurada elegía en prosa hacia el fin de su infancia tuvo su primera guitarra eléctrica y cinco dedos izquierdos y torpes tratando de formar un acorde triste, el Si menor con que empieza la canción que se ha escuchado todo el día: “De música ligera”. Quien esto glosa definió su primer gusto musical – propio, fuera del tango que se escuchaba en casa- en una mañana lluviosa de los 8 años al comprar el álbum Doble Vida. Este que llora porque mira para arriba a ver si aparece ese ser alado que hoy le falta al cielo, se resigna a decir adiós Gustavo, y el adiós, que suena como un lamento continuo, es como un mantra, de mis labios, de los labios de miles.

5.09.14

 

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