Docentes y Piqueteros -Prólogo-

Autor: Andreas L. Doeswijk

13465936_1086458191442565_4094431819118439554_n - copiaEn el año 2005, el profesor Ariel Petruccelli, lanza una obra que había comenzado a escribir en 1998, dejado sedimentar durante 5 años para luego retomarla. Se trata, claro, de Docentes y Piqueteros. De la huelga de ATÉN a la pueblada de Cutral Có, historia detallada de la huelga de los docentes neuquinos de 1997 y de la primera y más original protesta de piqueteros de Cutral Có. Ambos movimientos no sólo fueron coetáneos sino que estuvieron relacionados estrechamente. Cuando termina su libro, Ariel compara el estallido de Cutral Có con un incendio forestal y a la huelga docente con una lluvia persistente: el primero arrasa el paisaje pero luego la maleza ocupa nuevamente su lugar. En cambio la lluvia es metáfora de una organización duradera, de una acumulación de experiencias de lucha y de enfrentamientos con el Partido-Estado que domina a Neuquén desde hace 60 años: el Movimiento Popular Neuquino, fundamentado, en primer lugar, en la riqueza hidro-carburífera.

En un capítulo introductorio –“El escenario y los actores”, el autor enmarca a ambas manifestaciones en lo que empieza a denominar “(contra)cultura de la protesta”, concepto que, para su propia sorpresa, encontró una entusiasta recepción entre lectores e historiadores sociales, de tal forma que creyó necesario pasar a teorizar y profundizar más este término en su Prefacio de esta segunda edición.

En resumen, la “cultura de la protesta” (me gusta más el término así formulado que la expresión “contracultura”, ya que también la cultura hegemónica es una contracultura que se define contra los que la desafían) definiría para el autor la peculiaridad de una parte relativamente importante de la sociedad neuquina. Esa identidad se habría formada por una acumulación originaria de acontecimientos y experiencias de luchas anteriores y, en este contexto, enumera la llegada de los exiliados chilenos a partir de 1973; a los migrantes del exilio interno argentino desde 1976; a la política de derechos humanos y sociales de la Iglesia neuquina, encabezada por Monseñor de Nevares; la presencia de la Universidad Nacional del Comahue con un movimiento estudiantil combativo no sólo en los tempranos 70, sino también en la década menemista y hasta en la kirchnerista (aquí remarca que hasta la gestión de Ana Pechen (2002-2006) la institución universitaria se manifestó refractaria a la hegemonía emepenista. Asimismo estarían en la base de esa tradición neuquina, la concentración de la población en la capital y su conurbano de manera que surgió en la Patagonia a partir de los 60 y 70 del siglo pasado, una cultura urbana, una convivencia de tradiciones diferenciadas y un peculiar florecimiento de partidos de izquierda los cuales frecuentemente mandaban a sus militantes a la región. También habría que enfatizar (más de que lo hizo el autor hace 10 años) la creciente concientización de la nación mapu-ce. En el contexto de este capítulo, Petrucelli todavía no enfatiza el factor más importante de la “peculiaridad de la cultura hegemónica neuquina”: el complejo extractivo petrolero, al cual los titulares del gobierno local se subordinan casi como funcionarios o intermediarios de las las compañías privadas de extracción de los recursos naturales y el Estado nacional.

En el marco de este contexto de desarrollo petrolero y de megaempresas estatales, acontecen los movimientos sociales de protestas y resistencias del “Choconazo” (1969), la “Marcha de los Borceguíes” de los obreros de Piedra del Águila, (1986), la lucha de los estudiantes del Comahue contra la Ley de Educación Superior (1995) durante el Menemato y, nuevamente, en la Década “K” (2004), y la toma de Zanón por sus trabajadores y su transformación en una fábrica sin patrones (2002), de forma tal que las luchas de 1997 de docentes y piqueteros no se desarrollaron como hechos aislados. Los acontecimientos mencionados constituyen sólo los emergentes de esa cultura de la resistencia y la peculiaridad neuquina no consiste tanto en el hecho de que en otras regiones no existieran movimientos semejantes, sino como dice el autor, no se manifestaron con una densidad social comparable a este territorio.

Varios autores han destacado que en Neuquén existe un peculiar fenómeno de un “arco de alianzas de las izquierdas”. Bien, en su nuevo Prefacio el autor aclara que en los movimientos de resistencia al neoliberalismo expresado localmente por el modelo socio-político del MPN y sus aliados (el kirchnerismo entre otros), los protagonistas no son exclusivamente de izquierda y tampoco se trata de una convivencia armoniosa y pacífica de sus sectores, sino que se manifiestan continuas tensiones entre los que podríamos llamar posibilistas y los más radicalizados o revolucionarios. Pero lo que las ideologías suelen dividir –con bizantinismos que, a veces llegan a lo patético- las prácticas de la cultura de la protesta, sobre todo en los primeros tiempos de los movimientos suelen amalgamar. Al final de cada huelga o pueblada, los enfrentamientos entre los negociadores y los que quieren ir más a fondo suelen exacerbarse al extremo, práctica que ya experimentaron los movimientos anarquistas desde las primeras décadas del siglo XX.

En el año 2007, siendo Jorge Sobisch gobernador de la Provincia, los docentes neuquinos nucleados en ATÉN, protagonizaron una huelga con corte de la Ruta 22 en Arroyito y allí fue asesinado por un policía el maestro Carlos Fuentealba. A raíz de esa experiencia, siete historiadores de la Univerdad Nacional del Comahue -Francisco Camino Vela; Fernando Casullo; Lisandro Galucci; Enrique Mases; Joaquín Perrén; Gabriel Rafart y Demetrio Taranda-, editaron el libro, Un Conflicto social en el Neuquén de la Confianza, el cual se constituyó en un contrapunto insoslayable con Docentes y Piqueteros editado dos años antes por Petrucelli.

Los diferentes capítulos van desde una crónica del conflicto, unas estadísticas con escasa interpretación, una síntesis de la historia del sindicalismo neuquino, dos capítulos sobre la historia política del MPN y de los partidos de la oposición, un análisis de la acción de ATÉN y, como remate, una síntesis de la protesta social del pasado, presente y hasta del futuro. Es decir, los autores pretenden enmarcar la huelga docente del 2007 en la historia y sociología del petróleo, del sindicalismo, de la política regional y de las estrategias de lucha de ATÉN, una propuesta aparentemente encomiable y no tan diferente a lo que había postulado Ariel Petruccelli.

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Los distintos capítulos de Un conflicto social aparecen como heterogéneos y aleatorios y la única unidad que he conseguido descubrir entre ellos consiste en un elemento no explicitado: la apología del modelo populista-neoliberal de Néstor Kirchner contra todas las otras opciones políticas y sociales que forman el arco de alianza de las protestas neuquinas. Postulo que el movimiento docente neuquino y el asesinato de Carlos Fuentealba no fueron “historiados en sus propios términos”, sino encorsetados en un discurso que oculta más de lo que revela y desde un lugar extremamente confuso para el lector no avezado. La bibliografía presenta pocos trabajos sobre la historia social regional y cita profusamente fragmentos del diario Río Negro como si se tratase de una fuente neutral o mínimamente confiable. No lo es.

En un momento dado del texto, los autores amagan entrar en debate con Petruccelli al afirmar: No faltan quienes aducen como prueba de la “cultura de la protesta neuquina”, una “galería de imágenes” o “collar de cuentas”: el Choconazo, Jaime de Nevares, los exiliados internos, los conflictos de Piedra del Águila, las puebladas de Cutral-có, Zanón, las demandas mapuches y, finalmente, los movimientos docentes. Ahora bien, para los autores esto es cuestionable porque esas explicaciones coinciden con los discursos dominantes y su defensa de la idiosincrasia neuquina en entender que la comprensión de la sociedad depende del desciframiento de sus particularidades. Aquí el argumento de la sinarquía de la derecha y de la izquierda asoma su anacrónica cabeza. Se esgriman esas teorías en contra de los movimientos sociales y la “izquierda”, para legitimar a un camaleónico populismo que pasa de Menem-Cavallo a los Kirchner, con la pretensión de encarnar siempre la verdad única. (Por lo demás, si la comprensión de una sociedad no depende del desciframiento de sus particularidades, ¿de qué dependería entonces? ¿por acaso de la bajada de línea de algún mandato político?).

A continuación el texto afirma: Al mito de Neuquén como morada de una supuesta cultura de la protesta, basta oponerle la duradera hegemonía política del partido provincial, que no se vio comprometida ni en los años del más crudo neoliberalismo. Aquí la cultura de la protesta sería un mito en el burdo sentido de falsedad, por causa de la durabilidad del MPN. Con esa “lógica” tampoco podría haber existido una cultura de la resistencia peronista de 1955 a 1973 y tampoco las resistencias a la implantación del neoliberalismo entre 1990 hasta la actualidad. Los autores en esta obra niegan la posibilidad de que en el ámbito provincial puedan coexistir dos o más culturas políticas antagónicas.

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También intentan invalidar el método de investigación: no admiten la legitimidad de relacionar una serie de movimientos y protestas sociales particulares para inferir de ellos una generalización como el concepto de “cultura de la protesta”. Lo que pasa que al reducir y empobrecer esos movimientos a metáforas como “collares de cuentas”, galería de imágenes” o “postales”, se vacía el significado de esas experiencias de hombres y mujeres que viven y militan en sus circunstancias históricas. Utilizar una metáfora como “postal” para significar luchas sociales concretas de hombres y mujeres donde acontecieron asesinatos, secuestros, torturas, etc., resulta más que problemático. ¿Qué pensará Sandra Rodríguez sobre el hecho de que el asesinato de Carlos y la marcha de los 30.000 se reduzcan a una “postal”? Una postal es una tarjeta, la foto del obelisco, un gaucho con chiripá, el Lanín o un lago con pehuenes. Docentes y Piqueteros pone en evidencia que la historia de las luchas sociales demuestra que en la región existía una identidad y una cultura contestataria anteriores a los movimientos de 1997 los cuales constituyeron algo así como una acumulación primitiva de conciencia social. Esto difiere diametralmente de la conclusión a que arriban los autores de Un Conflicto Social con referencia a la inserción de ATÉN en la historia sindical neuquina: Historia en que se hace difícil ignorar la presencia de ATÉN, gremio corrido por izquierda y por derecha, pero que siempre dio un presente ambiguo a lo largo de décadas de una alta convulsión de la provincia y del país.

También la frase de que, el balcanizado arco de la izquierda marxista, cuyos integrantes buscan golpear al partido-Estado a través del “atajo” (sic) de involucrarse en el campo de la protesta social, resulta problemática. Se da por descontado de que los “marxistas” (o la “izquierda en general”) sólo se involucran en el campo de la protesta social para ganar visibilidad y no por convicción ideológica o para transformar la sociedad. Lo que para los peronistas sería una virtud (organizar a los trabajadores) en las izquierdas representaría una injerencia inaceptable. En cuanto el MPN se vincula cordialmente con sus sindicatos “pragmáticos”, ATE/ATEN, el gremio de ceramistas, ADUNC, etc. tendrían que abstenerse de la acción política para no ser ambiguos u oportunistas.

En otra sección de la obra se afirma: La sociedad, por supuesto, no participó y miró con desconfianza el reclamo. La oposición tampoco pareció darle una gran trascendencia. En esta frase la “oposición” parecería estar fuera y en contra de la “sociedad”. ¿Será que la sociedad es privativa del partido-Estado y sus aliados permanentes o transitorios? También el “por supuesto” de la frase no pasa de un adverbio auto-sustentado. Personalmente considero que en el caso de los piqueteros y fogoneros se podría hablar de una protesta frontal contra el Estado y la “sociedad”. Pero a las asambleas de ATÉN siempre les importó mucho la repercusión de los movimientos de huelga en la sociedad. La frase que encabeza este párrafo rivaliza con otra del Epílogo, a la cual me resisto a comentar: Nadie mandó matar a Carlos, pero en un despliegue de fuerzas, como el que realizó en aquella oportunidad, el gobierno faltó a una de sus responsabilidades: velar por la integridad física de las personas, aún si se trata de manifestantes que, después de todo, siguen siendo sujetos de derecho.

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La comparación de ambos libros me llevó a cuestionar, una vez más el lugar del historiador académico en la sociedad en que se halla inmersa. ¿Puede ser neutral en esas historias del presente o siempre, conscientemente o no, se embandera con alguna causa social o política de su sociedad? ¿Y para quiénes escribe el historiador social? ¿Para historiadores, militantes y el lector común, como afirma Petruccelli en el primer Prólogo del libro? Ahora bien, poco sabemos sobre ese “lector común” y en la Argentina nos debatimos con el eterno problema de una producción académica que no se lee, o resulta ilegible, y una producción historiográfica mediática que encuentra un público lector voraz, pero que suele carecer de rigor, actualización teórica y hasta de ética profesional (en los casos de plagios y de manipulación de documentación, por ejemplo). El seudo-historiador o periodista le ofrece a un público ampliado lo que éste quiere leer produciendo chatarra, generalizaciones dicotómicas y trivialidades, supuestamente relevantes. Este dilema se agrava todavía cuando el historiador académico comienza a publicar trabajos (muchas veces maquillajes de trabajos anteriores pero con un título nuevo), para los cuales no le interesa para nada la recepción. Escribe casi exclusivamente para engordar su curriculum.

Entre los historiadores no existen tantos ejemplos –como considero que es el caso de Ariel- de autores que imbrican una buena producción académica con una incansable militancia social. Muchos se acuerdan de él llegando a la Ruta 22 en su viejo Rastrojero cargado con neumáticos para ser quemados en una acción considerada ahora ambientalmente incorrecta. El marxista teorizador más erudito del Alto Valle, no necesitaba apresurarse demasiado para publicar artículos cuyo único fin sería el de fraguar un curriculum para escalar en la carrera académica. Según la eminente filósofa Marilena Chaui, la inmensa mayoría de la producción académica brasileña, es perfectamente inútil y altamente incestuosa. También en la Argentina el “productivismo” para seguir la política de la CONEAU y cobrar incentivos docentes ha llevado a la auto-edición de muchos artículos y libros de escasa utilidad a la sociedad en general y a sus movimientos combativos en particular. Cada uno juzgará en quiénes pensaron los 7 autores de Un Conflicto Social, cuando escribieron y publicaron por EDUCO, su libelo contra ATÉN, pero la edición quedó acreditada en sus fojas de servicio.

Si abandonamos por un momento la Feria de Vanidades académicas que nos amenaza envolver, nos podemos preguntar cuántos libros de historia se produjeron en la UNCo en los últimos 30 años que realmente tuvieron una relevancia a nivel nacional? Tal vez entre 3 y 7 y cada uno hará su catálogo y ranking. Pero seguramente que Docentes y Piqueteros de Ariel Petrucelli está entre ellos. Por favor, léanlo.

 

                                                         

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