Deslumbramiento de “Lo Tal”; fotografías de Gabriela Piccini.

Autor: Gonza Starota

Es la ausencia o la nada –el Sunya para usar una palabra del Budismo-lo que sale del azar de un disparo de cámara, eso es sabido, o no, poco importa, así como también que se dé una “repetición al infinito de lo que existencialmente se da una vez”, en palabras de Barthes -de su bello libro, La cámara lúcida. Pero es en ese  advenimiento de situaciones chicas que la fotografía, más  allá del bien y del mal,  siempre exhuma una Esclusa de mundo: orden de visibilidad, con sus distancias indivisibles  donde se reparten cosas: Boda contra-natura entre azar y reposo, entre movimiento y muerte; umbrales de velocidad capturados.  Singularidades.

En Piccini las huellas de la materia siempre estas frescas, porque es en reposo como se pueden captar las curvas del cambio; esa enfermedad incolora de la piel de las cosas que se nos escapan, huidiza disciplina investida en un poder ordinariamente sutil  trasparentado en la sintaxis llamada fríamente “lo natural”.  La mirada, y el poder también, es un signo inquieto: busca algo, a alguien: siempre le pica la fuerza; verdadero prodigio del desborde. La captura, y estas fotos; son  desborde: ya que toda ilusión de plenitud caduca.

Excursión, entonces, al corazón de una lluvia, torcida, sin estación, de objetos que caen y se dispersan, como el deseo, en Un gris (un gris Piccini de lápiz qué pide a gritos una sesión de sacapuntas, no mina fina entubada y que en resortes que pulgares poco afectuosos aprietan, siempre desde arriba, para salir tímida,  igual a sí misma, aburrida, a la hoja) un gris entre otros, ese Aleph que desvela  a ese pueblo menor de locos, artistas, soñadores, errantes que viajan, como decía Proust, para verificar si encontraran el color que soñaron. El color es lo que se agrega, lo que se trabaja desde el cuerpo, el sobre-pliegue de estas fotografías que llamaré, arrogante, “de extensión sin sobrevuelo”.

Puro ímpetu son estas fotos: callos que no acusan uso alguno más allá de la inminencia que portan. Si algo sale de ellas, para mí, es un querer ver más allá, hacerlas ventanas, posibilidad de sortearlas, salir, acortar la infernal desagregación entre el aquí y el ahora que toda reproducción implica, ese “aura” perdida que vaya uno a saber donde esta, si es que existió alguna vez, pero con un golpe de vista hay Pasaje, intercambio de roles entre lo actual y lo virtual, flotación desenganchada entre lo vivido y lo recordado. Estuve allí, digo, porque reconozco la imagen, por que vuelvo a ella, adicto, para saciar no los detalles, si no la extensión del gesto; las gotas, los juncos erectos en cuervas bien paradas, las nubes que llaman a un charco gigante que muele la luz de un sol de mediodía para que empiece el chaparrón, que ya está en el pastizal, que esta sobrevolando los gestos de ese allí; mohín absoluto; plural distributivo.

Fotos apartes son la de los animales; Retornan mis ojos  a la sede negativa de un cuerpo, la del caballo y el sentido de propiedad; a la parábola alcahueta que uno ve resonar de las bocas  prestas de los perros que hacen pensar en Haroldo Conti y su Fotográfico “sudeste”.

Lo que si uno afirma, desde acá, de estas últimas fotos, es que no hay cuerpo en sí mismo, sino virilidad y contagio; ensamblajes, múltiples. El entre Cuerpos que el azar saca del agua del abismo; la fotografía misma.

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