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Finalmente, ¿por qué escribir ahora? 

Son tiempos inéditos y seguramente cruciales. No es fácil pensar en el torbellino de la excepcionalidad. Por la superposición de los imprevistos y por el fragor de la tarea que continúa. Pero asumimos el riesgo.

Podríamos seguir. Hablaríamos más de la termodinámica de la clase y de los sentidos como fuente de conocimiento (especialmente de la piel, que no nos deja huir). Nos preguntaríamos por una tiranía tecnogurú que nos exige amoldarnos a la herramienta, en vez de ser al revés, programando la obsolescencia del sujeto más rápido que la de la máquina. Comentaríamos la noción de “píldoras educativas”, que más que remedios parecen placebos. Diríamos cómo se desmorona el ambiente alfabetizador cuando las paredes del aula son los tabiques de la casa. Sugeriríamos las dificultades enormes que aparecen en la distancia para trabajar la convivencia grupal, contenido fundamental de la enseñanza en todos los niveles. Hablaríamos también sobre la problemática centrada en la formación docente: recreación de un oficio artesanal con fundamentos científicos. Podríamos mencionar las concepciones místicas de la palabra escrita que la virtualidad parece reforzar, como extensión de una “didáctica del revoleo”. Comentaríamos algo sobre el problema de la evaluación y especialmente de la acreditación. Nos preguntaríamos sobre la concentración del poder, el refuerzo de los caprichos docentes y sobre la atomización de esas pequeñas resistencias que siempre hubo dentro del aula, como interjuego de poderes en el vínculo pedagógico. Mentaríamos ciertas sospechas acerca del control, paranoias tal vez innecesarias (¿innecesarias?) y la pérdida del aula como refugio, como trinchera, como reducto de autonomía en un sistema burocratizado y vertical. 

Pero no. Mejor lo dejamos para otro momento. Para no recargar las tintas (ni los bits).

Acá no hay dogmas cerrados, solo hay una masa ofrecida para cachetear y que leude. No se trata de desanimar intentos, que los compartimos y emocionan. No se trata de boicotear las mejores intenciones –que las tenemos– ni de cegarse ante los aportes tecnológicos –que aprovechamos–. Nadie quiere desterrar lo que sí funciona. En todo caso será para andar alertas, advertidos, atentos ante cualquier intento de usar nuestros esfuerzos en detrimentro de los sueños que perseguimos.

No es un combate entre gladiadores rivales: de un lado la liberación, del otro la hipocresía. No, claro que no. Sabemos que ahora hay que estar y hay que hacer. Como nunca, como siempre. 

Claramente ahora no se puede no estar. Prestar una palabra, arrimar una imagen o compartir melodías es convocar una posibilidad. Es lanzar una soga, sostener el lazo. Estas botellas, arrojadas cuidadosamente al ciberocéano, rescatan voluntades. Alivian dolores y mitigan soledades. Desvían de la melancolía y corren la mirada hacia el futuro, para constatar que lo que viene no es distopía inexorable, sino un texto para escribir colectivamente.

A pesar de los insustituibles, y queriendo siempre más, se trata de mantener una posición intelectualmente activa, un aliciente para la curiosidad como soplido a la llamita del deseo. Ubicar en un lugar de producción. Creación de cultura. Humanidad pura. 

Pero al estar abocados enteramente a encontrarle las potencias a una modalidad, también vale preguntarnos por sus límites. Para no frustrarnos. Para seguir bregando en nuestros sueños, pero sin sobrexigencias infinitas, tal vez vanas, que conduzcan a la resignación.

¿Será que confundimos quijotescamente los molinetes del CPU con gigantes en miniatura? ¿Dirán que soñamos travesuras? ¿Caímos en el evidente panfleto? Ojalá que no.

Que no sea delirio romántico. La escuela de la que hablamos existe hace mucho. Sin ser monolítica y completa, vive en las entrañas del gran sistema educativo. Tiene historia y experiencias luminosas, forjadas en las aulas, y no en laboratorios remotos.

Quizás esta disquisición resulte discusión saldada. Si es así, mejor. Pero tememos que arremetan los vaciadores, como chacales esperando en la puerta.

Si todo esto es excepcional y transitorio, entonces no hay drama: se hace un bollito y se manda a la papelera de reciclaje.

Horacio Cárdenas

Maestro de grado y profesor en formación docente, CABA

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