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Los oportunistas de las finanzas

Por otra parte, el análisis no debería aislarse de intereses económicos. Este cataclismo parece ser oportunidad para que los mercaderes hagan más negocio con el sistema educativo. Cualquier cosa que puedan convertir en mercancía, allá irán. Antes la veían muy bien; ahora les viene como anillo al dedo.

Los sistemas educativos son “el último bastión que debe embestir la economía de mercado”, decía Milton Friedman, padre del neoliberalismo. La virtualización de la enseñanza es un gran negocio, de alcance mundial. Una belleza de Shoppin Disco Zen. Bajo la figura del trabajador que maneja sus tiempos, con el home office (ni hablemos del homeschooling) se esconde un alto grado de explotación. Los cursos multiplican sus integrantes en forma exponencial: el sueño tecnócrata de enseñar a miles al mismo tiempo. El gasto, que era mucho según los patrones, se reduce considerablemente. La eficiencia se maximiza.

No es pura teoría conspirativa. En el 2016 la Universidad Di Tella organizó un seminario en Buenos Aires con miras “hacia grandes transformaciones en los sistemas educativos”. Allí presentaron el proyecto COOL (Comunity of Online Learning: comunidad de aprendizaje en línea) de Nueva Zelanda, como “el primer paso al futuro de la educación”. Resulta que la ministra de educación del oceánico país presentó una ley para que cualquier escuela, universidad e incluso empresa privada pueda constituirse en una COOL. El Estado Nacional neozelandés garantizando y habilitando comunidades de aprendizaje digital a distancia. Las familias eligen si quieren que sus hijos dejen la escuela y aprendan desde casa. Y otorga títulos oficiales. ¡Desde Jardín de Infantes!

Acá cerca, sin ir más lejos, los vecinos charrúas ya avanzan hacia este “futuro inexorable”. En el estatal Plan Ceibal, promocionan la plataforma PAM para enseñar matemática que “se adapta a los ritmos de clase y de cada estudiante”, con “inmediatez en la respuesta” e “independencia para el estudiante”. Además “gamifica el aula”: una técnica para “conseguir mejores resultados” y “absorber mejor” (textual) algunos conocimientos. Leyendo sus virtudes, uno cree estar frente a la aparición de un nuevo jabón en polvo.

¡Y por si esto fuera poco, los uruguayos también tienen clases de inglés! Gracias a un sistema de videoconferencia y más de 150 “teaching points”, botijas y botijos orientales disfrutan sus clases de lengua extranjera a distancia. De hecho, la tícher de la escuela de Lugano enseña a una parva de gurises de Paysandú, pero jamás en su vida visitó Paysandú.

Aquí mismo, en nuestro país, ya se expanden propuestas que rinden sus buenos dividendos, pero solo a los intermediarios. Por ejemplo la empresa Matific, una plataforma de e-learning, lo promociona en su página como si ofreciera productos para reducir la barriga: “Se ha comprobado que con sólo 15 minutos de Matific por semana, mejoran los resultados en Matemáticas” y, dicen además, está garantizado por “Premios a la excelencia en la educación”, tales como el gold prize de “Brain Toy” (que sería algo así como “cerebro de juguete” o “juguete cerebral” –no sabemos cuál de las acepciones es peor–). Para “establecer una relación saludable de los estudiantes” proponen “participar de la competencia matemática”, previo “periodo de entrenamiento” (sic). Y para terminar de convencernos aseguran que “el 84% de los alumnos que concursaron mejoraron su compromiso para con la matemática”.

¡Llame ya! Pero la burbuja se desmorona. Su confesión final es brutal: “Matific fue creado por un equipo de expertos matemáticos, ingenieros de software y especialistas en juegos”. ¡Y no hay docentes, pedagogas, educadores! ¡Ni uno ni una!

Con la flamante hecatombe, se dan pasos en una dirección peligrosa. Aquí cerca también, ante la crisis del coronavirus, el 16 de abril de 2020 el Estado paraguayo firmó un decreto para suspender las clases presenciales durante todo el resto del año. Estableció al mismo tiempo un sistema de clases virtuales que garantiza la promoción.

Paraguay, al 25 de abril, tenía 136 casos activos de coronavirus y 9 muertos. Por las dudas, el ministro de educación (y exdirector de la Policía Caminera) tuvo que aclarar: “Estamos tratando de mantener en pie y a flote el sistema educativo… Nadie está pensando en algún tipo de beneficio económico”. Bueh…

En definitiva, más allá de la discusión pedagógica y epistemológica que subyace, nos imaginamos quiénes serán los más perjudicados de desvanecer la comunidad escolar. Las clases virtuales, simultáneas o asincrónicas, no se pueden hacer en cualquier contexto (espacios reducidos y compartidos, poca conectividad, dispositivos móviles y el largo etcétera que ya conocemos).

Quedarán afuera los que tanto nos cuesta que no se vayan. Se profundizarán las diferencias sociales. La fragmentación existente crecerá en forma exponencial. Eso es otra gran calamidad.

Concepción pedagógica

En última instancia, quizás lo que ponga de relieve este dilema es una concepción ideológica subyacente. Porque para modelos pedagógicos transaccionales, de pura transmisión unidireccional, la virtualidad no parece afectarlos. Al contrario, facilita y multiplica.

Si quien expone es uno solo, si la emisión es radial, si se trata de arrojar un objeto que ya estaba hecho sobre las cabezas de quienes lo consumirán, la educación remota es una solución eficiente. Se multiplica la “eficacia” de esa transmisión. Las Windows son ventanillas para la didáctica del revoleo. Por la Internet, despachar encomiendas es muy fácil.

Si fuera para todos lo mismo, una y otra vez, es simple: ahí está la pestaña de reenviar. Al monólogo solo hay que acercarle un micrófono. Si la cosa es para que el puede, y para el que no, lola, entonces la distancia evita las caras largas y las hostilidades desde el fondo del aula.

El aislamiento no hace más que magnificar posturas ya existentes. Transparenta los velos y alumbra a los escondidos.

Si en cambio se trata de un enfoque de construcción colectiva del conocimiento, si es cuestión de que aquello a aprender entre en diálogo con lo que cada quien ya conoce, si lo nuevo y lo viejo deben encontrarse para germinar, si es a cada uno según su necesidad y de cada quien según su capacidad (¡que encima no son estáticas!), si nuestra idea de conocimiento es aquello que podemos producir con otros en situación, entonces la distancia complica realmente el intercambio genuino, la emergencia sorprendente, lo inédito que aflora con la presencia, como decíamos antes. Eso es lo que nos preocupa.

Quizás esta sea la crisis. Aquí tal vez se halle la contradicción principal de la coyuntura y también de la estructura. El antagonismo no sucedería entre presencialidad y virtualidad, sino entre ideologías pedagógicas.

Si acaso así fuera, entonces mejor, porque en la formulación del problema también late revelándose la respuesta. Hay salida, claro. Hay superación. Está en la formación docente, en la profundización de los fundamentos de nuestro trabajo. No hablamos de una capacitación esporádica y por “paquetes”. Hablamos de un proceso democrático de construcción colectiva también entre nosotros, de una corriente impetuosa con el conocimiento acumulado y transformado por las y los trabajadores de la educación. Sin renunciar jamás a nuestros irrenunciables.

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