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Con el cuerpo

Las imágenes del aula tienen un ritmo misterioso y ancestral. Gente que lleva su tambor en el pico y en el cuero. Cuando el salón es barrio, a través de cada pasillo aparece el cuerpo, antes olvidado. Las piernas se estiran, la sangre se agita, la mirada circula puntos de vista mientras las voces inundan el espacio. Todo contacto aquí es semilla de la contradicción y del avance.

El ser humano es cuerpo que piensa. Sin materia no hay idea, constatan los filósofos al caminar. No es cajón de neuronas nuestro cuerpo, sino extensión del sistema nervioso central, en articulación profunda de mente y sensación. Los sentidos fecundan el pensamiento. La piel es lugar de conocimiento; el músculo, fuerza de producción; las manos, a la obra.

 Cinturas robustas, siluetas escuálidas, alturas dispares y colores complementarios, la exuberante diversidad corporal se reúne en la conciencia comunitaria. Con cuerpo amamos, sentimos, luchamos, sufrimos y creamos; de cuerpo es, también, nuestra razón. Por algo aquellos filósofos paseanderos, herederos de la escuela aristotélica, deambulaban conversando por salones y jardines para que floreciera el pensar.

Si decíamos que las ideas precisan encontrarse para crecer en nuevas ideas, además decimos que para que esa amorosa batalla exista, los cuerpos también deben reunirse. Lo demuestra Rodrigo lanzado en picada hacia Leonel para entenderle la explicación con sus orejas, con sus ojos y también con su esternón, el grito de Candela a Kelly para que no invada su “espacio didáctico” recién armado con Karen, los brazos de Erik que le refugian la cabeza y así las ideas no se le escapan por las insistencias de Yuli, ante quien pronto expondrá, el Chino saltando bancos, como saltando escollos, para que una compañera entienda, o el inolvidable abrazo de Emir a Christian para iniciar una larga discusión que sostiene las bases de la geometría que están construyendo.

De a poco, progresivamente, estos movimientos desarman algunas fronteras invisibles que la pedagogía colonial impuso silenciosamente. Convocan a desalambrar antiguas vallas de resquemores y recelos. La alegría de conversar, de amucharse a discutir, invaden las quintas. Estos asaltos a las parcelas de comodidad demandan mayores compromisos en cada cual. Por eso el aprendizaje colectivo es leva, una convocatoria grupal a la gesta colectiva.

El aula se alza porque sacude, despabilando zarandea la pereza y estimula la voluntad de salir a luchar.

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