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Conocernos

Para que un proceso educativo interesante ocurra, es necesario conocer a sus participantes. La construcción social del conocimiento opera sobre un vínculo. No basta sin embargo con un “foro de presentación” y una dedicada foto de perfil. Conocer a alguien es escucharlo, mirarlo y leerlo, por supuesto. Pero más profundamente es verlo con sus ojos atentos, verlo distraerse, comentar por lo bajo, murmurar o enojarse con recato, intercambiar algún gesto con la otra punta del aula. ¿Alcanza con unas palabras y unos emojis? ¿Estimulan a seguir unas palmas inmóviles, un dedito hacia arriba, un sticker ingenioso? 

Conocernos es también compartir las inmediatas dudas, los sincrónicos asombros. Es canjear un guiño, un comentario al margen, una pregunta antes del recreo. Es “sacarnos las fichas” así de un vizcachazo, oteada fugaz y compinche. La tierna confirmación personal del acá estás y te-veo-a-vos, complicidad que se ofrece como lazo y como caricia.

Enseñar es un acto de amor, han dicho varios. Difícil es amar sin conocer, o conociendo un fantasma a través de un conjunto de píxeles. Conectividad y contacto son cosas bien distintas.

Una de las funciones docentes más destacadas en la literatura académica, en la literatura narrativa o incluso en las memorias biográficas de quienes atravesamos el sistema educativo, es la del maestro o la maestra como alguien que transfiere deseo de saber. Esa persona deja huella porque contagia curiosidad, ganas de indagar el mundo, de preguntar, de apasionarse en la búsqueda. 

Esa pasión solo se experimenta en la presencia, palpando esa expresión, esa lumbre de vida en ocasiones similar al éxtasis, de quien adora lo que conoce y desenfundando el corazón propone compartirlo.

Herramientas ideológicas

En algunos casos se acepta la transformación a la virtualidad como un simple cambio de instrumento. Se encara con la esperanza de encontrarle la vuelta a una herramienta que, se dice, no tiene ideología. Pero no hay instrumento políticamente ascéptico. Mirando fino, ninguna herramienta lo es.

Hasta el cepillo de dientes porta ideología: cuando se enchufa más se revela: ¿a quién se le ocurre consumir energía eléctrica para evitar un movimiento leve de la mano? Solo a una sociedad tan enferma que confunda confort con felicidad. Una escoba o una aspiradora, también son ideológicas: no por casualidad una es el vehículo que la tradición impuso a las brujas; no por casualidad el verbo aspirar tiene tantas connotaciones. ¿Y la hoz y el martillo? Ni hablemos… Todo instrumento es político.

Los límites de cualquier dispositivo están dados por su confección, por más ingenio que aporte el usuario. La estructura determina la función (y viceversa, claro): a tal organización, tal comportamiento. Es inútil pedirle a la tortuga, con las herramientas que Natura le dio, que salga a cazar. Un caparazón sirve para proteger, no para perseguir. El cóndor, tan majestuoso en sus cumbres, jamás ganará competencias de velocidad.

Como la cuchara no troza los bifes, habrá que usar el cuchillo. Y si no tenemos nada, comeremos con las manos (¿quién se negaría?). Pero si el cuchillo lo conquistamos hace rato, mejor no descartarlo.

Sin duda algunos aprendizajes específicos, precisos, instrumentales, se sostienen a la distancia: un tutorial para cambiar un cuerito de la canilla, una serie de clases para tocar el Bella Ciao con la flauta dulce. Bienvenido su desparramo. Por su masificación seguiremos luchando.

Pero vale la pena preguntarse si la naturaleza del instrumento alcanza para formar en un proceso de construcción colectiva, en ese tránsito dialéctico por las fases de interacción, reflexión conjunta y conceptualización teórica.

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