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Resulta difícil leer un texto y no compartir las emociones que despierta, sin que por el salón resuene una risa dispersa que convoca a la mía, sin que las palabras empañadas traigan un recuerdo ofrecido al resto en la intimidad del rincón. Parece arduo escribir sin las ideas colectivas, sin que nos presten alguna palabra, sin robar un principio que encontré en el banco de al lado, sin sugerirnos una broma al oído, una ironía, un final cruel, unos puntos suspensivos.

Quien temió una tempestad frente al rugido del mar, quien descubrió un arcoiris plantado en el océano de arriba, quien se abrazó en un grito heroico y tribunero, lo sabe. Parece la distancia entre cantar en un fogón bajo la luna o darle a la playlist del Spotify. Quien admiró un mural de Rivera, quien saltó en la ensordecedora multitud de un recital, quien estuvo en la caída mayor del Iguazú, lo sintió. Sabe lo que es estar ahí. Ni en las mejores fotos sale. Ni las pantallas lo capturan. No se hace turismo con Google Maps. Hay que estar-ahí para entender. No hay modo de contarlo.

Por el contrario, el diálogo a la distancia (siempre mejor que la indiferencia, desde luego) se torna licuado. El intercambio remoto de foros virtuales, por mucho que se estimule (o incluso imponga), cuesta que le escape al lugar común, a la frase esperada, al recato intelectual del como si. Las ideas no circulan del mismo modo, no chocan ni se enamoran. Pocas veces se entrelazan para hacer nacer nuevas ideas.

Comparto mis pensamientos en un sitio virtual creyendo que serán leídos, reconvertidos y enriquecidos. Pero a los dos minutos quedaron sepultados en un mar de nuevos posteos sobre temas diversos sin hilo ni dedal. En el ruido de letras, pocos se escuchan. Es infrecuente hallar debates y argumentos.

Pero el problema no son los emisores, sino el canal. Por su formato, por costumbres de uso, por vorágine y sobreabundancia de estímulos, las redes digitales sirven poco para reflexionar, para discutir, para pensar. La velocidad de su manejo informativo es la contracara del tiempo necesario para dejar en suspenso y decantar.

Los videos explicativos, por su parte, lejos están de la sustancia de una clase. Son algo lo que se puede hacer en este tiempo, pero no reemplazan. Porque la explicación requiere una buena organización, oratoria clara y un hilo vigoroso. Precisa de alguien que exponga y de otros que escuchen y esperen. Pero la buena exposición, por más concisa y sofisticada que resulte, necesita lo más importante: la interacción. No se logra sin interrupción o comentario. Sin el corte de una buena pregunta, sin los aportes superpuestos, sin siquiera los percibidos gestos del desconcierto, la explicación olvida el detalle, omite el ejemplo, se pierde de la imprescindible reformulación.

No hay buena explicación sin la aclaración que imponen las afiladas devoluciones del auditorio. En el video colgado, todo esto se desvanece. Su única ventaja es que se pueden pausar y revisar tantas veces como se quiera, pero el parlamento seguirá igual, inevitablemente.

No cambian demasiado las herramientas de videoconferencia, donde hay ventanitas encuadradas donde quiere el emisor. Ventanas sin malvones, imposibles de percibir en conjunto. Vemos una parte del que habla, solo a veces, si el camarógrafo automático llega a capturar sonido. Notamos una parte de quien habla: la parte que eligió. No lo vemos entero, en su postura corporal, en sus incomodidades, en su plena conexión física. Y por cierto: ese a quien miro ¿sabrá que lo estoy mirando?

Falta además la coordinación atenta de la circulación democrática de la voz, parte central del oficio docente. Ahí lo hace la máquina, un cerebro descolocado, insituado, tan remoto como un algoritmo en base dos.

Esta diferencia no es propia de cada materia ni del nivel del sistema educativo, sino de la modalidad. El diálogo genuino se afirma sobre el tiempo que dan los silencios frente a frente, con la mirada cómplice para reprender o para celebrar. Se dialoga a raíz del tono que cuestiona sin ofender, al apoyarse en alegres asentimientos o contra el bostezo contagiado (que solo en presencia sucede). Se conversa notando las resonancias en cuerpos ajenos: tantas veces decimos para conmover, mucho más que para informar o imperar.

El titubeo, que es oral y presencial, dice mucho. No se interpreta mecánicamente, pero dice. Y los docentes intervenimos allí, en ese tambaleo, en esa oscilación finísima entre retroceder a la cueva del mutismo y avanzar un gran paso de autoconfianza.

También dice el timbre de enunciación. Significa. Se interpreta. Se usa como instrumento, tanto de un lado como del otro, tan de imposición como de resistencia, tan de convocatoria como de renuncia.

Y el silencio. El anhelado y heterogéneo silencio. Es algo que la virtualidad rotundamente impide. En el aula hay silencios de todos los pliegues. Los hay rotundos de atención y distraídos también; hay mudos desconciertos y sigilos de desprecio además. Un elocuente abanico insonoro que hay que leer con detalle. A cada variedad de silencio, una forma de intervención diferente. Para cada silencio, una respuesta en situación. Pero desde lejos, a distancia, no hay sustancia interpretable. No hay silencio: hay hiato, vacío tiempo de espera, que es bien distinto. Son momentos de conexión y de desconexión. No hay modo de capturar el motivo de la inacción. Si hay gran distancia entre el desinterés y la confusión, a la distancia no se aprecia esa otra distancia. ¿Por qué no está participando? ¿A qué se debe?

Desconectarse en presencia tiene consecuencias. A la distancia, es lo habitual. El silencio colectivo, silencio de aula tan difícil, tan esquivo, dice mucho. Es una gran paridora de escenas, matrona de sentipensamientos.

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