DE CARA AL CIELO: GENOCIDIO INDÍGENA, CINE Y «UCRONÍA» NEGACIONISTA EN DICTADURA

DE CARA AL CIELO: GENOCIDIO INDÍGENA, CINE Y «UCRONÍA» NEGACIONISTA EN DICTADURA

Entre todas las películas que han tematizado el conflicto indígenas-huincas en la Argentina del siglo XIX, De cara al cielo merece una reseña aparte. Más allá de cómo se la valore en términos estéticos e ideológicos, lo cierto es que ninguna otra ficción cinematográfica ha tratado tan de lleno el tópico histórico de la conquista del «Desierto».

Fue dirigida por Enrique Dawi, un prolífico cineasta porteño de los años 60, 70 y 80. Dawi ha quedado en la memoria popular por Si se calla el cantor (1973), aquel drama musical de protesta con Horacio Guarany. Aunque también es recordado por sus comedias pasatistas de masas filmadas durante el Proceso y el alfonsinismo, como Con mi mujer no puedo (1978), Hotel de señoritas (1979), Brigada explosiva (1986) y Johny Tolengo, el majestuoso (1987), junto a Palito Ortega, Minguito, Balá, Landriscina, el Soldado Chamamé, Tristán, Juan Carlos Calabró, Moria Casán, Emilio Disi, Graciela Alfano, Javier Portales, Pata Villanueva y Carmen Barbieri, entre otras celebridades de la farándula.

De cara al cielo fue estrenada el 3 de mayo de 1979, en plena dictadura de Videla, con motivo del centenario de la campaña genocida del general Roca contra los pueblos originarios de la Pampa y Patagonia. En el marco de esta conmemoración tan cara al patrioterismo castrense, con un gobierno entusiasmadísimo en celebrar a lo grande aquella «gesta» sin escatimar nada (se llegaría a realizar un fastuoso acto en la ciudad de Neuquén con desfile de soldados, escolares e «indios amigos»; con presencia de autoridades civiles, militares y eclesiásticas; y con discurso del propio presidente de la Nación) el INCAA había organizado un concurso cinematográfico, y el proyecto de Dawi resultó ganador. El premio consistía, precisamente, en el financiamiento del largometraje.

Para los parámetros del cine argentino, que no eran ciertamente los de Hollywood, De cara al cielo supuso toda una superproducción. Contó con un destacado elenco: Gianni Lunadei, Leonor Benedetto, María Aurelia Bisutti, Antonio Grimau, Leonor Manso, Ana María Picchio y Osvaldo Terranova, entre otros actores y actrices de renombre. Como en toda película de época, la puesta en escena demandó esfuerzos considerables de búsqueda o creación: locaciones, sets, decorados, vestuarios, utilería… Se contrató a Pedro Ignacio Calderón, el entonces director de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, para que compusiera una majestuosa banda de sonido, en un registro sinfónico y épico a tono con el gusto marcial del gobierno (el soundtrack, interpretado por el Ensamble Musical de Buenos Aires, está entre lo poco rescatable o digno de este film mediocre, cursi, pacato y patriotero, junto a la actuación protagónica de gran Lunadei, cuya carrera artística en la pantalla chica y grande estuvo principalmente asociada a la comedia, aunque en el teatro supo deslumbrar haciendo papeles dramáticos de alto vuelo).

De cara al cielo se rodó mayormente en el sur de la provincia de Neuquén, al pie de la cordillera, con abundantes extras de la zona –militares y civiles–, a la vista de paisajes norpatagónicos de imponente belleza (Junín de los Andes y San Martín de los Andes). Incluye varias escenas acartonadas de combate ecuestre –con sables, lanzas, boleadoras y armas de fuego– que remedan el género western. Se construyó, incluso, la réplica de un fortín de frontera a escala natural.

El guion, concebido como una mezcla de epopeya y melodrama, fue escrito por el propio director con el asesoramiento histórico de Ulises Muschietti, a partir de una adaptación –a cargo de Mario Reynoso– de un libro de Florentino Díaz Loza aparentemente homónimo e inédito. Díaz Loza era un teniente coronel del Ejército que había escrito varias obras sobre tanques de guerra, su especialidad profesional (pertenecía al arma de caballería blindada), y que también había incursionado en el pensamiento nacionalista-populista y el revisionismo histórico. Es autor de Las armas de la revolución (1972) y Doctrina política del Ejército (1975), donde exalta a San Martín y los caudillos federales, demoniza a los «oligarcas» unitarios, reivindica la alianza patriótica Pueblo-Ejército-Iglesia como esencia de la argentinidad, y arremete contra el imperialismo anglosajón y la subversión comunista. Oficial con pasado golpista azul, su activo compromiso con la militancia nacionalista lo llevó a participar del cuartelazo de Azul y Olavarría contra Lanusse, en octubre de 1971. Luego colaboraría con el gobierno peronista (1973-76). De cara al cielo refleja sin sutilezas la ideología de Díaz Loza: su chovinismo, su militarismo, su fervor católico, su anglofobia, su racismo…

Neuquén, 1884. El coronel Alvarado (Gianni Lunadei) tiene a su cargo un remoto fortín –¿Junín de los Andes?– cerca de la frontera con Chile. La conquista del «Desierto» está muy avanzada, pero aún no ha terminado. Algunas tribus mapuches todavía resisten la invasión huinca. Alvarado y sus soldados se esfuerzan en completar la «pacificación»: vencer y someter a la «indiada» rebelde, garantizar su conversión al cristianismo, asegurar su sedentarización en reservas. El coronel es un hombre recio, valiente, honrado, caballeresco y eficiente, dotado de carisma y don de mando. Se ha ganado la obediencia, el respeto, la admiración y el cariño de la tropa, los oficiales, el cura y las fortineras. Dirige su guarnición con férrea disciplina y sabiduría paternal, sin abusos ni atropellos, sirviendo con abnegación a su patria.

Aunque rebeldes, belicosos, salvajes y paganos, los indígenas no dejan de ser compatriotas llamados a regenerarse y civilizarse, algo así como niños traviesos e ignorantes necesitados de orden y progreso: un Ejército que amanse sus cuerpos y una Iglesia que salve sus almas. No son lobos feroces, sino ovejitas negras que el buen pastor debe incorporar al rebaño de la patria. Los verdaderos lobos feroces son los negociantes ingleses, gringos codiciosos e inescrupulosos que quieren adueñarse de la Patagonia comprando a precio vil sus tierras para esquilmarlas; y junto a ellos, la oligarquía liberal porteña, corrompida por el lujo citadino y el esnobismo europeizante. Alvarado se opone con firmeza a la política entreguista, vendepatria, de la Generación del 80 (su sector privado, para ser más exactos), que trata de engatusar o presionar a las autoridades nacionales para salirse con la suya. Alvarado quiere que las tierras conquistadas en Neuquén sean salomónicamente repartidas entre soldados e indios, sin intromisiones de la Pérfida Albión. No está solo en su posición. El gobierno de Roca –o al menos un ministro del presidente– le da su respaldo.

La crítica al imperialismo británico nada tiene de idealista ni de injusto. La extranjerización capitalista de la Patagonia es un problema real, y nunca está de más denunciarlo. Pero la película idealiza hasta extremos obscenos la actuación del Ejército Argentino y la Iglesia católica en la conquista del «Desierto», falsificando por completo este proceso histórico. Oculta el genocidio (masacres, campos de concentración, torturas, malos tratos, etc.), edulcora el etnocidio y la deportación a reservas, romantiza la reducción a servidumbre como adopción filial… Si no tuviera pretensión de verdad, De cara al cielo podría ser considerada la ucronía de un militar nacionalista católico y antiliberal sobre la campaña de Roca. ¿El punto Jonbar? Un gobierno y un Ejército roquistas que, en lugar de perpetrar una matanza y servir en bandeja el botín de guerra a la oligarquía terrateniente y el capital foráneo, quedándose con una buena tajada para sus altos funcionarios y oficiales, distribuye fifty-fifty las tierras conquistadas entre veteranos e indígenas en vistas a un proyecto de colonización agrícola fundado en la pequeña propiedad. Nada de esto sucedió. Los pueblos originarios fueron diezmados y totalmente despojados de sus territorios ancestrales, se impuso el latifundio ganadero sin cortapisas y la élite estatal –civil y militar– se enriqueció codo a codo con los estancieros pampeanos y los inversionistas europeos (Argentine Southern Land Company y otras firmas). Pero no se trata de una ficción ucrónica, sino de una ficción histórica negacionista. Negacionista porque niega el genocidio indígena, el terrorismo de estado contra los pueblos originarios.

Dawi se regodea con las cargas de caballería contra la «indiada» embravecida. Como en un cantar de gesta, como en las Cruzadas, como en la Reconquista Española contra los moros, los soldados argentinos se lanzan al galope con furia imparable, sable en mano, bajo el grito de guerra “¡a degüello!”. Pero poco después de la batalla, el Toro Alvarado ordena paternalmente que los indígenas prisioneros sean incluidos en los festejos del 25 de mayo, y que ese mismo día sean bautizados por el misionero (para Díaz Loza, el bautismo católico es la llave de ingreso a la nacionalidad argentina). La cruz y la espada, Dios y la patria…

Eso sí: la voz del indio casi nunca se oye; y cuando se oye, no formula críticas ni reproches. Se habla mucho sobre él, contra él o por él: hombres blancos de uniforme, de sotana, de gobierno y de negocios. Pero él no habla, no al menos desde sí y para sí. Solo es sujeto –mal sujeto– cuando maloquea. Cuando no maloquea, es objeto: objeto de conquista, objeto de cautiverio, objeto de catequesis, objeto de beneficencia, objeto de política agraria, objeto de argentinización, objeto de disciplinamiento, objeto de interpelación, objeto de discurso… Es la «buena» pasividad de quien recibe, desde afuera y desde arriba, la civilización occidental y cristiana.

El coronel, a quien el cacique cautivo ofrece la mano de su joven hija en señal de alianza, evita castamente tener sexo con ella y decide adoptarla en vez de desposarla, tranquilizando al cura –probablemente un salesiano– defensor de la moral y las buenas costumbres, que llegó a temer un desenlace pecaminoso de fornicación y concubinato. Alvarado no tiene manchas. Es un criollo intachable, que encarna a la perfección el ideal medieval del miles Christi.

Hay una escena clave, que devela el sentido metafórico del título de la película. Alvarado, que a desgano ha recibido una comisión angloargentina interesada en comprar tierras por mucho menos de lo que valen, la despide con un severo sermón de purificación, digno de Jesús cuando expulsa con un látigo a los mercaderes del Templo: “El deber mayor, primero, de cada soldado es defender la soberanía nacional. Y aquí esto nosotros lo hemos aprendido con sangre. Y lo que se aprende con sangre, se cumple con convicción. El precio, señores, fue la muerte de nuestros camaradas que yacen de cara al cielo. Murieron luchando con el indio, no contra el indio. El indio también es hijo de esta tierra de Dios. Y esta tierra es la soberanía que tenemos que defender. La voz y la sangre de esta tierra no se venden a los mercaderes”. Así apostrofa el coronel a los visitantes gringos en su despacho, bajo un crucifijo y una bandera argentina que refuerzan su mensaje nacionalista. Tras la partida de los británicos, Alvarado pone en práctica su política de distribuir paritariamente las tierras entre sus soldados e indios. Una «ucronía» a tono con el revisionismo histórico.

Como en La Patagonia Rebelde, un coronel del Ejército Argentino pretende defender la soberanía nacional en el Sur frente al «caos» de la rebelión. Pero mientras el coronel Varela, que masacra peones y obreros anarquistas en huelga, termina dándose cuenta que es un idiota útil del imperialismo británico, el coronel Alvarado (acaso un juego consciente o inconsciente de paronimia), que guerrea contra los mapuches indómitos de Neuquén, nunca deja de sentirse tranquilo con su conciencia, pues siempre tiene claro –igual que sus superiores militares y civiles, al parecer– que la antipatria no es la «indiada» de la Patagonia y sus bulliciosos malones, sino la silenciosa penetración comercial y financiera del Reino Unido a través de esa artera cabeza de playa que es la oligarquía liberal porteña. ¡Cuánta mitologización del pasado! ¡Cuánto extravío revisionista de la conciencia histórica!

Esa «ucronía» patriotera tiene otro costado más novelesco, más melodramático: Alvarado, de licencia en su Buenos Aires natal, compite con un capitalista inglés por la mano de Elisa (Leonor Benedetto), una bella damisela del patriciado. La muchacha, prometida por su padre como parte de un arreglo económico, no ama a Mr. Townsend. Ama al militar criollo, y con él se queda finalmente, en una parábola romántica de la historia argentina que debió haber sido, pero no fue (según la derecha nacionalista).

Otro detalle a tener en cuenta es el énfasis reiterado –nada casual– en la defensa de la frontera andina. No hay referencias explícitas a la hipótesis de conflicto con Chile, pero este fantasma geopolítico sobrevuela insidiosamente todo el film. Ya al comienzo, un subtítulo reza: “Neuquén, 1884. Frontera con Chile”. Y en el emotivo final, puede leerse esta sentenciosa recapitulación: “…y esta sangre olvidada fue la que afirmó nuestro histórico derecho sobre el lejano sur… tan argentino!”. Es un tiro por elevación a Chile. Recuérdese que la película fue rodada en plena crisis diplomática del Beagle, cuando la Junta Militar puso en marcha la Operación Soberanía (diciembre de 1978) previendo una conflagración con el país trasandino en la Patagonia. Esta tensa coyuntura también incidió en el tono anglofóbico del largometraje, pues el Reino Unido, en 1977, había emitido un laudo arbitral favorable a Chile, que el gobierno argentino rechazaría al año siguiente.

Aunque De cara al cielo fue muy promocionada, resultó un fracaso estrepitoso de taquilla y crítica. El público argentino acompañó poco y nada su estreno, y pronto la película quedó sepultada en el olvido. Según el historiador Javier Trímboli (véase el artículo citado más abajo), la prensa hegemónica de la época tampoco le dio una recepción favorable. A los grandes diarios de la derecha liberal (La Nación, Clarín, La Razón, etc.), identificados con el podereconómico y la historia oficial, les molestó el talante revisionista del largometraje: su coqueteo con el populismo antioligárquico, su vehemencia antiimperialista, su hostilidad hacia el libre mercado, sus guiños al estatismo, su condescendencia paternalista con los indígenas, su racismo tibio o benévolo, sus veleidades de reconciliación huinca-mapuche… Es posible que este malestar del establishment haya coadyuvado a que el film tuviera un paso tan efímero por las salas de cine. ¿Censura encubierta? Tal vez…

Hoy casi nadie sabe o recuerda que Dawi realizó una película sobre la conquista del «Desierto» con aval y apoyo de la dictadura procesista, al cumplirse los cien años de la campaña de Roca. Hay excepciones, claro. En el ámbito de la crítica cinematográfica, Leo Senderovsky escribió una breve reseña para el sitio web de la Agencia Paco Urondo, que salió publicada el 18 de marzo de 2015. En el campo de la investigación histórica, Javier Trímboli nos ha dejado un interesante artículo intitulado “1979. La larga celebración de la conquista del desierto” (Corpus, vol. 3, n° 2, 2013), que incluye algunas líneas sobre De cara al cielo. Pero no hay más, y es muy poco.

Cuando se estrenó Fuga de la Patagonia (2016), una película sobre las andanzas del Perito Moreno en el Wallmapu hacia 1879, el periodista Horacio Bernades publicó en Página/12 una reseña donde dice: “A mediados de los años 40, Lucas Demare y Hugo Fregonese codirigieron Pampa bárbara, western criollo con soldados atacados por la indiada en un fortín fronterizo. Veinte años más tarde, Fregonese dirigió a solas una remake protagonizada por Robert Taylor, y mediando los 90 Edgardo Cozarinsky le puso el borgiano título Guerreros y cautivas a una historia ubicada en medio de la Conquista del Desierto. A esas escasas aproximaciones se reducían hasta ahora los atisbos de un western argentino, género que no se desarrolló en estas pampas por la sencilla razón de que la cultura local vive la expansión blanca del siglo XIX como una culpa y no una épica. Pero nadie dice que todo western deba ser épico. Se podrían concebir, y de hecho existen, western trágicos, autocríticos y hasta satíricos. La cuestión excede el encuadre de esta nota. Presentada en Competencia Argentina en la reciente edición del Festival de Mar del Plata, Fuga de la Patagonia, ópera prima de Javier Zevallos y Francisco D’Eufemia, se suma a este reducidísimo cuerpo de películas del oeste argentino. El sur, en este caso, para ser más precisos”. Bernades parece ignorar completamente De cara al cielo.

En “Malones de película. Las estrategias de representación de los pueblos originarios en el cine argentino. Apuntes para pensar la relación entre cultura e imperialismo”, ponencia presentada en las XI Jornadas Interescuelas de Historia (Universidad de Tucumán, 2007), Marcela López y Alejandra Rodríguez exploran varios films de ficción, anteriores y posteriores al Proceso: El último malón (1918), Viento norte (1937), Huella (1940), Pampa bárbara (1945), El último perro (1956), Guerreros y cautivas (1989)… Sin embargo, De cara al cielo no aparece mencionada por ninguna parte, como si no se supiera de su existencia.

Ocho años después, una de las autoras, Alejandra Rodríguez, publicó un libro entero sobre la temática: Historia, pueblos originarios y frontera en el cine nacional (UNQuilmes, 2015). La filmografía es abundante, y se le pasa revista con mucho detalle, a lo largo de 150 páginas. No obstante, la película de Dawi brilla por su ausencia, sin merecer siquiera una mención al pasar.

Podría citar más ejemplos, pero sería redundante. De cara al cielo se halla en un cono de sombras, no hay dudas de eso. Puede vérsela en YouTube, aunque en pésima calidad.

Ojalá este escrito contribuya a darle visibilidad. No se trata de hacer un rescate apologético, sino crítico. Como dijera Walter Benjamin, “No hay documento de civilización que no sea, simultáneamente, un documento de barbarie”.

Federico Mare

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