David Moreira ¿qué tiene que ver con el pasado?

Pensar la dictadura militar remite a pensar la experiencia extrema, un momento extraordinario en la historia, un río que se va de madre. Sin embargo, la sola contemplación de esta dimensión aunque  no menor de un acontecimiento histórico implicaría su reducción a un hecho singular e incomparable, que sólo puede dar cuenta del pasado, y no tiene implicancia alguna en el presente, sino como evocación de lo que nunca más debe volver a suceder.

Hemos insistido más de una vez en este punto. Lo que quisiera considerar es la índole compleja de este vínculo entre el pasado y el presente que se pone en juego siempre en una conmemoración. La existencia a nivel nacional de al menos dos convocatorias para diferentes actos para este 24 de marzo, fenómeno recurrente desde hace  ya varios años, da cuenta de la disputa por los significados de ese pasado hoy, en definitiva, de los diferentes usos políticos de ese pasado, aún entre quienes coinciden en su repudio. Para algunos la fecha es un momento clave para denunciar la persistencia de violaciones a los derechos humanos cuyas  prácticas son una continuidad de la dictadura, para otros, al contrario, es un momento para reivindicar los avances en materia de derechos humanos y al mismo tiempo señalar la necesidad imperiosa de defenderlos ante un posible intento de “vuelta hacia atrás” a través de acciones destituyentes, golpes “blandos” o del avance político de la “derecha”.

De eso se trata la memoria. En el tránsito de este ejercicio reflexivo un hecho brutal ocurrió en Rosario: un grupo de personas mató a golpes a joven de 17 años, a quien presumieron como autor de un intento de arrebato de la cartera de una mujer. “Un pibe chorro”. No es la primera vez que ocurre, ni la última, en Palermo, unos días después, hubo otro intento de linchamiento a otro adolescente. Un testigo dice que los presentes alentaban que la golpiza siguiera hasta matar mientras un rio de sangre corría por el piso. ¿En qué medida este hecho evoca el pasado? ¿O se trata de una novedad del presente que tiene una ligazón débil con la experiencia del terrorismo de Estado?

En principio no se trata de una “violación a los derechos humanos” sino de un delito cometido por particulares. Sin embargo, si ampliamos la perspectiva desde donde mirar y nos apartamos de las interpretaciones jurídicas de los hechos, las conexiones pueden resultar más que inquietantes. Se trata de una ejecución sumaria de alguien al que se considera peligroso, perpetrada por particulares, pero que en el acto demandan y legitiman que el Estado lo haga, lo hacen en “ausencia de”, entonces,  por “mano propia”. No están organizados, ni es una acción intencional, pero la espontaneidad de la coordinación y la uniformidad de la voluntad, “pegar hasta matar”, indica la existencia de un sustrato ideológico, una mirada sobre la realidad compartida que motiva la acción y el resultado.

“Matar a golpes” también es una forma de matar del Estado: matan a golpes las policías, matan a golpes los penitenciarios. A Patricio Barrios Cisneros lo mataron a patadas en la Unidad Penitenciaria 46 de San Martín, el 29 de enero de 2012. A Fabian Gorosito la policía de Merlo lo mató a golpes el 15 de agosto del 2010. No son hechos aislados,  hay muchos y conocidos, y muchos más que “muelen a golpes” aunque no maten.

En la transición a la democracia, había un amplio consenso para la construcción del “Nunca Más”, y que la vía para lograrlo sería la Justicia, el pasado sería examinado en los estrados judiciales, en procesos transparentes donde cierta neutralidad fuera garantizada. Entonces, sabríamos qué pasó y quiénes fueron los responsables, los cuales recibirían la condena correspondiente con sus conductas.  Este acto fundacional de una nueva comunidad nacional, daría paso a una democracia donde el “orden” no emanara de la violencia sino de la ley. No caben dudas del efecto retroactivo de las condenas a los genocidas, del acto de reparación del daño para los familiares y las víctimas, y entonces, de la sociedad toda. Sin embargo los cientos de perpetradores en prisión, no nos salvan de lo que Adorno llamaría “la recaída en la barbarie”.

Perpetradores reales o  potenciales andan libres por las calles, con uniforme o sin él, y lo que es peor, un amplio coro los alienta. Los blancos  probables no son aún los militantes políticos, hoy la depuración social, la limpieza de los indeseables se ordena según el origen social. Este elemento alberga un potencial político enorme, que aún no se despliega, pero puede hacerlo. La novedad que trajo el fascismo a la política contemporánea radicó precisamente en este componente ideológico emocional que le dio gran vitalidad a la hora de concitar el apoyo de la gente ofreciendo ese enemigo común contra quien luchar y defenderse. Sinceramente creo que estamos lejos de un escenario así, pero es necesario advertir ciertos rasgos que prefiguran una conflictividad compleja sobre la que hay que intervenir. Y la vía no es sólo buscando el castigo de los responsables, esa es inclaudicable, pero no por eso suficiente. Tampoco recordando que todo puede ser infinitamente peor.

La implantación del terrorismo de Estado en la Argentina no se impuso de un día para el otro, hubo condiciones sociales, económicas, culturales y políticas de larga data que construyeron sus  condiciones de posibilidad. No se llega a un acontecimiento extraordinario en un solo paso. No voy a detenerme en esto, pero sí señalar que así como deberíamos inscribir la dictadura en un tiempo más largo, también deberíamos extender sus consecuencias de manera más amplia, aunque evitando generalizaciones  poco fructíferas al estilo de “todo sigue igual”. En este desafío deberíamos interrogarnos acerca del efecto de las políticas de la memoria que tanto hemos impulsado y su supuesto vínculo con la democratización de la sociedad. No se trata de “mea culpa” sino de revisar intervenciones y no caer en exitismos o derrotismos destemplados.  La otra opción es aceptar la lacerante y paralizante idea de que nuestra sociedad está llena de escorias, propensas a la manipulación fascista,  en este caso reiteraríamos la fórmula, sólo que sustituyendo a los indeseables y morigerando su tratamiento.

El asesinato de David Moreira en Rosario puede mostrarnos la cara de un profundo fracaso, de aquella ilusión de los ochenta  y de las más cercanas. Tampoco somos únicos en esta encrucijada, en la Europa plagada de museos y memoriales de la Shoah que todos los días se llenan  de jóvenes, anida y se reproduce la violencia contra los inmigrantes, linchados en más de una oportunidad.

El recuerdo de lo vivido no es un antídoto mágico contra su posibilidad de repetición, sí lo son las acciones políticas que se despliegan para transformar la sociedad, para disputar no sólo los relatos sino las bases materiales que estructuran las relaciones sociales.

Los procesos socialmente regresivos que se aceleraron en 1976 al compás del terrorismo de Estado, y que se profundizaron en los noventa al calor de la democracia neoliberal no fueron superados. Sería bueno detenernos en esa dolorosa escena de Rosario para preguntarnos de dónde viene y cómo se desarrollará. El final no está cantado, todavía depende de nosotros.

*Profesora en Historia. Magister en Ciencias Sociales. UNLP – Comisión Provincial por la Memoria

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