“Cultura política, militantes y movilización” -Entrevista a Fernando Aiziczon

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“Cultura política, militantes y movilización”

-Entrevista a Fernando Aiziczon-

¿Hay acaso un concepto tan controversial y complejo como el de campo? ¿Y si a este campo le endilgamos además la complejidad de pensarlo desde una perspectiva geográfica a la vez que temporal? ¿Y si además sugerimos para este campo un espacio tan complejo como Neuquén -la tierra de la promesa de bienestar, el último bastión de una manera de entender las cosas del Estado desde una suerte de ‘feudalismo estatal’, el Neuquén de la Resistencia? Y junto a ese espacio, el campo pensado desde una temporalidad nostálgica en la evocación de la lucha a la vez que siniestra en su amenaza de retorno: la década del ’90, década heroica y evocable para algunos e infame y aborrecible para otros, quizás por la misma razón. Habrá que intentar buscar algunas de esas respuestas en Cultura política, militantes y movilización. Neuquén durante los años ’90 de Fernando Aiziczon.

Tal vez, y ya que el autor de este trabajo que hoy nos ocupa nos autoriza a metaforizar los conceptos o a pensar la conceptualización como metáfora, uno podría pensar en los ’90 como una suerte de Espada de Damocles. En una tradición política que suele pensar siempre en la vuelta de algo, a veces promisorio y otras amenazante, los años duros de avance neoliberal parecen pender sobre nuestras cabezas con el filo ominoso de la amenaza de regreso. Pero con el regreso de lo aberrante, vuelven también las historias de la resistencia. Y la posibilidad de pensarlas: si el campo es a la vez lugar y momento, ¿por qué el tiempo no puede ser adamas arma, cargado se sí mismo?
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1- Cultura política, militantes y movilización es un libro que se propone explicar una vigorosa cultura política de la protesta que se expande hasta nuestro presente. ¿Cómo surgió la idea de escribir este libro?
“Cultura política, militantes y movilización” es una continuación de mi anterior libro “Zanón. Una experiencia de lucha obrera” (2009), es decir una prolongación, a mayor escala y hacia atrás temporalmente, de una misma pregunta: ¿por qué Neuquén despliega una intensidad de protestas sociales incomparable con otras zonas del país?, ¿cómo se sostienen en el tiempo las movilizaciones y experiencias de lucha?, ¿Quiénes las protagonizan, mediante qué prácticas?, ¿cómo se transmiten generacionalmente? Cuando indagaba previamente el caso de los obreros de Cerámica Zanón me resultaba imposible no referir a las luchas pasadas desplegadas en los ’90, incluso más allá de la espectacularidad de las puebladas cutralquenses que son algo así como el mito de origen de Neuquén como territorio beligerante. En el año ‘95 por ejemplo, ya tenemos la Coordinadora de Desocupados, en el año ’94 la pueblada de Senillosa, entremezcladas a su vez con las acciones de ATE y ATEN; y si retrocedemos hasta los ’80 encontramos la militancia de las organizaciones de DDHH, pero también la desconocida experiencia de la Interbarrial neuquina, la impronta de la comunidad chilena, las huelgas de la UOCRA, es decir, no es posible explicar ni comprender la riqueza de las luchas sociales neuquinas actuales sin mirar hacia atrás el desarrollo de una enorme historia previa que ha sabido constituirse en tradición, en cultura política, en forma de hacer política de las clases subalternas.
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2- En Neuquén, usted sostiene que existe un proceso en construcción de una cultura de la protesta durante los 90 ¿Cómo fue posible este proceso?
Una cultura política de protesta refiere a un conjunto de prácticas sociales mediante las cuales actores específicos se encargan no sólo de resistir frente a situaciones que consideran injustas política y socialmente (de allí que protesten), sino fundamentalmente a transmitir en el tiempo, generacionalmente, valoraciones positivas respecto a esas prácticas. En otras palabras: la construcción social del piquete o del corte de ruta y de calles, la cotidianeidad de asambleas deliberativas, el recurso a la toma de edificios públicos o privados, la movilización callejera, los rituales conmemorativos, los cánticos en las movilizaciones, la escritura de volantes, balances o publicaciones periódicas, las alianzas entre organizaciones y hasta el propio modo de interpretar e investigar estas prácticas de resistencia específicas, es decir, cierta reflexividad o “comprensión de sí” que elaboran los protagonistas constituyen lo que denomino una cultura política de protesta. Gran parte de la posibilidad de que exista está dada por la tarea no siempre visible y conciente de eso que denominamos militantes o activistas. Son ellos, en principio, los que hacen existir mediante la acción a una cultura política, cuya particularidad es el ejercicio de la protesta.
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3- Inés y Lolín son dos íconos inseparables en la lucha por Verdad, Memoria y Justicia en el Alto Valle de Rio Negro y Neuquén. ¿Cuál es la importancia de ellas en las múltiples historias que intenta contar a través de sus testimonios?
Como desarrollo en el primer capítulo del libro, Inés y Lolín cumplen una tarea simbólica insoslayable de legitimación de luchas, de transmisión de historias en ese hilo común que las unifica y que arranca en la demanda de Verdad, Memoria y Justicia, se continúa en los ’90 con las resistencias al “Neoliberalismo” y persiste en el nuevo siglo denunciando nuevas formas de opresión. Pero resulta que esa conexión entre luchas sociales no se realiza “en el aire”, espontáneamente, sino que hay que practicarla continuamente; esto significa que sin ellas probablemente las experiencias de lucha carezcan de una interpretación, de un sentido histórico que las incorpore en la historia social neuquina y argentina. Y es precisamente la incorporación de un sentido a las acciones lo que permite, entre otros factores, que las luchas se sostengan. Yo recuerdo en especial 2 momentos durante mi investigación: cuando Madres de Plaza de Mayo le entregan el pañuelo a Raúl Godoy, en un acto de impresionante valor simbólico realizado en la fábrica Zanón; y cuando las visité para entrevistarlas: resulta que antes de comenzar nuestra charla me pidieron que exprese mi opinión sobre el polémico vínculo que venían desarrollando precisamente Madres de Plaza de Mayo con el gobierno de Néstor Kirchner. Este pedido de posicionamiento previo, que podría ser considerado como imprudente para un investigador porque condiciona el despliegue posterior de la entrevista (en el caso de no coincidir), es también parte de esa práctica militante permanente. De igual modo, me interesa ir más allá y desatacar que Inés y Lolín no son únicamente figuras militantes destacadas, sino principalmente modos en los que se construye una cultura política, en el sentido de la necesidad de crear personificaciones vivas de la historia reciente de luchas sin las cuales sería muy difícil establecer sentidos a más largo plazo…En otras palabras, Inés y Lolín son “historia hecha cuerpo”.
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4- Los “legados” son una marca social inasible, compleja y difícil de indagar, como seguramente ha sido la figura del obispo De Nevares. Entonces, siendo más directos y para quienes no conocen al Obispo… ¿Quién fue Don Jaime?
Bueno… “Don Jaime”, como es nombrado por la militancia neuquina, además de ser el primer Obispo neuquino, uno de los fundadores de la APDH, famoso por su acompañamiento a los obreros en huelga durante el Choconazo, entre tantísimas acciones y anécdotas que pueblan su vida pública, diría que cumplió un rol similar al que desplegaron después las Madres de Plaza de Mayo, que a su vez lo reconocen como la gran figura, tan icónica como ecuménica, de la militancia neuquina. “Don Jaime” es lo que yo llamo un clásico “actor-red”, con una disposición a la acción (ir a las huelgas, comprometerse en las movilizaciones de modo expeditivo, etc.) que incomoda a sus legatarios, y que cobija en su historia no sólo a las organizaciones de DDHH locales sino que hasta “empuja”, en términos de la jerga militante, a la conformación de ATEN en los tempranos ‘80s, es decir…nada más y nada menos que al gran sindicato que condensa casi toda la cultura política de protesta neuquina. Varios testimonios me indicaron ese momento preciso en el cual Don Jaime dice explícitamente: “bueno…¡hagan el sindicato, qué esperan!”. Y yo no dejaba de preguntarme ¿dónde se ha visto semejante determinación militante? Sin embargo, por enorme que sea, no hay que sacralizar su figura…los “ruidos” que ha generado tras su muerte pueden encontrarse tanto en un reacomodo conservador de la Iglesia neuquina como en la posibilidad de emergencia de una crítica desde los sectores más subalternos y que han “sufrido” ciertamente la acción militante de la Iglesia: los mapuches… Lamentablemente, no he logrado profundizar en lo que denominaría la historia militante de las comunidades mapuches críticas hacia todo el espectro de protesta neuquino, desde la Iglesia hasta la izquierda. Pero sin dudas son ellas las que delimitan la frontera de lo que ha sido posible, en términos de construcción de una cultura política no solo de protesta sino fundamentalmente un proyecto radical de emancipación. Volviendo a Don Jaime, y siguiendo con la interpretación que propongo, quisiera sugerir que el obispo no es una figura militante exclusiva ni que carezca de comparación: su gran otro especular es nada menos que “Don Felipe”… Sapag. Esto nos invita a pensar sobre los tipos o modos de compromiso político que fueron omnipresentes de una época determinada, independientemente de la identidad política en la que se inscriben.
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5- ¿Cómo define usted (si es que existe una definición posible) a un activista o militante teniendo en cuenta tus investigaciones realizadas en las organizaciones sociales y sindicales de Neuquén. Está claro que ser militante o formar de un colectivo militante no es poseer la acción por naturaleza, pero, sin militantes… ¿Hay acción?
¡Claro que hay sin militantes hay acción!, es más, a veces la presencia de un determinado tipo de militante u organización obstaculiza la acción, ya sea porque la intimida, ya sea porque le señala cómo actuar, produciendo el efecto inverso, no deseado por el militante. Pero eso ya es un “problema de mecánica”, como se sugiere en el libro. Más que responder a la pregunta sobre qué es un militante yo me interrogaría por la existencia de militantes. ¿Por qué existen?, ¿qué nos dice su función sobre los modos en que las sociedades occidentales contemporáneas despliegan la decisión-acción? Mi respuesta al respecto es entre realista y pesimista: nuestras sociedades obturan la autonomía de los sujetos, reprimen la expresión (la acción), sino sería incomprensible que existan sujetos con una función específica: movilizar. Retomando el tema del libro, Neuquén tiene una condensación única de militancias. En las primeras páginas reflexiono sobre cuál es la finalidad de un obrero que le lee a sus compañeros unas frases de los mártires de Chicago; más adelante reconstruyo el sentido del velatorio de un militante en una sede sindical, mientras trabajo las figuras de las Madres, de Don Jaime, de exiliados políticos chilenos, etc. De algún modo los militantes en el caso neuquino han sido el reservorio práctico de la acción, los sujetos de la transmisión del valor positivo de la movilización. Sin acción no hay posibilidad de subjetivación política. He intentado plasmar estos dilemas teórico-prácticos en los 3 “excursus” que contiene mi libro: ahí aprovecho para profundizar los grises en la construcción de la acción. ¿Cómo? A través de las biografías, buscando la respuesta al por qué alguien se convierte en militante, a los mecanismos y técnicas para definir una situación, para ganar debates, escribir, etc., y que incluyen, por supuesto, el desencanto total con ese universo. Siempre me ha fascinado el micromundo militante, porque además han sido los militantes los que me han proporcionado (y a veces escamoteado) los materiales más valiosos para comprender el background de la acción: minutas, circulares internas, cartas personales, fotos, colecciones de volantes y boletines, hasta confesiones de relaciones amorosas increíbles. Lo político, la política, y la acción, están muy lejos de ser algo racional y conciente.
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6- Para finalizar, quisiéramos hacerle dos preguntas en relación a su oficio de investigador: a)¿Cuáles son por estos días sus preocupaciones en materia de investigación y lecturas? y por ultimo b-¿Por qué hay que tener y recomendar en nuestras bibliotecas a Cultura política, militantes y movilización, Neuquén durante los años 90.
Actualmente estoy comenzando a indagar en el período de la post dictadura en los sindicatos cordobeses, enfocando en las redes militantes, las organizaciones políticas, los exilios, reconstruyendo cómo el activismo sindical se reorganizó a la salida de la dictadura en Córdoba, cuáles fueron sus características y explicar su devenir posterior. En particular comencé a trabajar con el gremio de los Gráficos, que tiene una rica tradición inexplorada en Córdoba, además de poseer uno de los archivos sindicales más frondosos y mejor cuidados. Leo en general artículos académicos que se vienen publicando en el ámbito de las ciencias sociales en torno a sindicalismo y militancia, y en particular los años ’80, que están comenzando a revisitarse luego de que se los consideró como un mero momento transicional.
En términos teóricos, no hay grandes novedades después de cierto boom a fines de los ’90 de la sociología de la acción colectiva, la teoría de los nuevos movimientos sociales, la sociología del activismo, y algún tibio avance en el campo del marxismo crítico. Leo y releo desordenadamente clásicos y alguna que otra novedad que ahora me resulta interesante, como los textos de Mark Fisher, que cruzan política, filosofía y música en el capitalismo actual. No soy de cultivar autores, leo buscando el método o la idea, por eso disfruto y recomiendo las clases editadas de Deleuze, en especial las que se encuentran en la compilación titulada “En el medio de Spinoza”. Supongo (o quisiera) que algo de su noción de sujeto, de la acción, de la vida, del devenir histórico, aparece en mi escritura. Pero es solo un deseo.
Por otra parte, hasta ahora curiosamente Neuquén sigue careciendo de libros de historia social que integren o reconstruyan períodos cronológicos más o menos extensos. Ni los 60-70s, ni los años ’80, ni qué hablar de la historia reciente, han sido objeto de estudios de largo aliento o de investigaciones históricas densas. Sí hay varias compilaciones, claro, pero desintegradas, desconexas. En ese sentido, creo que mi libro brinda una reconstrucción de las principales luchas que se dieron entre fines de los ’80 y principios del siglo XXI, que son años decisivos en la historia reciente neuquina. Contiene un método y una explicación que discute con otros estudios al respecto, y abre el campo a nuevas indagaciones sobre el período. La forma en que está escrito supongo que lo hace accesible al público en general, y al lector académico y militante en especial. Eso es todo.
* Doctor en Historia, profesor concursado en la Cátedra de Historia Social Argentina, departamenteo de Antropología, Facultad de Filosofía y Humanidades, UNC. Investigador del CONICET en el IDH (Instituto de Humanidades)

 

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