Crítica; una cuestión de distancia injusta. El mal-estar de la Ilustración.

 “Tal vez un rasgo de la cara crucificada acecha en cada espejo; tal vez la cara se murió, se borró, para que Dios sea todos”.                                                                                             

               Jorge Luis Borges. Paradiso, XXXXI, 108. 

Durante largos años, siguiendo un célebre aforismo del Evangelio, hemos opuesto la Letra (que mata) al Espíritu (que vivifica). ¿Cómo trenzar ambos? O mejor, ¿Cómo salir de esa oposición y verla bajo el prisma histórico, es decir, dentro de un entramado de fuerzas, de luchas y conflictos que acompañaron todos los procesos  a través de los cuales la Ilustración se abrió paso?

Más allá de la cuestión de pensar la Ilustración como el “hecho” por el cual el hombre sale de la minoría de edad, que estriba en la incapacidad de servirse de su propio entendimiento sin la dirección de otro, y la idea de que el uso público de la “razón” (que siempre debe ser Libre) fomenta su “abrirse paso por el mundo” y que la libre circulación de las ideas Significa Madurez histórica (testificando un Estado regido por el Derecho), quisiera “martillar dos puntos” dentro de estos enunciados clásicos, alambicadamente cristalizados. Uno tiene que ver con la ingenuidad metodológica sobre la cual la Ilustración descansa sus pies marmóreos y neutros, y por otro lado, ver el nacimiento de la “crítica Ideológica” como la continuación del fracaso del Diálogo, recordemos, siempre de conciencias libres, que está en el idilio de la Aurora de toda razón. En fin, ver la Voluntad de poder detrás de los saberes cincelados por un régimen de enunciados que  oblitera la sangre de los “otros”, esas minorías dentro de un saber mayor. Ese discurso Histórico y político que aspira a la verdad y el buen derecho, a partir de una relación de fuerza, para el desarrollo mismo de esa relación y con exclusión del sujeto que habla-sujeto que habla del derecho y busca la verdad-de la universalidad jurídica Filosófica. Ver como se plantea un derecho y un saber afectados por la disimetría, es decir, fundar una verdad, en este caso la ilustración, su método, su epistemología, ligada a una relación de fuerza, una verdad Arma (volvemos a la letra que mata) y un derecho singular (el espíritu que vivifica).

A las cachetadas nos entendemos…

Copi, “La internacional Argentina”.

¿Y qué pinta usted en todo esto?

-Yo, no pretendo más que un puesto irrisorio, de jardinero, como el emperador de China fue jardinero de Mao. (…)

-¿Y quién se ocupará del país?

-Nadie, ésa es la novedad. Nada de ejércitos, ni cámaras, ni ministerios, ni organismos del Estado. Partiremos de cero!

-¿Propone la anarquía?

-Bobadas! Los argentinos no son anárquicos por naturaleza. Nadie lo es! Se organizan bien solos. Nunca han soñado otra cosa!

-¿Y la ley?

-Los jueces que hagan lo que quieran. Se les agradecerá que den pruebas de imaginación, como todo hijo de vecino. Y si las energías diseminadas por todo el mundo y los cerebros como el suyo vuelven al país, pronto seremos un país en la tierra! Un paraíso ateo, naturalmente..

Así como el emperador, el juez, etcétera, los educadores, la escuela,  provienen de “la violencia”, hijos bastardos de una voluntad de saber  que niega su origen, es decir, sus valores, que son a su vez condición de posibilidad de pensarse y pensar a los otros bajo la marcha de una filosofía de la historia humanista y atea. Sin embargo, si nos preguntamos ¿Qué es la verdad? Diremos, siguiendo la estela dejada por Foucault, la combinación de lo visible y lo enunciable, ¿Por qué es necesaria una historia de la verdad? Porque el saber es cuestión de práctica, en otros términos, la verdad es inseparable de las prácticas que la producen, de un procedimiento.

En el hermoso y perturbador libro de Peter Sloterdijk, Crítica de la Razón Cínica, vemos la posibilidad de ensanchar la huella abierta por Foucault, porque allí vemos varios conceptos que permiten desglosar un nuevo modo de visibilizar el proceso de la modernidad, y la ilustración en “el caso alemán”, una visitación a una época que es la piedra de toque de dos de las características del siglo XX; el Encierro y el Exilio sobre un fondo de exterminio de las otredades.

 Si el saber es una práctica, lo que nos propone el pensador alemán es pensar los “medios de poder” que la Ilustración despliega cuando tiene enfrente a conciencias opuestas. Y, fundamentalmente, el argumento racional que se enuncia para justificar el paso a “las prácticas de coerción” y cosificación de la conciencia del otro, que no es otra cosa que objetivizar al otro como un objeto de estudio, ver en esa conciencia los resortes que producen la falsa conciencia.

Vayamos por pasos. En primer lugar, bajo la idea de un choque de razones plausibles, de individuos ingenuos, no esclavizados por su propia conciencia, no presionados por ataduras sociales,  se busca enrolar a los contrarios en las filas de la ilustración: la verdad, en fin, que quiere difundir los ilustrados surge de la adhesión, es decir, el acceso a una opinión mejor y el abandono de la opinión anterior. Utopía amorosa de una ganancia y un dolor. Ese pacifico idilio de teoría del conocimiento, tal vez su cúspide sea la Academia, tiene como “modelo” el diálogo, el intercambio de pareces. Sin embargo, el dolor, el abandono de una conciencia por otra, se hace soportable porque en realidad el perdedor se puede considerar el verdadero ganador.

Pero más allá de la carcajada cínica frente a este idealismo necio, Peter Sloterdijk va más lejos. Porque  en un segundo momento muestra que la misma ilustración es la primera en darse cuenta que sólo con un diálogo verbal y racional no se impone, ya que siempre las cabezas humanas siempre demasiado llenas desarrollan una resistencia de costumbres perezosas y opiniones probadas que mantienen ocupado el espacio de la conciencia, o sea, el recipiente del saber no puede ser llenado hasta arriba dos veces, la crítica ilustrada reconoce en ello-en todo lo que está en las cabezas-su ancestral enemigo interior, y es más, les da un nombre despreciable: “prejuicios”. La ilustración  saca el mayor provecho de esta situación, del silencio de las prepotencias y tradiciones a la hora de hablar de cosas como: Razón, Justicia, libertad, igualdad, verdad, investigación, y dado que si se pudiera imponer con  la fuerza no sería ilustración, y dado que a ella no se le regalo nada, ha desarrollado desde el principio y junto con esta invitación al diálogo, un segunda actitud beligerante, Ella es golpeada, devuelve golpes.

Es así como el NO del contrario se vuelve una realidad tan poderosa que se vuelve un problema teórico. Y es así como el contrario, el otro, se vuelve un caso, por ende, ya no es pensado como un Yo, sino como un aparato en el que trabaja un mecanismo de resistencia que lo hace no libre y culpable de errores. Hagamos un Stop momentáneo, volvamos sobre lo antes dicho, y preguntémonos que es el poder. Deleuze, es su libro “Foucault”, dice, son relaciones de Fuerza, o sea, el poder no es una forma, y por otro lado, el ejercicio del poder aparece como un afecto, puesto que la propia fuerza se define por su poder de afectar a otras. Incitar, producir,  suscitar al otro, fuerzas o prepotencias como las llama Sloterdijk, a un discurso; eso es precisamente lo que estamos intentando captar, el saber poder, y ver la dinámica, ya que en toda fuerza afectada por otra hay capacidad de resistencia. Bien, dicho esto, volvamos con esta frase plena, un puro afecto activo a nuestro pensar, “la crítica de la ideología es la continuación polémica con otros medios del diálogo fracasado”.

Quisiera marcar algunas características de la crítica de la ideología. En primer lugar, los motivos de falsedad; en el caso de la ilustración, conoce dos motivos; “equivocación” y voluntad perversa”. Esta última es lisa y llanamente el error adherido a fundamentos de la vida, que se denominan ideología, apareciendo así la clásica serie de falsas conciencia; mentira, error, y ideología.

 En un segundo lugar,  y quizás lo más importante en términos filosóficos, que la moderna crítica filosófica se ha desprendido de los fundamentos de la risa, es decir, la sátira como modo de “crítica” volviéndose “en la modernidad” y su entramado de poderes y resistencias, un hecho serio que imita el actuar quirúrgico; abrir al paciente con el escalpelo crítico para después operarlo. Y es obvio que así no nos acercamos al enemigo, que no quisó aceptar la ilustración menos lo querrá ahora, descuartizado y desenmascarado por el contrario.

¿Qué quiere decir que la crítica se ha vuelto seria? Nada más y nada menos que la crítica se ha vuelto ciencia, preguntémosles al marxismo ortodoxo, canónico y riguroso. Y lo peor ha buscado asilo en el psicoanálisis, todo falsa conciencia es conciencia enferma; deshumanizadora cosificación de la conciencia enemiga. Y quiero recordar que Peter Sloterdijk marca que conservar intacta la saludable ficción del diálogo es la última tarea de la filosofía.

¿Conclusión? Volvamos al diálogo de Copi. Y pensemos en un  nuevo modo de interrogarnos sobre nosotros,  ilustrados todos, marxistas, liberales, anarquistas, y, fundamentalmente, quién será el jardinero de quien, donde está el paraíso que una verdad promete a otra; hoy, más que nunca, que hemos abandonado una relación erótica con el saber, hoy que toda verdad, la única verdad posible, que el saber es poder y el poder es saber. Instrumentales y perversos todos, los idealistas, así como los  que hablan de praxis revolucionaria, los cínicos, todos en este bosque buscando la fruta, es decir, la verdad, que es un plus de fuerza, desplegada en ramas de potencias y prepotencias.

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