Córdoba, el “Cordobazo” y una pequeña addenda.

Autor: Ariel Petruccelli
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En los años sesenta y setenta se decía de Córdoba que era el termómetro del país. Allí sucedía, en general con alguna antelación, lo que luego se generalizaba por toda la geografía del Estado pretendidamente nacional. En tiempos revueltos, Córdoba era el epicentro de los revoltosos.
La Argentina no fue ajena al “clima de época” de los entusiastas años sesentas. Aquí también los estudiantes comenzaron a ver en el capitalismo la fuente de los males, en el obrero un aliado, y en el socialismo un horizonte posible, casi al alcance de la mano. Las expectativas revolucionarias que se habían despertado en América Latina luego del triunfo de Fidel Castro y el Che Guevara en Cuba, dieron origen a una plétora de organizaciones políticas o político-militares izquierdistas. La clase trabajadora argentina, sin embargo, permanecía bajo el férreo control de los burocráticos sindicatos peronistas y sus corruptas cúpulas sindicales. Pero incluso en este terreno comenzaron a percibirse señales de cambio. El sindicalismo peronista disidente, junto a la izquierda y los independientes, darían lugar a la CGT de los Argentinos, liderada por Raimundo Ongaro y dentro de la cual se destacaba un joven dirigente de Luz y Fuerza de Córdoba: Agustín Tosco.

Córdoba era, por aquellos tiempos, un enclave anómalo en la geografía sindical del país. Un conjunto de circunstancias estructurales y coyunturales habían permitido que en la Provincia mediterránea se desarrollaran fuertes núcleos de un nuevo tipo de sindicalismo, comprometido con la democracia y el pluralismo (en contraposición al verticalismo burocrático del sindicalismo peronista tradicional), así como también con el socialismo, al menos como perspectiva social a largo plazo. No es casual que fuera Córdoba la cuna del sindicalismo de liberación, propulsado por Tosco; y del “clasismo”, impulsado por distintas organizaciones de izquierda, y que tendría en Sitrac y Sitram su más importante expresión.
Y sería ese sindicalismo disidente y díscolo, el que encendería la mecha que haría estallar a la más importante lucha popular en contra de la dictadura de Onganía. El 29 de mayo de 1969, un conjunto de organizaciones sindicales cordobesas –entre las que destacaban Luz y Fuerza, el SMATA, la UOM y la UTA– lanzan una huelga general con movilización, como protesta contra la dictadura militar que gobernaba el país. La policía reprime a los manifestantes, asesinando a un joven obrero: Mena. La reacción de los manifestantes dará lugar a dos jornadas de combates callejeros, en los que por varias horas trabajadores y estudiantes se hacen con el control de porciones enormes de la capital cordobeza. Onganía, el dictador, deberá movilizar al ejército para acallar la protesta. Y si bien lo lograría, el “Cordobazo” sería el comienzo del fin de la dictadura: lo poco que le quedaba de legitimidad se vería esfumado. Además, las acciones del “Cordobazo” contribuirían a la politización de la clase obrera, facilitarían el desarrollo del activismo sindical de izquierda, y debilitarían a la burocracia sindical tradicional.
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Pero la rebelión popular fue masacrada. El terrorismo estatal y para-estatal aniquiló a las izquierdas armadas (tanto marxistas como peronistas); encarceló, exilió o silenció a la izquierda no armada; amordazó y corrompió (aún más) a los sindicatos y a los líderes sindicales y políticos; impuso la ley del sálvese quien pueda a la sociedad civil. El autodenominado Proceso de Reorganización Nacional (la dictadura del 76) se había fijado objetivos, no plazos. Sin embargo, antes de cumplirlos por completo, la humillación en la guerra de las Malvinas obligó a una retirada anticipada, favorecida por un contexto en el que, en esta América Latina tan dada a los ciclos, todas las dictaduras militares estaban en retirada. Retirada relativa, claro: la democracia era el premio consuelo que la clase dominante estaba dispuesta a ofrecer a las clases explotadas por haber abandonado el sueño de la revolución. El terror y el exterminio había sido el mejor argumento. Pero ahora, convertidos en obreros disciplinados, campesinos deferentes y consumidores pasivos, podrían disfrutar las mieles de la democracia que se les había negado cuando tuvieron espíritu de rebeldía y anhelos de un mundo más justo y radicalmente distinto.
Y con el tiempo, la suma del terrorismo de estado de los setenta y la hiperinflación del ’89 generó las condiciones sociales y políticas para hacer posible lo impensable: un gobierno que expropia a los pobres en favor de los ricos de manera desembozada, pero goza, sin embargo, de apoyo electoral: Menem lo hizo.
Por entonces Córdoba había dejado de ser tanto un termómetro “nacional” cuanto un foco de rebeldía. Política y socialmente domesticada, barnizada por una cultura de conformismo, se convirtió en un baluarte de la UCR en tiempos de gobiernos peronistas. Fue así con Carlos Menem, fue así con Néstor Kirchner, fue así con Cristina Fernández. Y en 2015 se convirtió en el distrito clave que catapultó a Mauricio Macri al poder: obtuvo en la otrora tierra de Atilio López, Agustín Tosco y René Salamanca nada menos que el 72 % de los votos en la segunda vuelta.
¿A vuelto a ser Córdoba el termómetro “nacional”? Es lo que anhela la oposición y lo que teme el gobierno. El reciente triunfo por amplísimo margen del peronista Schiaretti en las PASO deja abierta la posibilidad casi ineludible de que el peronismo regrese a la gobernación cordobesa por primera vez desde 1973.
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Antes de sellar su alianza con la UCR, Macri y el PRO coquetearon con sectores peronistas. Pensando en lanzarse a la política, Marcelo Tinelli cavila en qué fuerza hacerlo. Vaciados de militancia y de vida interna, los partidos políticos tradicionales y/o del establishment han devenido cada vez más en meras maquinarias electorales que aglutinan a una oligarquía política que comparte un mismo marco ideológico, premisas básicas indiscutibles e incluso los mismos intereses. ¿Pero y la grieta? ¿Los discursos encendidos anti y pro Cristina, anti y pro Mauricio? Son abismos discursivos, no de proyectos sociales. Patrañas, se responderá: ¿y el proyecto popular? El proyecto popular es un relato: una construcción discursiva capaz de inflamar los ánimos pero que nunca se propuso otra cosa que normalizar el país sin cuestionar ni su fundamento económico ni su sistema político. De hecho profundizó el modelo primario-exportador, la sojización, la mega-minería y el fracking; para no hablar de que descartó de plano cualquier ataque a los derechos capitalistas de propiedad. Con grieta o sin grieta, las diferencias políticas locales han sido de matices, de táctica, de estilo, de énfasis. No de principios. Basta ver el intercambio de funcionarios y de posiciones para apreciar que las diferencias son nimias. Lousteau -el mismo que fuera ministro de economía responsable de la medida que el kirchnerismo militante considera, equivocadamente, emblema de radicalismo político (la resolución 125)- hoy se alinea con el PRO. Cristina se propone como candidata a vicepresidenta acompañando a Alberto Fernández, otrora denostado como opositor (incluso traidor para la militancia de filas) luego de abandonar el gobierno. Massa fue jefe de gabinete kirchnerista antes de volverse anti-cristinista. El propio Kirchner y Cristina Fernandes pudieron decirle al más neoliberal de los presidentes argentinos: “Presidente Menem, sepa que los santacruceños acompañamos la transformación económica que usted conduce”. Por supuesto, hoy en día una alianza entre Cristina y Mauricio sería impensable, pero debajo de ellos cualquiera puede jugar con cualquiera.
¿Se han acabado las ideologías? ¿Es todo pragmatismo puro y duro? No exactamente, lo que presenciamos es la hegemonía de la ideología capitalista que el neo-liberalismo se propuso imponer. Denostado discursivamente, impugnado tibiamente en la práctica en sus formas más extremas; el neo-liberalismo ha impuesto sin embargo el convencimiento generalizado de que no hay nada más allá del capitalismo. En esto ha vencido, y por goleada. Aquí y ahora, para el sentido común político -compartido por todas las fuerzas del estáblishment a un lado y otro de la grieta- hay que conformarse, a los sumo, con migajas redistributivas cuando el ciclo económico (que ningún gobierno gobierna) está en su fase expansiva, y compensaciones simbólicas para tolerar un mundo cada vez más desigual y cada vez más ecológicamente devastado.
Las diferencias con los tiempos del “Cordobazo” son abismales.
* Ariel Petruccelli, Profesor en Historia FAHU-UNCo, mayo 2019

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