Contra dogmas y fetiches

En una conferencia, el filósofo esloveno Slavoj Žižek dijo que no tiene mucho sentido ponerse a clasificar qué partes del pensamiento de un/a autor/a tienen vigencia y qué otras partes no la tienen.

Mucho mejor, sostiene Žižek, es preguntarse cómo se ve nuestro presente desde la perspectiva del/la pensador/a en cuestión. En otras palabras; es un síntoma de arrogancia el pretender determinar que tal pensamiento tiene actualidad y tal otro no; más interesante (e inquietante) es someternos nosotros mismos a esa mirada que invocamos. Quizá Žižek no tenga razón, pero es lo de menos en este caso; resulta seductor el desafío de pensar al Che no en términos de su legado, de aquello que sirve o no sirve hoy en día, sino en términos de cómo vería y qué diría sobre algunos de los asuntos de nuestro tiempo.

Antes de intentar este ejercicio, conviene hacer algunas precisiones. El Che, Ernesto Guevara de la Serna, no sólo fue el archiconocido guerrillero heroico, asesinado hace ya 44 años en La Higuera (Bolivia), sino el máximo exponente teórico de la revolución cubana. Para él, no había categoría más importante que la de revolucionario, y esto implicaba un compromiso igualmente inquebrantable con la lucha armada, la organización política, la construcción cotidiana del socialismo y el pensamiento teórico. Los norteamericanos, que en una época tuvieron una aguda sensibilidad imperial para caracterizar a sus enemigos (la cosa cambió con la dinastía Bush, pero eso es harina de otro costal), supieron desde un principio la enorme importancia del Che en el esquema de la Revolución Cubana. En 1960, la revista Time puso en su tapa la cara del Che y lo describió como el “cerebro” de la revolución. Fidel era el corazón; Raúl Castro, el puño.

Como “cerebro” de la revolución, el Che fue, sin duda, quien más hizo por hallar una vía original hacia el socialismo, apartándose de los diseños que venían probándose en el campo de los países socialistas liderados por la Unión Soviética (URSS). Y a esta búsqueda consagró un infatigable esfuerzo intelectual y una no menos decidida lucha política al interior de la revolución. Discutió públicamente con los dirigentes que pretendían calcar el modelo soviético, en el cual las empresas estatales competían entre sí y los trabajadores recibían remuneraciones especiales por su productividad. A la planificación burocrática, a las finanzas descentralizadas y a la exaltación del interés puramente material de los trabajadores, el Che le opuso un sistema de planificación democrática, una banca centralizada y, sobre todo, el proyecto de una subjetividad nueva capaz de superar los “lastres” morales del capitalismo. Claro que no pretendía un mundo de santos, pero desconfiaba profundamente a las versiones del socialismo fundadas en la afirmación del egoísmo natural (e irremediable) de la especie humana.

Por eso, en 1963, en una entrevista al diario francés L’Express, ponía en pocas palabras su concepción ética del socialismo: “El socialismo económico sin la moral comunista no me interesa. Luchamos contra la miseria pero al mismo tiempo luchamos contra la alienación. Uno de los objetivos fundamentales del marxismo es hacer desaparecer el interés, el factor ‘interés individual’ […] de las ‘motivaciones psicológicas’. Marx se preocupaba tanto de los hechos económicos como de su traducción en la mente. Él llamaba a eso un ‘hecho de conciencia’. Si el comunismo descuida los hechos de conciencia puede ser un método de reparto, pero deja de ser una moral revolucionaria”.

Late aquí, en germen, el célebre proyecto del Hombre Nuevo, que no es otra cosa que el proyecto de una nueva ética; una ética revolucionaria. Para el Che, de nada sirven los más geniales y detallados diseños institucionales si éstos no generan (y se sustentan en) una ética consecuente y congruente con tales diseños. La Revolución podía planificar y hasta lograr una distribución igualitaria de las condiciones de vida pero, para el Che, esto sería como construir castillos de arena a menos que, al mismo tiempo, se creara una conciencia colectiva capaz de sostener y profundizar el igualitarismo de las instituciones a lo largo del tiempo.

Así, la mirada del Che, arrojada sobre nuestro presente, nos daría claves interesantes para comprender cómo llegamos hasta aquí y para vislumbrar posibles itinerarios a futuro. El Che no se habría sorprendido en lo más mínimo ante la caída del bloque soviético. Ya en el debate contra el ala pro-Moscú del gobierno cubano, en los años 1963-1964, dejaba entrever su escepticismo sobre el destino del campo socialista. En sus Notas de Praga, de 1966, anticipaba que la Unión Soviética marchaba de regreso al capitalismo; entre otras cosas, por no haber logrado construir ese ethos o conciencia revolucionaria que hace posible el socialismo una vez lograda una base material suficiente (pero lejos de la extrema abundancia). El modelo stalinista descreía de las condiciones subjetivas para la construcción del socialismo y cifraba todas sus proyecciones en torno de una abundancia material que diera respuesta a todos los problemas sociales; de allí el brutal y enajenante productivismo que caracterizó a la URSS. El Che, en cambio, insistiría en que si bien la eficiencia económica no debía descuidarse, era apenas una condición necesaria, pero no suficiente, para el socialismo.

En esta misma línea, el Che habría visto con buenos ojos la renovada discusión ética que viene dándose dentro de la tradición socialista. Ahora que muchos (todavía no muchísimos, ni siquiera la mayoría) pensadores marxistas contemporáneos redescubren la necesidad de reflexionar sistemáticamente sobre la igualdad, la justicia, la solidaridad, entre otros valores y virtudes, el Che emerge como un interlocutor ineludible. Frente al persistente pesimismo político que sostiene que lxs trabajadorxs serían incapaces de aceptar esquemas distributivos igualitarios porque están atados a la lógica auto-interesada del capitalismo, el Che reafirmaría su convicción de que esto no es así. A sus colaboradores en el Ministerio de Industrias les decía: “si la pequeña burguesía que es chata, falta de audacia por definición, puede acelerarse y puede ir sacando una serie de sus mejores hombres para ir ganando posiciones y avanzar ideológicamente, ¿por qué razón nosotros vamos a aceptar fatalistamente el hecho de que la clase obrera esté condenada por alguna razón histórica a avanzar con menos velocidad?; sinceramente me niego a reconocer eso”. Avanzar ideológicamente, aclararía el Che, consiste nada menos que en promover actitudes y disposiciones consecuentes con la ética socialista aún dentro del capitalismo o en los albores de una transición socialista. Si la igualdad es un valor aceptado por quienes se dicen socialistas, preguntaría el Che, ¿por qué no promover su realización ya mismo?

Todo lo anterior se inscribe en otra profunda convicción guevariana, aquella que estampara en su Diario boliviano, el 26 de julio de 1966: “rebelión contra las oligarquías y contra los dogmas revolucionarios”. La interpelación es breve y directa; va al corazón de nuestro tiempo. Rebelarse contra las oligarquías no puede ser otra cosa que tomar nota, definitivamente, de que las burguesías nacionales no son nacionales, sino apenas autóctonas (calificación que el Che usara en su Mensaje a la Tricontinental), y que no pueden encabezar ningún proyecto emancipatorio. Por definición, una oligarquía es el gobierno de los ricos (que siempre son los menos) en su propio provecho (¿puede ser de otro modo?). La inmensa mayoría de los regímenes constitucionales latinoamericanos de hoy, ¿son otra cosa que oligarquías, en el sentido estricto del término? En segundo lugar, ¿puede el socialismo no ser herético; es decir, contrario a los dogmas en tanto verdades reveladas por un Gran Otro tan infalible como el Papa romano? Rebelión contra los dogmas significa revisar todo, siempre, a cada paso; significa revisar prácticas, métodos, verdades (siempre provisorias pero no por ello inexistentes); significa, como dice el Che, hacer añicos los “ladrillos” repletos de mandatos incuestionables. Significa también, y aunque esto suene paradójico, cuestionar el dogma de que no hay verdad, de que todo es relativo, de que lo universal es inaccesible, de que la totalidad es inabordable, de que el mundo mismo es incongnoscible excepto como discurso.

El Che también renovaría su apuesta por la utopía, enfrentando decididamente a los desencantados que piensan que la historia ya terminó y a quienes creen, casi religiosamente, en un desenlace inexorable inscripto en la historia misma. Ambas posiciones, el desencanto y la confianza en cumplimiento de la “predicción científica”, no pueden producir otra cosa que inmovilismo. Ambas posiciones eluden el desafío de pensar mundos alternativos; en un caso, porque lo consideran imposible; en el otro, porque ese mundo llegará, tarde o temprano. Pero la dimensión utópica es constitutiva del socialismo y el Che supo explorar este horizonte con audacia casi única. El Hombre Nuevo es su utopía máxima; su proyecto para el siglo XXI. Pero también hay en su pensamiento utopías mínimas (para tomar prestada una expresión de Norman Geras). Las utopías mínimas habitan en lo cotidiano, en las prácticas que prefiguran la sociedad futura; son pedacitos de futuro lanzados sobre el presente; o, como diría Terry Eagleton, momentos en que el presente deja de ser idéntico a sí mismo. Las prácticas fundadas en valores socialistas son utopías muy concretas, aquí y ahora; cada paso que una organización de trabajadorxs da hacia la igualdad, cada acción que rompe con la lógica competitiva del capital, cada batalla ganada al individualismo, cada una de estas cosas y otras semejantes forman parte de la necesaria dimensión utópica del socialismo.

El Che lo sabía perfectamente; por eso, en su carta a José Medero Mestre, en 1964, hacía lo que han hecho todos los grandes utopistas: identificar claramente la raíz de todos los males. Y para el Che, en la construcción del socialismo “la raíz del mal” se manifiesta cuando “el interés material se constituye en el árbitro del bienestar individual y de la pequeña colectividad”. En consecuencia, anticipaba lúcidamente que “vencer al capitalismo con sus propios fetiches [es] una empresa difícil”. Un año más tarde, al escribir El Socialismo y el Hombre en Cuba, iba aún más lejos, al afirmar: “persiguiendo la quimera de realizar el socialismo con la ayuda de las armas melladas que nos legara el capitalismo (la mercancía como célula económica, la rentabilidad, el interés material individual como palanca, etcétera) se puede llegar a un callejón sin salida”. Si el afán de la ganancia individual no se supera, la realización del socialismo no sólo es difícil, es imposible. En otras palabras; a menos que se abandone radicalmente la lógica del capitalismo y se la reemplace por una nueva ética igualitaria, el comunismo sólo “puede ser un método de reparto, pero deja de ser una moral revolucionaria”.

1 thought on “Contra dogmas y fetiches

  1. qué hermoso texto, qué lindo análisis, Fernando , muchas gracias! Me hace pensar muchas, muchas cosas…Cuánto hay para aprender, para sedimentar, para construír…Cuántos puntos de contacto con el cristianismo (el original, no el desvirtuado por 2000 años de historia)…Me hace pensar en tantos compañer@s , que no logran comprender y llegar al «·hueso»· del mensaje del Che: que no vale de NADA ser «el militante total» si sos un cagador, un choto, una mala persona…Pienso en esas «utopías mínimas», que son las que nos sostienen, en definitiva, para no enloquecer, o tirar la toalla (y los trabajadores de la educación, sabemos bastante de eso)…Hacia MUCHO que no te leía, ni tenía tiempo para Vientos del Sur…No dejes de escribir, Fernando…No dejes de hacernos pensar…Nos/me falta mucho por aprender…

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