Cómo desaparecer completamente

Mi abuela, como la de muchos, tuvo un marido violento. Hay una serie de humillaciones que forman parte del folklore de mi familia. Como la vez que casi muere de neumonía por pasar la noche a la intemperie. 

Siempre me imaginé la escena de este modo:

Comienza a hacer frío, está sentada en un cantero de rayitos de sol, todos blancos. Los paredones en el patio trasero la ocultan. Otras veces la ha puesto de rodillas. Todavía lo escucha: “Tenés aserrín en la cabeza. Vas a estar afuera hasta que te avives.”. La comida salada o demasiado caliente. Haber llegado un segundo tarde con las pantuflas, o con un repasador para las manos. Es tan estúpida a veces. Tan lenta. Tan falta de criterio.

—Una neumonía me va a agarrar, una neumonía y me voy a morir. Ahí sí que se va a enojar —dice mirando hacia arriba, hacia un rectángulo de luz.

Cuando mis tíos crecieron, trataron por todos los medios de que se separaran, y un par de veces lo lograron, pero ella siempre volvió. Era desesperante. Parecía obstinada en morir a manos de su marido. Por suerte mi abuelo tenía otros planes: a los 65 la dejó por una mujer más joven y se volvió a Chile. La pobre vieja quedó sola, más sola que cualquiera. Fue entonces que mi madre —la hija menor— se la llevó a vivir a su casa.

Yo era el nieto favorito, todos lo sabían. Me había ganado ese estatus siendo muy chico. Hubo un tiempo en el que mi madre no pudo cuidarme, o no tuvo ganas, y pasé una temporada con mis abuelos. Tendría tres o cuatro años. Es posible que esa haya sido la época más feliz en la vida de mi abuela. Cuando mi madre llegó a buscarme, la pobre vieja lloraba desconsolada.

Mi abuelo se transformaba conmigo cerca, se volvía tratable.

A mis tres o cuatro años yo era un escudo, un campo de fuerza. 

De adolescente, y aun después, no hice nada para revalidar ese favoritismo. Tampoco hizo falta, para mi abuela siempre fui la alegría, no importaba lo frío y distante que me mostrara, no importaba que pasara meses sin visitarla.

Incluso en la última época (había semanas en que parecía recuperada, casi un milagro, y otras en las que era mejor ir despidiéndose) hizo falta artillería pesada para obligarme a una visita. Mi madre me llamaba y decía: “Es tu segunda mamá, no sabés cómo lloraba cuando te fui a buscar. ¿Por qué no venís un rato a verla? Siempre pregunta por vos”. Entonces dejaba pasar unos días, no fuera que mi madre pensara que me podía manipular así tan fácil, y la visitaba. Siempre entre compromisos, con poco tiempo. Preparaba mates y me aguantaba el Chuker. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Reflotar mi campo de fuerza? 

            Mi abuela tenía un saludo invariable: “¿Cómo anda su salud?”. Nunca conocí a otra persona que saludara de ese modo. Supongo que le salía de las tripas. Quizás imaginaba que la vida de los demás también se definía por los padecimientos. Nació a los seis meses de gestación —para la época fue un milagro que sobreviviera—, y no tenía meñiques en los pies; también faltó tiempo para formar el sistema digestivo. El resto lo hizo la mala suerte. A los quince quedó ciega por una semana. Esa es una buena historia.

            Ella siempre despertaba primero. En el centro del cuarto estaba el sol de noche. Lo buscó a tientas. Pero algo ocurría con los fósforos. Intentó unas cinco veces hasta que la mano del padre la detuvo; ¿quería incendiar la casa? La madre la devolvió a la cama, tal vez fuera cansancio. Recién por la tarde se les ocurrió llevarla a la curandera. Le habían hecho un daño, o, más bien, había interceptado un daño. “Lo pisaste, pero era para tu padre”. “¿A qué se parece ese daño?”, preguntó la madre. “Un pájaro aplastado, un montón de hojas entrelazadas, excremento”. Todos los días se lavaba con una mezcla de yuyos que olía a pis. De a poco empezó a reconocer formas, colores; pero nunca recuperó la vista del todo. Desde entonces tuvo que usar anteojos de vidrio grueso, también adquirió la costumbre de caminar encorvada. Luego conoció a mi abuelo y vinieron los cinco hijos, uno detrás de otro, y los maltratos. En todas las fotos, mi abuela es una anciana. No importa la edad que tenga. 

Antes de que su memoria empezara a fallar solía recordarme las payasadas que hacía de chico —porque yo era gracioso de chico—, las canciones que cantaba, las ocurrencias. La más vergonzosa era una canción chilena, un recitado en el que me subía a una silla y gritaba: “¡Dónde pisa este roto, el suelo se echa a temblar!”, y después venía un insulto y un zapateo. Mi gran acto. “Era tan gracioso este Carlitos”, decía.

En la última época, casi no hablaba. O hablaba de su gata, una gata que, después de mucha insistencia por parte de mi madre, le conseguí. Toda blanca, quería una gata toda blanca. Yo no estaba enterado de que los gatos de un solo color suelen tener problemas. Esa gata resultó ser sorda. 

            Una parte de su memoria nunca quiso funcionar: la llegada a Argentina. Por mi madre —que también tenía sus reparos— supe que mis abuelos con todos sus hijos llegaron escapando de Pinochet. Habían participado en la reforma agraria de Allende. Uno de mis tíos y mi abuelo incluso colaboraron en la expulsión de los dueños de un fundo en la zona de Osorno. Mi madre solía contarlo llena de vergüenza: “No les dejaron sacar nada. Los dueños se fueron con lo que tenían puesto.”. Cuando Pinochet dio el golpe, alcanzaron a escapar. Cada vez que quise hablar del tema con mi abuela dijo que no recordaba. 

            Ahora todo estaba cayendo en ese mismo hueco, el sótano de su memoria —en algún lugar leí eso del sótano, y me gusta la idea: la persona como una casa, con sus espacios públicos, espacios privados, y el sótano como el lugar donde se guarda lo que ya no se usa.

Una noche mi madre me escribió diciendo que había llamado a la ambulancia. En esa época mi abuela entraba y salía de terapia, sufría de Diabetes tipo II, y ya cerca del final se sumó el diagnóstico de Insuficiencia Cardíaca, así que no hacía falta aclarar. Al día siguiente, luego del trabajo —no quise tomarme el día libre, aunque hubiera podido— fui a visitarla. En la sala de espera estaban mis tíos y algunos de mis primos. Me dio bronca ver las caras largas, que hablaran en susurros, como sin fuerza. Me pareció sobreactuado. Anoté mi nombre en una planilla y esperé. El sistema era de relevos, adentro estaba mi primo Santiago. Permitían una visita por vez y eran muy estrictos. Caminé por un pasillo largo y silencioso, solo se oían esos pitidos que marcan la vida, o la muerte, o el simple buen funcionamiento de las máquinas. La habitación era la número 22. Por un momento creí que me había equivocado, frente a mí había una anciana de mil años, por lo menos, piel y huesos, los ojos a punto de caer. Pero ahí estaba Santiago, y lo saludé con la cabeza. Mientras se despedía —se aseguraba de que fuera una buena despedida—, acerqué una silla. Eso llamó la atención de mi abuela. Me miró y dijo: “Hola, Santi, qué bueno que viniste”. Mi respuesta fue instantánea: “¡Ahora somos dos Santiagos, genial!”, y sonreí, adolorido. Yo era el favorito.

Mi abuela se recuperó de esa internación y vino una nueva época buena. La última. A veces mi madre volvía con el asunto de que preguntaba por mí, pero era mentira. Yo había ido a parar al mismo lugar que la reforma agraria de Allende o la huída de Chile. Todo lo que recordaba en la última época eran las palizas, se las contaba a mi madre con lujo de detalle, cuál fue el supuesto motivo, qué dijo para tratar de calmarlo. Pero ni siquiera sabía con quién hablaba, nombraba a gente que no conocíamos, o a vecinos, nunca a mi madre. Para ella era durísimo, la destrozaba. 

—¡Soy yo, mamá, Ruth, tu hija, la menor! —decía llorando. No le hacía ninguna gracia desaparecer. 

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autor: Carlos Salgado

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